Facetas

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Cinco días inolvidables

Hazel Valdez Blackmore

No cabe duda que nuestro querido Francisco I es único. Esperábamos su viaje con gran interés y emoción, y empezó la alegría al verlo.

Su escala en Cuba no la vimos pero nos emocionó que católicos y ortodoxos hayan roto el hielo después de nueve siglos de distanciamiento entre la Iglesia ortodoxa y la católica.

Sus representantes, Francisco I y el patriarca Cirilo de Rusia dialogaron en La Habana. El motivo del encuentro fue aparentemente el de reconciliarse, frenar la persecución de los cristianos en Medio Oriente y el norte de África, que ha aumentado con los ataques del grupo terrorista Estado Islámico en aquellas zonas.

Al seguir su viaje a México, el Papa convivió con los 76 periodistas y comunicadores que lo acompañaban y comentó: “Sobre México, voy a hablar como pueda, pero voy a decir todo lo que se me venga en boca, si Dios me lo permite.”

La recepción en el aeropuerto fue muy emocionante, encabezada por el presidente Enrique Peña Nieto y su esposa Angélica Rivera, además de cinco mil invitados. Lo esperaban también alrededor de 60 obispos, arzobispos y cardenales y funcionarios de gobierno.

La recepción fue muy cálida y el Papa disfrutó de los cantos y los bailables que le ofrecieron. Él rompió el protocolo y abandonó la elegante alfombra roja para acercarse a la gente y dar bendiciones.

En el camino a la Nunciatura Apostólica, donde se hospedó, los fieles abarrotaban la ruta que seguía el papamóvil para saludar al Papa y gritarle porras.

El sábado inició con la reunión del Santo Padre con el presidente Peña Nieto y su esposa y funcionarios del gobierno en el Palacio Nacional. Fue muy emocionante escuchar los himnos de México y del Vaticano y admirar las banderas de México y el Vaticano juntas.

Siguió después el encuentro con los obispos y cardenales de México, Centro y Sudamérica, Estados Unidos y España, 160 en total, en la catedral de la Ciudad de México, que fue algo especial. Su Santidad habló fuerte y directo a las altas personalidades de la Iglesia, instándolos a “no dejarse corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa”. Y los aconsejó: “Si tienen que pelearse, peléense. Si tienen que decir cosas, díganselas, pero como hombres, en la cara, y si se pasan de la raya, pidan perdón pero mantengan la unidad del cuerpo pastoral”.

“México necesita obispos servidores. No se necesitan príncipes, sino una comunidad de testigos del Señor”.

Y agregó: “Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanalidad. No se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa…”

Los exhortó, además, a “evitar habladurías, intrigas y caer en las telarañas de grupos de poder”. Les aconsejó estar cerca de las periferias humanas y ser humildes y les pidió una mirada de singular delicadeza para los pueblos indígenas, que aún no han visto reconocidos sus derechos y sufren marginación.

Ese mismo día ofició la Santa Misa en la Basílica de Guadalupe, con una asistencia de 35 mil personas. En su homilía pronunció palabras de esperanza y consuelo a los padres que han perdido un hijo, asegurando que “las lágrimas de los que sufren no son estériles”. Pidió también por los pobres, los ancianos, los desplazados y los descartados.

Al terminar la misa se dirigió al camarín de la Virgen para orar en silencio frente a la imagen.

El domingo se dirigió a Ecatepec, el municipio más pobre del país, donde sus habitantes sufren marginación, inseguridad y violencia.

El Santo Padre, consciente de la inseguridad que viven los habitantes de Ecatepec, dijo: “Que en México no haya necesidad de emigrar para soñar, donde no haya necesidad de ser explotado para trabajar, donde no haya necesidad de hacer de la desesperación y la pobreza de muchos el oportunismo de pocos…”

A su regreso a México se dirigió al Hospital Infantil Federico Gómez, donde platicó, saludó y acarició a los 38 niños que se atienden allí, casi todos con enfermedades terminales, pero fascinados con la visita del Papa. Atendió a todos y los hizo felices. Agradeció y felicitó al personal del hospital por ofrecer a los niños “cariñoterapia”, que es muy importante para estos pequeños enfermos y que les ayuda a que tengan alegría. En la unidad de oncología, la joven Alexia Garduño le cantó al Papa el Ave María, que el Padre escuchó emocionado.

El lunes 15, la visita fue a San Cristóbal de las Casas, donde acudieron miles a escuchar al Papa en la misa para las comunidades indígenas, algunas vinieron de Centroamérica. Ochenta mil fueron los asistentes a esta misa, en la que el Papa pidió perdón a los pueblos indígenas por la exclusión de la que han sido víctimas. Se oró en algunas de olas lenguas indígenas y se escuchaban gritos de “tenemos un Papa al lado de los pobres”.

Y ya lo esperaban en Tuxtla, Gutiérrez, en el encuentro con las familias, en el estadio Víctor Manuel Reyna. Allí escuchó a varias parejas y pugnó por familias unidas a pesar de las diferencias cotidianas y agregó: “Prefiero una familia que una y otra vez intenta empezar a una sociedad narcisista obsesionada por el lujo y el confort”. Destacó la relevancia de discutir en paz. Y lo único que aconsejó es que no terminen el día sin hacer la paz.

El martes 16 lo llevó a Morelia, donde ofició una misa para sacerdotes, seminaristas y padres de familia con sus hijos.

Se reunió después con niños en la catedral y tuvo un encuentro con jóvenes en el estadio de Morelia, donde les dijo que “Jesús nunca les invitaría a ser sicarios”. Les pidió no caer en manos del crimen organizado. “Es mentira que la única forma de vivir y de poder ser joven es dejando la vida en manos del narcotráfico… Jesús quiere discípulos y jamás mandaría a sus hijos a la muerte, pues todo en Él es una invitación a la vida.”

Su regreso a México fue a las 20 horas.

Y su última visita fue a Ciudad Juárez.

Su llegada a esta ciudad fue tan cálida como las anteriores. Las vallas de fieles se extendían por todo el trayecto de la comitiva del Santo Padre.

Su primera parada fue para hacer una plegaria en la frontera, en la malla divisoria entre México y Estados Unidos, donde había decenas de fieles del lado estadounidense. Allí les envió su bendición y se dirigió al centro penitenciario donde habitan 300 hombres y 200 mujeres que esperaban con ansias la llegada del Papa. En su mensaje a los internos del penal, los invitó a frenar la violencia, a rehacer sus vidas. “No todo se arregla con la cárcel”, les dijo, y los conminó a “dejar atrás el dolor de la caída y poder rehacer la propia vida después del arrepentimiento por los actos cometidos”.

A las 12 horas recibió a empresarios de todo el país y les advirtió que “Dios le pedirá la cuenta a los esclavistas de hoy” y agregó: “No lucren con la gente. ¿Quiere México dejar a sus hijos una memoria de explotación, de salarios insuficientes, de acoso laboral?”

Su última parada fue en el predio de “El Punto”, donde se celebró una misa con la asistencia de más de 200 mil feligreses. La Diócesis de El Paso, Texas, también hizo una transmisión simultánea de la misa, en el Estadio Sunbowl de esa ciudad, donde se reunieron 52 mil fieles que recibieron también la bendición del Papa.

Allí se despidió el Papa Francisco, dando gracias a Dios por haberle permitido la visita a México, que siempre sorprende. “México es una sorpresa. Me he sentido acogido, recibido por el cariño, la fiesta, la esperanza de esta gran familia mexicana. Gracias por haberme abierto las puertas de sus vidas, de su nación”.

Y agregó: “Muchos hombres y mujeres a lo largo de las calles, cuando pasaba, levantaban a sus hijos, me los mostraban. Son el futuro de México. Cuidémoslos, amémoslos. Esos chicos son profetas del mañana, son signos de un nuevo amanecer, y les aseguro que por ahí en algún momento sentía ganas de llorar al ver tanta esperanza en un pueblo tan sufrido. Que María, la Madre de Guadalupe, siga visitándolos, siga caminando por estas tierras. México no se entiende sin Ella. Que siga ayudándolos a ser misioneros y testigos de misericordia y reconciliación.”

“Nuevamente, muchas gracias por esta tan cálida hospitalidad mexicana”.

De allí, el Santo Padre se dirigió al aeropuerto para despedirse de las autoridades y a las 19:15 horas salió en avión a Roma.

Su llegada al aeropuerto de Ciampino, en Roma, fue a las 14:45 horas de aquella región.

Cinco días inolvidables que nunca volverán.

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