Esquina Noreste

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‘La Heroína de Tampico’, o una espía en casa

Octavio Herrera Pérez

Al reflexionar sobre el pasado es común mantener ciertos cartabones sobre algunos eventos ocurridos en el tiempo, o bien considerar que un grupo o género de personas mantuvo siempre una misma actitud. Esto aplica para el caso al que hoy habremos de abordar en esta entrega, referida a un episodio acontecido en Tampico durante la guerra de intervención de Estados Unidos contra México entre 1846 y 1848. Un primer ejemplo de la primera aseveración fue que los inmigrantes irlandeses, reclutados por el ejército estadounidense, desertaron hacia las filas mexicanas al darse cuenta de que la guerra era injusta, de ahí la formación del célebre batallón de San Patricio. Sin embargo cabe decir que no todos los irlandeses tomaron partido por México, manteniéndose a las órdenes de sus jefes americanos durante el conflicto. La segunda aseveración es el insistente concepto de que las mujeres desempeñaron tradicionalmente un papel secundario en la historia, o hasta estaban prácticamente borradas de ella; ciertamente el patriarcado como institución familiar en la cultura occidental atribuyó a los varones el rol dominante en el escenario histórico, pero también fue un hecho de que las damas controlaban muchos aspectos de la vida, desde el lecho conyugal, la administración doméstica o hasta el poder, y si no que lo digan las soberanas Catalina la Grande de Rusia o la reina Victoria de Gran Bretaña.

 

UNA IRLANDESA EN EL PÁNUCO

Pues bien, aquí bordaremos algunos rasgos biográficos de una mujer en plena actuación, en la medida de sus alcances y dimensión de su tiempo. Me refiero a Ann McClarmonde, a quien se añadió el apellido de Franklin Chase, cónsul de los Estados Unidos en el puerto de Tampico, entre 1842 y 1871, es decir, toda una época clave en la historia de esa ciudad y del país mismo. Se sabe que nació en el norte de Irlanda en 1818, emigrando junto con su familia a los Estados Unidos durante una época de crisis y hambruna en la isla, dominada aun por la Gran Bretaña. Vivió en Nueva York y Nueva Orleans y en 1836 se trasladó a Tampico, a los 25 años, junto a un hermano, que vino aquí a trabajar en un comercio propiedad de un americano. Y vaya que ella lo logró, al contraer nupcias cuatro años más tarde con el recién llegado diplomático estadounidense. Y en ese estado matrimonial se encontraba, tal vez aburrida de tener repentinamente satisfechas sus necesidades básicas, por lo que pronto llamó su atención el estado de guerra en el que se involucrarían México y Estados Unidos.

 

UNA DILIGENTE MISIÓN DE ESPIONAJE

Corría el verano de 1846. La guerra estaba declarada y el norte de Tamaulipas había sido ya invadido por el ejército americano, donde justo ocurrió la primera desbandada de irlandeses hacia el bando nacional. Pero en cambio, la joven irlandesa situada en Tampico se propuso ayudar a los invasores, para lo cual comenzó a tomar nota de todos los movimientos de las tropas mexicanas estacionadas en el puerto, contabilizando el número de efectivos, jefes a cargo y aspectos relativos a la organización militar que tenía la guarnición local. También se dio tiempo para recoger información de sus criados, enviados a recorrer el entorno de la ciudad, para prestar atención en las obras defensivas, de las que elaboró un mapa. Reunida toda esa información, la hizo llegar, a través de alguno de los barcos que salieron del puerto, a manos del almirante David Conner, quien se situó con una flota de guerra frente a la boca del Pánuco desde el mes de junio.

Por su parte el cónsul Chase se mantuvo en su sitio hasta que fue compelido a abandonar la ciudad, pero al hacerlo, por ser también comerciante, dejó en manos de su esposa sus bienes, apelando ésta a su nacionalidad inglesa para mantenerse en la ciudad, lo que le fue respetado; y para evitar problemas, arrió el pabellón estadounidense de su casa-consulado, para no herir la susceptibilidad del comandante de la plaza, el general Anastasio Parrodi. Este jefe por su parte, estaba cada día más aislado del resto del Ejército mexicano, y con la “espada de Democles” de una armada enemiga frente a sus narices. Para ese momento la plaza de Monterrey ya había caído y el general Antonio López de Santa Anna había llegado del destierro para tomar el mando político de la República y del ejército, y, empeñado en ir hacia el noreste, por considerar que el avance americano se daría por tierra, ordenó la evacuación de Tampico. Entonces, la guarnición del puerto debió abandonar sus posiciones, dejando tras de sí numeroso material de guerra y varios cañones, que debieron ser arrojados al Pánuco, como también fueron incautadas tres cañoneras.

Parrodi no lo podía creer: abandonar sus posiciones y dejarles el puerto a los invasores sin disparar un tiro. Y así fue, siendo uno de los hechos más vergonzosos de toda la historia militar mexicana. Para ese momento los marines gringos ya tenían santo y seña de lo que ocurría en la plaza por la señora Chase, quien al enterarse de la salida de las tropas mexicanas el 28 de octubre de 1846, subió al techo del consulado y desplegó la bandera de las barras y las estrellas, que fue visible en el mar para la flota americana, significando la señal de que la plaza estaba libre. Acto seguido, el almirante Conner dispuso la ocupación de Tampico.

UN MÍTICO PRESTIGIO DE GUERRA

En ese momento y muy acorde con el romanticismo en boga, al conocerse en Estados Unidos sobre las batallas que se estaban sucediendo en México, motivó el despliegue de toda una corriente de escritores, poetas, músicos y periodistas que enaltecían esos hechos como gestas sublimes. Por tal razón, al conocerse sobre las actividades desplegadas por la señora Chase, dio pie para que numerosos editorialistas popularizaran la figura de esta mujer como una “heroína”, publicándose ampliamente en la prensa estadounidense y motivando la felicitación de renombrados políticos, Harry Halyard publicaría en Boston un libro panegírico titulado “The Heroine of Tampico”, el que tuvo una amplia aceptación entre el público, acrisolando una mítica figura sobre esta mujer irlandesa (que se decía británica, a conveniencia).

Pero no todo paró allí, ya que una vez ocupada la ciudad por los americanos, la señora Chase se metió en los asuntos relativos a la ocupación de la ciudad, misma que se prolongó durante dos años. Existen evidencias de que su influencia tuvo que ver sobre todo en los asuntos judiciales, especialmente al momento en que las autoridades locales fueron disueltas y la justicia comenzó a aplicarse según los dictados del gobernador militar, William Gates, sobre el que la irlandesa ejercía su influjo. Tan evidentes fueron estos hechos, que un editorialista de la capital de la República afirmó que dicho funcionario americano era un hombre “estúpido y sumamente débil”, manipulado por “una mujer fatua e intrigante”, a la que “han dado una importancia que por ningún título merece, consecuencia de algunos avisos que daba al Gobierno americano sobre la situación de nuestro país”; es decir, que era público y notoria la actuación de esta señora en los asuntos públicos, motivados tal vez por venganzas comerciales o simplemente impulsada por sus aires de superioridad. Incluso fue homenajeada en Washington por el secretario de Estado de los Estados Unidos, James Buchanan.

Poco se conoce, hasta ahora, sobre la actuación de esta diligente dama durante los siguientes veinte años de su permanencia en Tampico, que no debieron ser de pasividad, como se evidencia en una carta con su esposo en 1858, en donde critican duramente al gobernador Juan José de la Garza. Y hasta posiblemente se sintió en su mero mole (irlandés, por supuesto) durante la ocupación francesa de Tampico entre 1864 y 1866, cuando se reprodujo en el puerto un símil del ambiente aristocrático europeo. Finalmente, al abandonar su marido en 1871 las funciones consulares estadounidenses en Tampico, volvió a los Estados Unidos, luego de permanecer gran parte de su vida en México. Murió en Brooklyn, Nueva York, el 24 de diciembre de 1874.

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