El jardín de la libertad

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Historias de amor en primavera

Cualquier tiempo no consagrado al amor es tiempo perdido.

                                                   Torquato Tasso

Libertad García Cabriales

La historia está hecha de tiempo y nosotros estamos hechos de historia. Así de simple y así de complejo. Cada vida es una historia y también muchas historias entretejidas. Y en cada historia el tiempo es vida. Los primeros pensadores ya apuntaban que el estudio del ser y del mundo estaba ligado al tiempo. ¿Qué es el tiempo? Se preguntó el sabio San Agustín hace muchísimos años. Pregunta que en tiempos de Internet seguimos haciéndonos sabedores que cada quien tenemos un tiempo interior, pero que también estamos en el tiempo social y en el tiempo de la naturaleza.

Así pues, hablamos de nuestro tiempo de muchas maneras aunque casi nunca pensemos profundamente en ello. Ahora por ejemplo estamos viviendo el tiempo de la Semana Santa, un tiempo establecido por las creencias, las tradiciones; una historia muy particular que incluso marcó el tiempo histórico en un antes y un después. También estamos iniciando el tiempo de una estación que conlleva un mensaje de renovación: la primavera. En ambas cosas, el amor es fundamento. Historias de amor que se convirtieron en referentes de nuestra vida.

La historia de la santa semana ustedes la conocen bien: “porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su único hijo para que todo aquel que en él crea no se pierda, más tenga vida eterna”. El amor en el mensaje y la promesa de tiempo eterno. La vida y muerte de Jesucristo es un testimonio de amor que trasciende. En el caso de la primavera el mito también habla de amor y eternidad. La bella Perséfone que vuelve con su madre después de ser raptada y con ello hace que el amor materno se convierta cada año en primavera haciendo florecer toda la tierra.

Dos historias de amor que parecen lejanas pero que a todos nos atañen. Nunca como ahora es necesario “revivir” el mensaje del amor que conllevan estos santos días. La enseñanza siempre vigente de un hombre que venció la muerte a través del poder del amor. Pero por desgracia, en los tiempos que corren, con la violencia enseñoreada sobre nuestro mundo, con el ansia del dinero reinando, el amor parece secundario. Y todos tenemos parte en ello. Estamos demasiado “ocupados” en comprar y vender, en trabajar duro, en acumular cosas, que muchas veces nos olvidamos de amar, de vivir.

Emilio Lledó dice que la raíz del mal está en el egoísmo y la codicia porque provocan odio y violencia. Por fortuna, hay historias de amor que salen victoriosas, aun cuando todo parezca en contra. Gente que decide apostar por el amor y lucha por ello. Mientras escribo pienso en Berta y Leobardo, dos amigos de mi infancia que un día unieron sus vidas hace ya muchos años en mi Mante natal. En mi recuerdo vivas están las imágenes de su noviazgo, de su paso por mi casa tomados de la mano, de la bella figura de Berta que arrancaba suspiros con su airoso caminar. Después de un largo camino recorrido llegó la adversidad en la forma de una terrible enfermedad para Berta que la dejó imposibilitada para casi todo. Pero el amor permanece y Leobardo lo hace vivir con sus cuidados diarios, con el tiempo dedicado a la mujer de su vida. Suena a novela, pero es una lección de un hombre que pese a los estragos de tiempo y enfermedad, sigue viendo en su mujer el rostro del amor.

Y las historias de amor no sólo son en pareja y ni siquiera requieren la presencia física para permanecer. Doña Mary me lo recuerda siempre. Hace dos años la violencia le arrebató a su hijo pero a ella le queda el amor intacto en su memoria y cada día y a cada instante lo hace vivir en su corazón. Así de fuerte y así de contundente. La vida no es fácil, pero es necesario recordar que sólo el amor nos salva. Amor en familia pero también amor al prójimo y a la tierra que nos sustenta. Nadie que ame su tierra puede dañar, corromper, violentar.

La primavera es tiempo de renovación, tiempo de hacer renacer en nosotros lo mejor que tenemos. Revivir nuestros sueños y compartirlos con los demás. Renovarnos como ser humanos en el entendido que nuestro tiempo de vida es corto pero lo que hacemos por los demás trasciende. Pensar el mensaje de la cruz como el mejor ejemplo de amor y humildad. Hacer de nuestro tiempo, tiempo para la siembra del amor y la necesaria paz. No hay edad para hacerlo. Todos podemos contribuir en la defensa de la vida. No podemos permanecer indiferentes. El tiempo es vida y la vida necesita nuestro tiempo.

 

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