Esquina Noreste

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El fuerte insurgente de Soto la Marina

Octavio Herrera Pérez

Muy conocido es en los anales de la guerra de independencia el arribo a la Nueva España en abril de 1817, del liberal español Francisco Javier Mina en su intento de sumarse a la guerra de independencia de México y así combatir al rey absolutista Fernando VII. Se sabe también de su desembarco en el litoral del Nuevo Santander y su estancia en la villa de Soto la Marina. Pero lo que ahora interesa ampliar en esta entrega, es la construcción, uso y destino de la fortaleza que allí construyeron los insurgentes, gesta que pronto cumplirá los doscientos años de haber ocurrido; y cuya destrucción no ha sido documentada y su presencia ha desaparecido en la memoria local.

 

LA POSIBILIDAD DE UN BASTIÓN PERMANENTE

A inicios de mayo de 1817, Mina supo del avance que realizaría el comandante Joaquín de Arredondo desde Monterrey, por lo que se propuso construir un fuerte para proteger sus almacenes y sostener un sitio, en caso que el enemigo avanzara con rapidez y no tuviera tiempo de programar su marcha al interior del país. A su juicio, construir una fortificación era practicable. Escogió así un sitio inmediato a la villa por el rumbo del este, a orillas del río, que aquí bajaba en forma de barranco. Allí la tierra era de aluvión y fácil de excavar, por lo que de inmediato empezaron las obras bajo la dirección del capitán de ingenieros Rigal. Incluso Mina puso el ejemplo a sus hombres con pala en mano, dando forma al poco tiempo. Incluso se usó la madera del bergantín “Neptuno”, anclado frente a la barra de Santander, que servía de almacén pero era viejo y pesado, por lo que se echó de costado en la arena y se desmanteló, a fin de utilizar su madera para el soporte de la artillería del fuerte en construcción. Esta labor se hizo bajo un sol abrasador, pero nadie dejó escapar una queja. Todos se dedicaron a prepararse para resistir el sitio; incluso las mujeres de los paisanos tomaron parte activa en el trabajo, pues mataron el ganado y salaron su carne. Los marineros a su vez, fueron incansables en sus esfuerzos por acarrear la madera y las provisiones de la playa. Finalmente, hechos sus preparativos, Mina partió, dejando una guarnición en el fuerte de ciento trece hombres, al mando del mayor José Sardá, asegurándole que volvería. El padre Teresa de Mier también se quedó aquí. Y ante la víspera de la llegada de Arredondo, la villa fue arrasada, para que nada de ella le fuera útil a los realistas.

 

CARACTERÍSTICAS DEL FUERTE

El fuerte de Soto la Marina fue construido bajo una planificación basada en la ingeniería militar de la era ilustrada, donde se privilegiaba el diseño en pentágono de las fortificaciones. Tenía un foso perimetral, del que se extrajo la tierra para elevar sus parapetos, segmentados en tramos, para dar paso a la colocación de los cañones. En el fuerte se hallaban montadas tres piezas de campaña, dos obuses, un mortero de once pulgadas y media y tres carronadas (cañones de marina), con el coronel Myeres dirigiendo el fuego. Las espaldas del fuerte, hacia el río, estaban descubiertas, porque no hubo tiempo para levantar un reducto protector, lo que fue su Talón de Aquiles.

 

ASEDIO Y ATAQUE DE ARREDONDO

El diez de junio, el brigadier Arredondo llegó a las cercanías de Soto la Marina, acampando a una legua del fuerte, en el rancho de San José. Venía al frente de 775 hombres, 855 caballos y 19 piezas de artillería. El jefe realista comenzó sus operaciones de guerra el día 12 con fuego de artillería, que se prolongó durante dos días. En ese inter, desertaron dos expedicionarios, que proporcionaron a Arredondo información sobre las condiciones que imperaban en el fuerte, a cambio de respetarles la vida. Esto indignó a la guarnición insurgente, por lo que Sardá hizo que todos juraran defender aquellos muros hasta lo último. Y no solo eso, un grupo de ellos salió del fuerte para ahuyentar a 300 realistas de caballería emboscados en un monte para apoderarse del ganado que allí había, lo que animó a los defensores.

La madrugada del día 15 y siguiendo el consejo de uno de los desertores, Arredondo colocó una batería del lado opuesto del río, a espaldas del fuerte, al que comenzó a batir a dos fuegos de artillería, a la vez que colocó a la infantería para cubrir la orilla del río con sus fusiles. Con el avance del sol el calor se volvió agobiante e hizo que la sed fuera insoportable para los sitiados, pero el fuego del enemigo impedía ir por el agua. En esta situación, una anónima mujer mexicana, al ver que los hombres se desmayaban junto a los cañones, bajó del fuerte y en medio de una lluvia de balas logró acarrear agua para los insurgentes. Al mediodía, la artillería del fuerte se hallaba desmontada o inutilizada en mayor o menor grado y la metralla casi se había agotado. El enemigo había logrado hacer una brecha en el frente de los parapetos. Entonces sus trompetas, clarines y tambores llamaron a avanzar, y se vieron sus columnas marchando en formación cerrada para el asalto. Éste fue el momento crítico en que la pequeña guarnición desplegó todas sus energías y se preparó a repeler la tormenta que se avecinaba. Los fusiles cargados estaban listos y algunos de los cañones se volvieron. El enemigo avanzó rápidamente, al grito de ¡Viva el Rey!, corriendo a toda prisa en formación. Los insurgentes les permitieron acercarse a unos cien pasos de distancia, recibiéndolos con gritos de ¡Viva la Libertad! ¡Viva Mina!, acompañados de una cerrada descarga de balas de fusil. Los realistas, incapaces de soportar una resistencia tan vigorosa, fueron presa de gran confusión, dieron media vuelta y huyeron en medio de la mayor consternación y desorden. Pero lograron rehacerse y avanzaron de nuevo, formados en columnas de ataque, llevando por delante manadas de caballos, con el doble propósito de cubrir a los hombres del fuego de la guarnición y de llenar el foso con los animales que murieran. La guarnición mantuvo el fuego como antes; los contrarios se aproximaron mostrando la misma resolución, pero fueron de nuevos recibidos con la misma eficacia y se les rechazó. Durante este asalto, Arredondo estuvo a punto de morir alcanzado por una bala de cañón. Una vez más el enemigo se rehízo y ejecutó un tercer intento, que igualmente terminó fracasando frente a los parapetos del fuerte.

Agitadas sus fuerzas, Arredondo conminó a sus defensores a rendirse a discreción, sin embargo, Sardá y sus hombres prefirieron morir antes que declinar sus armas. Una nueva proposición consistió en que se les respetaría la vida a cambio de la rendición, a lo que se volvieron a negar los sitiados. Por último, Sardá contra-propuso una capitulación honrosa, que en esencia permitiría a los ocupantes del fuerte a retornar a los Estados Unidos, en tanto que los lugareños volverían a sus casas sin ser molestados. Y aunque Arredondo aceptó estos términos, al momento de que salieron los 37 defensores sobrevivientes del fuerte, se indignó ante el hecho de que tan pocos hombres hubieran podido frenarlo y aun condicionar su entrega. Enseguida violó el pacto y los hizo prisioneros, remitiéndolos encadenados hacia México y San Juan de Ulúa. Igual suerte correría el inquieto fray Servando, que fue a parar a las mazmorras de la Inquisición.

 

DESTRUCCIÓN Y PÉRDIDA DE CUALQUIER VESTIGIO

Antes de ser remitidos a prisión los insurgentes fueron obligados a destruir el fuerte, en medio de los intensos calores caniculares. Perdió ese punto todo interés de carácter militar. Todavía en 1831 Jean Louis Berlandier vio sus vestigios y levantó un plano, no tan detallado como el que hizo en 1817, tras la batalla, el oficial realista José Antonio Matianda. Finalmente, el sitio sobre el que se ubicó la fortaleza fue completamente erosionado por la gran inundación del ciclón de 1909, aunque los lugareños siguieron llamado a ese paraje “Los Fortines”. No obstante, junto a ese lugar, donde hoy se ubica el rastro municipal de Soto la Marina, podría erigirse un memorial conmemorativo, creo que vale la pena. Es una tarea para el 2017.

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