De política y cosas peores

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Catón

Dos hombres iban a ser fusilados. El jefe de los ejecutores le preguntó al reo que iba a morir primero: “¿Cuál es tu último deseo?”. Respondió el tipo: “Antes de irme de este mundo quiero cantar la sentida romanza ‘Tre giorni son que Nina’, acompañándome yo mismo en el acordeón”. El jefe se dirigió al que sería ejecutado en segundo lugar: “Y tú ¿tienes un último deseo?”.  “Sí -contestó el sujeto-. Quiero irme de este mundo antes de que cante ese caborón”. El condenado a la silla eléctrica caminaba al sitio de la ejecución. A su lado iba un ministro religioso que le leía en voz alta el salmo 23: “El Señor es mi pastor; nada me faltará.”. Llegados a la sala donde estaba el terrible instrumento de muerte los guardias hicieron sentar al desdichado en la silla y lo ataron a ella con correas. El pastor lo preguntó: “Hermano: ¿puedo hacer algo por ti?”. “Tengo miedo, reverendo -dijo el reo con voz trémula-. Por favor, en el momento de la ejecución tómeme la mano”. El prisionero pidió: “Para mi última cena quiero comer fresas con crema”. Le dijeron: “No es temporada de fresas”. Replicó: “Esperaré”. Un piquete de soldados llevaba a un desertor a fusilar. Era una madrugada de invierno; caía nieve; soplaba un cierzo que congelaba. El sentenciado y quienes lo iban a ejecutar marchaban penosamente por el fangoso camino; se había dado orden de que el hombre fuera fusilado lo más lejos posible del pueblo. El condenado tiritaba de frío, lo mismo que los hombres que formaban el pelotón de fusilamiento. Dando diente con diente el que iba a morir le dijo a uno de los soldados: “¡Qué tiempo de perros!”. “No te quejes -le contestó el otro-. Nosotros todavía tenemos que regresar”. La pena de muerte, llamada por eufemismo “capital” o “máxima”, es un castigo bárbaro que tiene como principal característica el ser irreparable. En la puerta de cierto tribunal italiano había un letrero: “Acuérdense del panaderito”. Sucedió que siglos antes los jueces condenaron a muerte a un joven panadero que, se supo después de su ejecución, era inocente del delito que se le imputaba. La frase servía de severo recordatorio a los magistrados para que no volvieran a incurrir en otro error igual. Por otra parte está probado que la pena capital no es disuasiva. Es muy citado el hecho de que cuando en París un ladrón era guillotinado sus colegas iban entre la muchedumbre robando las carteras de los asistentes, que estaban distraídos viendo la decapitación. Aplaudo entonces -y con las dos manos, para mayor efecto- al Papa Francisco por la exhortación que hizo a las naciones para que supriman de sus códigos esa inhumana pena, la de muerte. Lo más probable, desde luego, es que el pontífice predique en el desierto. Es impensable, por ejemplo, que un país como Estados Unidos, con arraigadas tradiciones de violencia, haga desaparecer esa penalidad. Estados como Texas la aplican con tal frecuencia que deberían tener en su escudo una horca o una jeringa de inyección letal. Sólo cuando el hombre llegue a ser verdaderamente humano dejará de existir la pena de muerte. Pero ya el Papa levantó su voz, que en este caso no es sólo de misericordia, sino también de justicia y de razón. Dos cuentecillos finales sobre el mismo tema. El primero puede ser leído sin mengua de la decencia y el pudor. El segundo, en cambio, es de tal manera sicalíptico que nadie debería posar en él los ojos. El jefe de los rebeldes había caído prisionero. Desde lo alto de una colina dos de sus hombres trataban de adivinar lo que le iba a suceder. Uno de ellos miró a través de su catalejo y le dijo al otro: “Están sacando al comandante al patio, y le están poniendo una venda en los ojos”. Preguntó el otro lleno de inquietud: “¿Lo irán a fusilar, tú?”. “Pienso que sí -respondió el del catalejo-, porque piñata no veo”. Viene ahora el cuento que nadie debería leer. Un hombre fue puesto en la silla eléctrica. Cuando el guardia rasgó la pernera del pantalón para atarle la pierna vio a la altura del tobillo cierta cosa que lo llenó de asombro. Le dijo al condenado, con admiración: “¡Ah pa’ cosita!”. Gimió el reo: “No te burles. ¡Con el susto a quién no se le encoge!”. FIN.

MIRADOR

Armando Fuentes Aguirre

Hay cosas que se deben mirar con reverencia.

Yo veía al linotipo y a la máquina de coser como maravillas que proclamaban la gloria del hombre, así como los cielos y la tierra proclamaban la gloria de Dios antes de que los contamináramos.

Existen unos objetos que son prolongación del alma humana: los instrumentos musicales. Un piano, una guitarra o un violín son caracolas en las cuales se puede oír la voz de nuestra especie. Si supiéramos lo que debemos saber nos inclinaríamos reverentes, como si fuese algo sagrado, ante un Steinway, una Torres o un Stradivarius.

A la vista de los modernos artilugios que incomunican al comunicar digamos con displicencia:

-No están mal.

Frente a un instrumento de música -cualquiera, aun el más humilde- digamos fervorosos:

-¡Qué prodigio!

¡Hasta mañana!…

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