Esquina Noreste

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Sociedad, economía y cultura en Ciudad Victoria

1825-1853

Octavio Herrera Pérez

La población de Ciudad Victoria en 1825, año del inicio de la capitalidad en este lugar, era de cuatro mil 88 habitantes. La ciudad tenía 806 casas y en el campo había nueve haciendas y 21 ranchos; eran parte de la jurisdicción de la Capital las localidades de San Pedro, Juan Capitán, el Coronel, Santa Lucía, San Pedro de Caballeros, Santa Rosa, el Ébano, Santa Teresa, las Comas, el Rucio, Santa Anna de Caballeros, San Diego, la Huerta, San Rafael, Pajaritos, el Tanque, la Zaga, Caballeros, Tamatán, San Rafael de Propios, Ávalos, Boca de San Pedro, Acequia de la Cruz, San Antonio de Buenavista, los Garza, Magueyes y San Antonio.

Laboralmente, en ella se desempeñaban 16 empleados públicos, 50 empleados retirados, 129 labradores, seis comerciantes, seis fabricantes, 95 artesanos y 875 jornaleros. En quehaceres especializados había un cirujano, un barbero, un sangrador y un maestro de escuela. Ya en una clasificación más detallada de oficios, había 26 zapateros, once curtidores, 19 sombrereros, 17 sastres, 12 herreros, nueve carpinteros, siete obrajeros, tres plateros, seis albañiles, once cocheros y un cobrero.

Como fue una práctica sistemática del Gobierno del Estado para el fomento económico de las poblaciones de la entidad, en 1826 le fue concedida a Ciudad Victoria la celebración de una feria anual, en la que podían concurrir los comerciantes y productores a vender sus mercancías, con una excepción de pago de impuestos, en medio de un ambiente de festividad y de jolgorio. El evento tendría lugar a partir de los días nueve de octubre de cada año; fecha que se permutó al 16 de septiembre, al argumentarse que coincidiría con el “aniversario del glorioso grito de nuestra independencia”. Ya entrado el siglo las fechas de celebración de la feria tuvieron diversas variaciones.

La prensa fue otra de las novedades que hicieron aparición en la capital de Tamaulipas, la que no había existido en tiempos coloniales. De hecho, aun antes de ser capital, hacia 1823, ya funcionaba en la Villa de Aguayo una imprenta de la diputación provincial, misma que fue llevada brevemente a Padilla a mediados del siguiente año; no obstante, desde abril de 1825 su retorno a Ciudad Victoria fue irreversible. De ella salió a la luz la primera constitución política del estado, expedida ese mismo año, así como la serie de decretos del congreso y las circulares del poder ejecutivo. Los periódicos oficiales comenzarían a aparecer en 1829, con la publicación del “Boletín de Tamaulipas” (1830), “La Guía del Pueblo” (1830-1831), “El Despertador de Tamaulipas” (1831-1832) y “El Restaurador de Tamaulipas” (1832-1833), todos en la época federal, de ahí el constante cambio en la nomenclatura del órgano de gobierno, ya que se adecuaba a la orientación del mandatario en turno. Ya bajo el régimen centralista aparecería “Atalaya” (1834-1837), “El Centinela de Tamaulipas” (1839-1840) y la “Gaceta del Gobierno de Tamaulipas” (1840-1846), dos publicaciones más estables. Luego, en la transición nuevamente hacia el federalismo y durante la guerra de intervención americana, aparecerían “El Defensor de Tamaulipas” (1847-1848) y “El Constitucional” (1850-1853). Y a diferencia de los diversos periódicos independientes que se editaron en esa misma época en los puertos de Tampico y Matamoros, en la capital del estado fueron pocos los periódicos con esas características. Títulos como “El Registro de Tamaulipas” (1841), “La Voz” (1844-1845) y “El Tribuno del Pueblo” (1844), fueron algunos de esos periódicos.

El impulso a la educación fue un objetivo de los gobiernos estatales, aunque no siempre con éxito, debido a las precariedades financieras de la época. Esto incluso de observó en la propia capital del estado, donde en 1828 el gobernador Lucas Fernández hizo tratos con el educador Ignacio Ribott para el establecimiento de una escuela normal. En ella se impartiría una educación de orientación lancasteriana, con la idea de formar una planta de profesores que pudieran después distribuirse en todos los pueblos del estado. También se pretendió establecer en esta época una escuela de artes y oficios, pero de carácter correccional. Para 1830 se esbozó una nueva propuesta oficial en materia de educación, durante el gobierno de Juan Guerra. Se trató de fundar en Ciudad Victoria el Instituto Hidalguiano Tamaulipeco, con miras igualmente a formar alumnos en niveles profesionales; el problema fue que nuevamente las vicisitudes políticas postergaron este proyecto. En cambio, el esfuerzo particular de Juan Gójon sí prosperó, al instalar en 1831 una escuela de primeras letras en las que se impartía aritmética, caligrafía, gramáticas castellana y latina, idiomas (francés e inglés), geografía, historia, y “elementos de matemáticas”, a un costo de colegiatura de 30 pesos mensuales, que incluía alimentos y ropa limpia. La escuela estaba orientada a los varones, pero el profesor estaba de acuerdo en aceptar niñas, que serían atendidas por su esposa, “si las circunstancias lo permiten”. Otro intento oficial en materia educativa fue el Colegio de Victoria, creado en 1835, aunque al parecer tampoco prosperó. Para 1843, Celso Cuéllar y Medina planteaba la creación de un establecimiento particular de educación primaria, basado en los métodos educativos de José María Gajá, que funcionaba adecuadamente en el puerto de Tampico. Dicha propuesta educativa contemplaba materias como lectura, doctrina cristiana, escritura, gramática castellana, aritmética comercial, a un costo de dos pesos mensuales, y otros dos pesos los que avanzaran hasta llevar las materias de geografía, álgebra y geometría.

Como capital del estado, la dinámica pública giraba en torno a la actuación del Gobierno del Estado y en particular del encargado del Poder Ejecutivo (como hasta el presente). Pero también la presencia del Congreso le proporcionaba movimiento a la Ciudad, sobre todo cuando sesionaba la legislatura, ya que se veía el arribo de los diputados, provenientes de todos los rincones de la entidad. Los ejercicios y desfiles de las milicias cívicas por las calles y la plaza de armas de la Capital, le daban a su vez un toque marcial a la primera época federalista. La parte solemne era encarnada por los miembros del Supremo Tribunal de Justicia, con sus magistrados y fiscales. Igualmente hubo la continuidad de una tradición que ya venía desde la colonia (en el caso de los indios rebeldes), de una cárcel pública, ahora utilizada para los infractores de la ley; como también había ejecuciones públicas o al interior del presidio, de los reos sentenciados a la pena capital por delitos graves.

El Ayuntamiento de la Capital, por su parte, desarrollaba las facultades propias de su competencia, circunscritas al ámbito de la ordenanza urbana, de policía y buen gobierno. Con esos objetivos, en 1830 un editor crítico demandaba que las autoridades de la ciudad procuraran el reparto de los solares baldíos, para que se edificaran fincas, evitándose “las suciedades”, lamentando la existencia de los muchos perros y cerdos que vagaban por las calles, dejando inmundicias, por lo que, aseveraba, “parece más la capital un rancho desordenado que una ciudad”. Otro de los empeños que solicitaba del ayuntamiento era la realización de rondas nocturnas, turnándose en ellas los vecinos, para evitar los escándalos de los ebrios, los robos y otros excesos. Otro reclamo era que se realizara oficialmente la limpieza del río y las acequias que pasaban por los solares, con lo que se evitaría el riesgo de alguna peste. Y en efecto la peste llegó en 1833. Se trató de la epidemia del cólera morbus, traído a la ciudad por las tropas pronunciadas de Matamoros, que a su vez se habían infectado por un transmisor que arribó en aquel puerto. Esta enfermedad era inédita en los anales de esta comunidad, la que solo había experimentado antes solo unos brotes de “calenturas” en 1769 (tal vez neumonía o meningitis), así como de viruela en 1780, la que tuvo otros picos en varias épocas hasta 1816. En este tiempo Ciudad Victoria tampoco estuvo exenta de sufrir las consecuencias devastadoras de los fenómenos meteorológicos. En especial debido a los huracanes tropicales que lograban internarse hasta tierra dentro y causar grandes destrozos. Así se observó el ocho de septiembre de 1842, cuando la Capital de Tamaulipas fue impactada por un meteoro de esa naturaleza, causando graves daños en la población.

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