Facetas

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El valor del silencio

Hazel Valdez Blackmore

Recuerdo la primera vez que el poste en la línea divisoria del banco me dijo: “Pase a la caja cuatro”. El susto que me dio el “oso” que hice y que provocó la risa de quienes me vieron. Nunca pensé que un simple poste pudiera mandarme a una ventanilla… ¡Y la correcta!

Del banco me fui con la dentista y apenas me senté en la silla del suplicio, una música empezó a sonar muy suavemente y aunque no lo quiera reconocer, me calmó bastante. El problema fue que en otras visitas, la música no fue de mi agrado ni de mi “onda” y lo único que logró fue alterarme.

De regreso, entré al elevador y la música siguió persiguiéndome, ahora con una canción que me trajo recuerdos.

Encendí la radio del auto y al escuchar las noticias, los comentarios faltos de conocimiento del locutor me hicieron cambiar de estación para caer en una de complacencias musicales y el locutor estaba peor haciéndose el gracioso con la que pedía la canción… mejor le apagué.

Sin querer empecé a descubrir lo hermosa que es la naturaleza: un árbol de canelo lleno de flores de un color único, entre canela, rojo, fiuscia, en contraste con lo verde de las hojas; una parvada de cotorros haciendo un gran escándalo al volar derechito a los nogales para almorzar las nueces verdes y tiernitas. Completaba el cuadro una pareja de ancianos caminando de la mano por el parque, quizá contándose sus achaques.

Llegué al súper y me atontó la música de banda, ya lo que quería era terminar con mi lista para pagar y descansar del ruido. ¿No podrán seleccionar mejor su música?

Si tomas un taxi te topas otra vez con la música. La radio no deja que el chofer entienda a dónde vas y a ti hasta se te olvida la dirección.

La televisión también está en todos lados. Más tardas en subirte a un autobús que ya empieza la película y no te deja ni echarte un sueñito pues los balazos y los gritos se encargan de no dejarte dormir.

Llegas al consultorio del oculista y la secre está más pendiente de lo que pasa en la novela que de los datos que le estás dando.

Hasta en las oficinas de Hacienda te dejan ver la película que se te pasó en el cine o que dejaste empezada en el banco.

Ya nos acostumbramos tanto a la tele que si no hay nada que nos intereses, corremos a rentar una película.

Y para colmo, tratamos de hacer varias cosas al mismo tiempo. Con frecuencia veo a caminantes con sus “walkman” aprendiendo inglés y repitiendo las palabras que les indican, o hablando por teléfono en lugar de admirar las hojas de los árboles volviéndose rojas, festejando el otoño.

Es frecuente encontrar a un conductor hablando por su celular… y arreglando el mundo, mientras trata de lidiar con el intenso tráfico, o a una señora joven en su camionetota planeando la siguiente reunión de amigas con su comadre, por teléfono mientras va por los niños al colegio.

Tengo un conocido que en los partidos de tenis ve el juego de futbol en una minitelevisión y escucha el juego de beisbol en su radio portátil… termina con los resultados volteados y la cara de tonto.

Las muñecas platican y dicen tantas cosas que hasta da miedo, parecen poseídas y los monos de peluche que hablan y cantan son impresionantes.

En la tarde decide caminar un poco y los radios de los “maistros” en la obra de atontan con su “que no quede huella”.

En misa, piensas que vas a estar en paz, pero apenas empiezas a orar, te distrae la musiquita de un teléfono celular cuya dueña olvidó apagar… ¿Cuál respeto?

¿Cuándo empezó todo esto? La idea de que necesitamos ser entretenidos todo el tiempo. El sonido nos sigue a todos lados.

Se nos ha olvidado lo valioso que es el silencio y el no hacer nada. Lo hermoso que es descansar, relajarnos, soñar y hasta pensar. Sentarnos en el jardín a ver las nubes que cambiar de formas… dejar que la mente flote… alimentar el alma… “¡Si nos dejan!”

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