Esquina Noreste

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El Chorrito: de ‘los esclavos’ de la hacienda a la administración eclesiástica

Octavio Herrera Pérez

Ya en otra ocasión anterior me refería al origen colonial del santuario guadalupano de El Chorrito, enclavado en las estribaciones de la Sierra Madre Oriental en el municipio de Hidalgo, Tamaulipas. Ahora corresponde abundar en el proceso que siguió sobre su control, desde los últimos tiempos de la hacienda de La Mesa, hasta cuando la Iglesia católica tomó las riendas de su administración. Veamos.

 

ADMINISTRACIÓN DE LOS ‘ESCLAVOS’ DE LA VIRGEN

Con la Revolución Mexicana el culto se interrumpió por un tiempo hacia 1915, cuando la región se vio envuelta en la lucha de las facciones revolucionarias. Y es que existen testimonios de que la hacienda de La Mesa fue asolada por varias partidas de tropas villistas. Pero esto no impidió que el administrador de la hacienda, Régulo Perales, el mayordomo Manuel Orozco y los tenedores de libros, Cayetano Reyna y Zeferino Padilla, siguieran controlando el movimiento de gente que acudía a El Chorrito. Incluso en 1917 el administrador Perales, envió como “esclavo” a Nabor Rocha, quien vivía con su familia dentro de la cueva de la virgen, siendo también el encargado de un local donde se vendían velas, cohetes y “milagritos”, como monopolio exclusivo de la hacienda.

En ese tiempo se construyó una escalera y una pared de adobe debajo de la imagen, para que fuera más fácil a la gente tocarla. También se hizo un nicho alrededor de la imagen y se colocó a sus pies un grabado con un querubín, lo mismo que una gran alcancía hecha del tronco hueco de ébano y sellada con candado. Tiempo después, en 1926, el tenedor de libros, Zeferino Padilla, se quejó de falta de sueldo en tiempo prolongado por parte de la hacienda, por lo que abrió un juicio, pidiendo una indemnización por su trabajo. Se le ofreció la hacienda de El Conejo, la cual rechazó, pero en cambio pidió El Chorrito. Al serle favorable el juicio, Padilla obtuvo 25 hectáreas, incluidas la cueva y la imagen “para que se pagara”, lo que procuró de inmediato al permitir el culto libre. Sin embargo, el lucro de Padilla derivó en un juicio en su contra por evasión fiscal, por lo que tuvo que abandonar el santuario, que pasó nuevamente a manos de la hacienda en 1930.

 

DILEMA POR EL CONTROL DEL SANTUARIO

Al ir perdiendo fuerza política la testamentaria del general Manuel González para mantener la propiedad de la hacienda de La Mesa, el Municipio de Hidalgo promovió el hacerse cargo de administrar el culto de la virgen de El Chorrito. Así, al declararse la desaparición de la hacienda y la expropiación de sus bienes en 1935, el Municipio tomó oficialmente cartas en el asunto. De esta manera el recaudador José Luna recogía las limosnas de la alcancía y las llevaba a Hidalgo. Incluso se les cobraba una cuota a los párrocos de Hidalgo por ir a celebrar misas en el santuario.

Cuando en 1937 se constituyó el ejido de El Chorrito y la cueva e imagen pasaron a ser propiedad de la comunidad, se estableció, de común acuerdo, que cada ejidatario se haría cargo del cuidado del santuario por un período de seis meses. Pero lo cierto fue que este mecanismo no funcionó del todo, por lo que dos años después, el antiguo “esclavo” Nabor Rocha propuso a la asamblea ejidal que la cueva pasara a manos del clero, puesto que los ejidatarios descuidaban sus labores en el campo para servir en ella durante su turno de medio año. Argumentó también la necesidad de realizar mejores obras de acceso al santuario y remodelar las existentes, así como administrar convenientemente las limosnas de los peregrinos; además, insistió, que sólo un sacerdote tendría la capacidad para administrar adecuadamente el santuario, imponiendo su presencia y autoridad.

ARRIBO DE LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA

Tomado el acuerdo de la asamblea ejidal, llevó el acta correspondiente ante el obispo Serafín María Armora, a la vez que se solicitó el consentimiento del gobernador Marte R. Gómez. La respuesta fue positiva en ambos casos, nombrándose al padre Felícito Cisneros como capellán fijo de la vicaría de Nuestra Señora de Guadalupe de El Chorrito. La primera obra que emprendió el vicario fue la reconstrucción del camino que subía a la mesa donde se ubica la cueva. Para ello se utilizaron los 800 pesos que se contaron al abrirse la alcancía de ébano. Después el padre Cisneros y sus hermanos construyeron un gran techo de tejamanil a la entrada de la cueva, colocaron un piso de madera y procedieron a liberar la roca donde se encontraba el bajorrelieve de la Virgen. Finalmente, en 1944, el padre Cisneros fue destinado a otros menesteres dentro de la Iglesia. Al año siguiente tocó el turno al padre Francisco Martínez hacerse cargo del santuario, donde permaneció durante dos años, que aunque fue poco tiempo, desplegó una intensa actividad. Esto se reflejó en la construcción del camino en tres distintos puntos de La Mesa y El Chorrito, el de un puente de madera y el inicio de la obra del templo actual, según planos del arquitecto Enrique Canseco, hecho venir desde la Ciudad de México.

Aparte de sus quehaceres religiosos, el padre Martínez cumplía diariamente con una tarea de peón, al tiempo que la hacía de mayordomo de albañilería, repartiendo tareas por realizar: labrar la piedra, acarrear manojos de palos para encender la calera, arrastrar piedras al horno y otras más. Preocupado por todo, especial atención le merecían los trabajadores que sufrían accidentes de trabajo. Y, en sus tiempos libres, iba con los campesinos de cacería o departía con ellos por las noches partidas de dominó. Al final de su tarea en El Chorrito, el padre Martínez terminó las paredes del templo, remodeló el altar a los lados de la imagen y construyó un altar al centro del presbiterio.

 

CONSOLIDACIÓN DE UNA ANTIGUA VENERACIÓN MARIANA

Tocó al padre Rafael Echavarría administrar el santuario entre 1947 y 1953. No siguieron las obras del templo, pero en cambio se construyó un puente de concreto sobre la corriente del manantial, lo mismo que adecuó las instalaciones habitacionales del santuario. A él correspondió formalizar en 1951 la asociación guadalupana de pastorelas y danzas de Tamaulipas y Nuevo León.

El padre José Ascensión Saucedo continuó la administración del santuario entre 1957 y 1969. Durante su estancia aquí reemprendió los trabajos de construcción del templo, mismos que concluyó en 1967, al terminarse la amplia cúpula que preside el conjunto arquitectónico del santuario. Después seguiría la presencia del padre Francisco Robles, quien dirigió el santuario entre 1975 y 1980; durante ese tiempo, se adornó el templo con piedra de cantera, traída expresamente de Yahualica. En esa misma época el Gobierno del Estado asfaltó la brecha que comunicaba a la villa de Hidalgo con El Chorrito, al tiempo que los medios de difusión cultural se hicieron presentes en las festividades del día de San José y la popularidad de este santuario mariano adquirió gran resonancia, aunque ya de hecho la tenía entre las clases populares de una extensa región del norte de México y aun del sur de Texas.

Fue el padre David Martínez, un sacerdote con gran carisma social en Cuidad Victoria quien se hizo cargo del santuario de El Chorrito entre 1980 y 1988, un tiempo en que este culto mariano quedó firmemente consolidado y así continuó en los primeros años del siglo XXI. Lamentablemente, los sucesos de inseguridad presentes en el municipio de Hidalgo en los años más recientes, particularmente desde el 2010 a la fecha, han hecho que la afluencia a El Chorrito haya mermado sensiblemente. Hay que rescatar a esta invaluable reliquia de la cultura y la religiosidad popular del noreste de México; junto al cual hoy cruza la sierra el modernísimo gasoducto “Los Ramones”, del que después escribiré una entrega de Esquina Noreste.

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