Esquina Noreste

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Política sanitaria en Tampico 1829-1904

Octavio Herrera Pérez

Indagar en los orígenes de la medicina y la salud pública en Tamaulipas es una tarea ardua pero muy aleccionadora. Las fuentes son muy especializadas, pero también es cierto que los acontecimientos ocurridos en este territorio, sobre todo las epidemias, dejaron por aquí y por allá diversas y ricas referencias documentales, que permiten la reconstrucción historiográfica. Una muestra es la presente entrega semanal de esta columna, dedicada a explorar, desde una perspectiva muy general, la ingente tarea que desarrollaron las instituciones, los médicos y la sociedad de Tampico durante el siglo XIX, a fin de afrontar los flagelos epidémicos que la amenazaba constantemente. Luego ampliaremos sobre estos temas, pues se dispone abundante información.

 

LA JUNTA DE SANIDAD

Al tener Tampico desde su fundación una activa función portuaria, en la que se tenía interacción continua con embarcaciones procedentes de otras partes del mundo, las que anclaban junto a la ciudad, frente a la plaza de La Libertad, pronto se hizo indispensable que funcionara una junta de sanidad, dedicada a dictar las medidas sanitarias que debería tenerse en la ciudad y también inspeccionar las condiciones sanitarias que guardaban las tripulaciones y cargamentos de cada embarcación que entrara al puerto. Por tal razón en 1829 el jefe político Ildefonso Castaneira estableció la llamada “junta de sanidad”, presidida por el alcalde que habría de observar los bandos de policía y buen gobierno, así como “impedir que por mar se introduzca a esta ciudad cualesquiera epidemia de los buques que arriban al puerto”. De ahí que dicha junta tuviera la obligación de expedir las patentes de sanidad a la entrada y salida de los barcos.

Debido a la localización geográfica de Tampico en una región tropical, rodeada por cuerpos de agua y donde predominaba un clima de mucho calor y frecuentes precipitaciones, las enfermedades infecciosas eran frecuentes, y entre ellas las que llegaban a adquirir una dimensión epidémica. Por tal razón la autoridad municipal siempre tuvo en esta época al tema de la sanidad como uno de sus ejes de gobierno. De ahí la redacción y precisión constante de las disposiciones de policía, entendida ésta como los hábitos y comportamientos que deberían adoptar los ciudadanos en el escenario público, lo mismo que la adecuación de las crecientes funciones de la junta de sanidad. El financiamiento de la junta de sanidad fue igualmente otro tema del que se ocupaba el Ayuntamiento, promoviendo entre otras cosas la celebración de loterías. Y en cuanto a su operación cotidiana, entre otras actividades, se supervisaba el aseo de los aguajes, depósitos y expendios de agua, y extendía las patentes para el ejercicio médico y farmacéutico. Regulaba las actividades de las “mujeres públicas” a través de un reglamento de la prostitución, expedido formalmente en 1874, y reformado en 1887. Y expedía un sinnúmero de disposiciones sanitarias, conforme las contingencias que algún caso lo requiriera, sobre todo de carácter preventivo. En suma, para fines del siglo, la junta de sanidad estaba compuesta por la autoridad política del puerto, que la presidía, y 17 vocales, dividiéndose la carga entre tres ediles, el capitán del puerto, el juez civil, siete miembros de la junta de caridad y los cinco médicos que residían en la ciudad. Su responsabilidad era expedir las patentes de sanidad a los buques destinados al tráfico de altura y cabotaje. Además, llevaba, en coordinación con el Hospital Civil de San Sebastián, un registro epidemiológico muy preciso, que se reportaba al servicio Public Health de los Estados Unidos, una medida internacional adoptada como parte del combate a la epidemia de la fiebre amarilla y otras enfermedades infecciosas.

 

EL FOCO INFECCIOSO DE LA LAGUNA DEL CARPINTERO

Una plaga de este tipo, el cólera asiático, que afectó al país entero en 1833, también hizo estragos en este puerto, para volver a aparecer en 1858, aunque con menor intensidad. Sin embargo fue la fiebre amarilla –o “vómito prieto”–, el contagio más temido, producida por un virus endémico del África y norte de Sudamérica, cuyo portador es el mosquito Aedes egypti, los que proliferaron a lo largo de las costas del Continente Americano gracias al comercio en barco, afectando particularmente los litorales del Mar Caribe y Golfo de México, pero sobre todo las zonas urbanas con alta concentración de población, debido al corto radio de acción del mosquito trasmisor, que, en el caso de Tampico, disponía de numerosos espejos de agua inmediatos a la ciudad para su proliferación, sobre todo la Laguna del Carpintero. En especial estos problemas se potenciaban por la inmediata presencia de la Laguna del Carpintero, un espejo de agua de nivel fluctuante, que en tiempo de estiaje llegaba casi a secarse, provocando la mortandad de numerosos peces, cuya pestilencia invadía la ciudad con sus olores nauseabundos, y permitía la proliferación de numerosos mosquitos y fauna nociva. De ahí la preocupación del Ayuntamiento local de tratar de drenar la laguna, para lo cual se hizo excavar en la década de 1830 el llamado canal de la Cortadura; sin embargo el remedio fue parcial, porque ahora la laguna estaba sujeta al flujo de las mareas que entraban desde los ríos Tamesí y Pánuco, sin lograrse la desecación deseada. En otra entrega abundaremos sobre el tema de los proyectos de desecación de la laguna del Carpintero.

 

LA RECURRENTE EPIDEMIA DE LA FIEBRE AMARILLA

La fiebre amarilla estuvo presente en Tampico desde su origen, pero como brote epidémico importante se le observó en 1863, ya que afectó de manera significativa a las tropas francesas durante su primera ocupación de Tampico y hasta pudiera decirse que fue la causa de su evacuación. En 1878 hubo otro brote epidémico, importado de Nueva Orleans en un buque cargado de maíz, adquiriendo el grado de pandemia, al prolongarse hasta el siguiente año. En ese año, se decía que la fiebre amarilla, “lejos de minorar aumenta el número de defunciones”. Entonces, el puerto fue presa de una grave epidemia como no se veía en muchos años, cegando la vida de 345 personas en 1878 y de 269 al año siguiente. Esta epidemia hizo que varias compañías navieras evitaran llegar al puerto de Tampico, por lo que sus comerciantes solicitaron a la casa comercial Ritter & Cía., una de ellas, que no suspendiera los viajes periódicos de los vapores de la línea “Alexandre” de Nueva York, por la cuarentena rigurosa de diez días que se quería aplicar a cada barco procedente del Golfo de México. Las cuarentenas se observaban con los barcos anclados frente a la barra del Pánuco, hasta que la capitanía de puerto y la junta de sanidad certificaban el pase de ingreso al puerto.

Nuevos brotes hubo de 1896 en adelante, coincidiendo con la que pasaba en ese momento en la isla de Cuba, afectando al ejército invasor norteamericano, pero que a la vez sus médicos militares acabaron por descubrir el mecanismo de transmisión de la enfermedad. Otro brote importante, de carácter regional ocurrió en 1903. Durante este episodio se instaló en Tampico un lazareto, y las autoridades locales desplegaron una diligente actividad para contener el problema, encabezado este esfuerzo por el doctor Antonio Matienzo.

El paso del ferrocarril también estuvo sujeto a una regulación sanitaria a principios del siglo XX, como consecuencia de las epidemias de fiebre amarilla que afloraron en el puerto de Tampico, por lo que se trataba de impedir su propagación hacia el interior del país, particularmente hacia Nuevo León, desde donde el consejo de salubridad de ese estado y su gobernador Bernardo Reyes, exigieron a la Federación que se estableciera en Tamaulipas una secuencia de centros de control sanitario o estaciones cuarentenarias a lo largo de la vía del Ferrocarril del Golfo. Entonces se implementó en la parada ferroviaria de González un centro para atajar a la fiebre amarilla. Para tal fin llegó desde Monterrey el doctor Melesio Martínez, quien en 1900 y 1903 encabezó la faena de contención sanitaria.

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