El jardín de la libertad

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Intelectuales: el Eco de la ética

Libertad García Cabriales

 

El que no lee a los 70 habrá vivido sólo una vida.

El que lee habrá vivido 5000 años.

Umberto Eco.

En el año de 1894, el capitán judío Alfred Dreyfuss fue acusado injustamente en Francia de alta traición al imputarle cargos de espionaje y filtración de información militar secreta a los alemanes. Condenado, degradado y deportado a la Isla del Diablo, su juicio se convirtió en un escándalo internacional al comprobarse que fue víctima de una terrible conspiración antisemita. Derivado de ello, se alzaron voces en su defensa que bajo el lema de “Yo acuso”, publicaron un manifiesto que pedía la revisión del caso y justicia para Dreyfuss.

De tal escándalo se afirmó la palabra “intelectual” para nombrar a quienes a través de la “opinión pública” luchaban por la libertad del capitán judío. Y aunque pensadores ha habido desde tiempos muy remotos, fue Emile Zolá, el notable escritor francés y su grupo de hombres de letras y científicos, los considerados pioneros de la “intelectualidad” a partir del caso Dreyfuss. Desde entonces, el término ha sido usado en diversos contextos, para nominar a quienes, con la autoridad que da el conocimiento, favorecen la reflexión crítica y defienden la libertad y la justicia con las armas del intelecto.

Pero una cosa es decirse “intelectual” y otra muy distinta serlo. Muchos farsantes habitan la viña del señor y muchos sabios hay que no necesitan títulos ni cargos para generar valiosa opinión pública. Así pues, la historia nos remite a nombres que como intelectuales influyeron en el devenir de sus sociedades. Desde los griegos que sin tener el nombre lo eran, hasta nuestros días para definir a los que a través de su compromiso social, marcan posturas éticas para influir el mundo de la política, la cultura y sus diversas bifurcaciones sociales.

El siglo XX fue pródigo en intelectuales influyentes de los que quedan muy pocos. Entre ellos se contaba un intelectual, cuyo pensamiento fue fundamental en la reflexión contemporánea: Umberto Eco. En su memoria hoy celebramos el conocimiento como la mejor herramienta contra la sinrazón. Nacido en 1932 en Italia, el pasado 19 de febrero terminó su “residencia en la tierra” a los 84 años de edad, dejándonos un valiosísimo legado con su obra. Una vasta trayectoria avala al notable escritor, filósofo, periodista y semiólogo. Educado en colegios salesianos, obtuvo su doctorado en Filosofía y letras en la Universidad de Turín, fue profesor en diversas instituciones, fundó la Sociedad de Semiótica, fue reconocido con 38 doctorados Honoris Causa y fundó la Escuela Superior de Estudios Humanísticos para difundir la cultura universal.

Pero además de sus múltiples condecoraciones académicas, está su fascinante literatura, que en lo personal celebro y admiro profundamente. Su novela, “El nombre de la rosa” fue una narrativa que marcó mi ser lectora. Nunca podré olvidar la emoción que viví en ese monasterio medieval colmado de misterios. Un libro lleno de símbolos, interpretaciones y laberintos de investigación. Semiótica pura. Con 30 millones de ejemplares vendidos, la novela es capaz de seducir desde la primera y hasta la última palabra escrita.

Una fascinación muy particular, que por supuesto comparto con millones de personas en el mundo. Umberto Eco nos deja mucho más. Su indiscutible valor como defensor de la libertad, sus influyentes posturas intelectuales frente a lo que consideró indeseable, su ser tan alejado de la soberbia, su práctica ética, su apasionada difusión de la cultura. “Era un sabio que conocía todas las cosas simulando que las ignoraba para seguir aprendiendo”, lo definió así el escritor español Juan Cruz. Con su partida perdemos mucho pero ganamos también porque sus letras y sobre todo su ejemplo ético siguen vivos.

Apasionado hombre de libros y bibliotecas, se dice que Eco estableció la diferencia entre la biblioteca de don Quijote, de la que el hidalgo de la triste figura salió para pelear con los molinos, a la biblioteca de Jorge Luis Borges, de la que no es necesario salir. Excelente profesor, Umberto Eco fue capaz como muy pocos de transmitir a sus alumnos el amor por la cultura y especialmente por los libros. En ese contexto, los que amamos los libros lo recordaremos siempre por su frase: “El que no lee, a los 70 años habrá vivido sólo una vida. El que lee habrá vivido 5000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás”.

En su memoria hoy deseo que muchas personas en el mundo vivan 5000 años y más. Y que el Eco de su ética siga siendo aliento de todos los pensadores del mundo.

 

 

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