Catón

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De política y cosas peores

Catón

Un hombre pálido y espiritado llegó con el doctor Ken Hosanna y le dijo con voz desfallecida que apenas se escuchaba: “Sufro un continuo dolor de cabeza que me atormenta y no me deja vivir”. Preguntó el facultativo: “¿Fuma usted?”. “Nunca he fumado -respondió el individuo-. Mi cuerpo es templo del espíritu: no puedo profanarlo inhalando vil humo de cigarro”. “Muy bien -dijo el doctor-. ¿Bebe?”. “¡De ninguna manera! -se indignó el hombre-. ¿Cómo me cree capaz de semejante pecado contra la templanza, que es una de las cuatro virtudes cardinales?”. “Perdone mi imprudencia-se disculpó el médico, apenado-. ¿Usa el sexo?”. “¡Nunca! -replicó el individuo irguiéndose con aire de ofendido-. La bestia de las dos espaldas, como muy bien llamó Guillermo Shakespeare al ayuntamiento carnal, es impúdica y vitanda acción que rechazo con todas las fuerzas de mi ser. Soy casto y honesto, señor mío”. “Perfectamente -dijo en ese punto el médico-. Entonces ya sé el motivo de su dolor de cabeza”. “¿Cuál es?” -preguntó el hombre. Respondió el doctor: “Seguramente le aprieta la aureola”. Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, era labioso seductor, si bien engañador falaz.

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