Esquina Noreste

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La misión de Nuestra Señora de la Soledad de Igollo

Octavio Herrera Pérez

Muy poca es la arquitectura colonial religiosa en Tamaulipas, y la que se conserva tiene en muchos casos problemas estructurales que nadie atiende y que a nadie preocupa, a pesar de las instituciones nominalmente responsables de ese patrimonio edificado. Todo son esfuerzos de coyuntura, como el tratamiento que se le presta a la parroquia de San Antonio de Tula, que poco requiere de ello, más aun por ser una obra que, si bien es indiscutible su relevancia histórica, su importancia arquitectónica es muy limitada. En cambio, a 60 kilómetros al oriente de allí, completamente abandonada, se encuentra, todavía erguida, la impresionante misión de Nuestra Señora de la Soledad de Igollo, un testimonio único en su género en Tamaulipas, para el cual no existe voz alguna que se preocupe por su conservación, como tampoco se presta atención a la iglesia de Santa Bárbara de Ocampo, un monumento que por mucho supera arquitectónicamente a la parroquia tulteca; es más, Ocampo es tan mágico como su vecino, pero apenas tomamos cuenta de ello. El patrimonio histórico no debería ser cosa de moda, pero así es como se entiende por acá, por el desconocimiento institucional predominante, más aún, paradójicamente, en la instancia federal teóricamente responsable. Pero ¿Cuál fue el papel que desempeñó la misión de Igollo en el contexto histórico de la colonia del Nuevo Santander? Hagamos pues un breve recuento de los hechos.

 

UNA MISIÓN MUY PROMISORIA

Ya de salida del primer viaje por la costa del Seno Mexicano plantando fundaciones por doquier, el coronel José de Escandón estableció la villa de Santa Bárbara. No fue una improvisación, porque aquí ya existía el pueblo de Nuestra Señora de la Soledad de Canoas, correspondiente a la jurisdicción de la alcaldía mayor de Valles. Además porque el capitán a cargo lo era Juan Francisco Barberena, quien lo había apoyado en fundar también la villa de Altamira y la ciudad de Horcasitas. Dicho pueblo, al igual que la vecina congregación de San José de la Laja, eran esencialmente asentamientos de indios, tanto de pisones como de janambres, a los que se decidió dotarlos de un espacio propio: la misión de Igollo, manteniendo la advocación de Nuestra Señora de la Soledad. El sitio elegido fue junto al antiquísimo pueblo de Tanguanchín, de cuyos cúes se trajo el material para erigir la nueva iglesia misional, al tener como su misionero al propio hermano del colonizador, Francisco de Escandón lo que nos habla de las esperanzas que se tenían de que esta misión prosperara y sirviera de ejemplo, además de mantener aquietados a los indios ante cualquier rebelión. La administración eclesiástica de la misión de Igollo estuvo a cargo originalmente del colegio de propaganda fide de Guadalupe de Zacatecas, por lo que se les proporcionó una dotación de ganados y de tierras, que más tarde serían protocolizadas a su favor. Sin embargo, debido a profundas diferencias entre Escandón y los padres franciscanos zacatecanos, éstos abandonaron la colonia en 1766, lo que coadyuvó al fin del poder de este personaje sobre la conducción política de la provincia.

 

EL BASAMENTO DE UN PUEBLO DE INDIOS

Los nuevos frailes que llegaron a las misiones del sur del Nuevo Santander, incluida la de Igollo, fueron los franciscanos de la custodia del Salvador de Tampico, los que no tuvieron mayor interés en fomentar las misiones recibidas del Nuevo Santander y procurar a los indios; en cambio, sí se preocuparon en beneficiarse de ellas de manera personal. Aun así todavía podía forjarse en ellas verdaderos pueblos de indios, como lo constató en 1774 el gobernador Vicente González de Santianes, cuando ya se había agregado a la misión una comunidad de indios Pames, que sumaban unas ciento cincuenta personas. De los pisones apenas había quedado una docena de ellos y de los janambres ninguno, tras un levantamiento que hicieron. Tenían sus propias autoridades y de hecho integraban un pueblo, aunque les faltaba formalidad. Disponían de ganado suficiente y de cuatro leguas de tierras muy fértiles, capaces de cosechar diez mil fanegas de maíz, donde levantaban abundante grano, que el religioso vendía en gran proporción, y que a pesar de la grandes ganancias, apenas les daba “una corta ración” a los indios, quienes eran los que trabajaban las milpas, como igualmente “poco o nada” les daba para vestirlos, y hasta mal pagaba a los sirvientes de la misión, rehusándose a utilizar un arca de tres llaves, porque lo consideraba una ofensa al “santo hábito”.

El segundo conde de Sierra Gorda, Manuel de Escandón, también hizo un diagnóstico de la misión de Igollo, encontrando como cien personas congregadas, a las que se habían agregado “desde el principio”, 77 familias de pames provenientes de la custodia del Río Verde, que ya sumaban más de doscientas personas, “todos aplicados a la siembra de maíces, para lo que es muy a propósito el terreno por acudir lluvias regulares”. En suma, la misión tenía “las proporciones y comodidades necesarias” para convertirse en poco tiempo en un verdadero pueblo. El problema fue que los misioneros de Tampico no tuvieron mayor interés por fomentar el progreso de esta comunidad india; por el contrario, la usufructuaban, motivando que el indio Baltazar de la Cruz, uno de los últimos gobernadorcillos pisones, acudiera a la Ciudad de México a quejarse del estado de cosas en la misión.

 

DISOLUCIÓN OFICIAL DE LA MISIÓN

Muy al contrario a la visión histórica oficial de que la independencia “rompió las cadenas de la esclavitud de los indios”, las elites criollas nacionales se enfocaron a usurpar los bienes de las comunidades indias, inspiradas en las tendencias secularizadoras de la ilustración, ahora más activas con el pensamiento liberal. Así pasó en Tamaulipas desde 1822, cuando la diputación provincial de Santander dispuso rematar las tierras y semovientes de la misión de Igollo. Pero como no hubo suficientes postores y aun había indios en ella, en 1827 el gobernador Lucas Fernández expidió una ley que permitía a los indios de las misiones recibir a título individual la mitad de los terrenos de la misma, en tanto que el estado poseería la otra mitad, los que arrendaría a beneficio de las arcas estatales y de un fondo municipal. Los indios integrarían así una corporación comunitaria, cuyo funcionamiento estaría vigilada por los ayuntamientos respectivos.

Pero lejos de darse una oportunidad a los indios de integrarse al nuevo orden de cosas, en 1828 hubo un cambio radical de la política respecto a las misiones, al ordenarse que la totalidad de las tierras y bienes de ellas podrían arrendarse por parte de algún particular, cuyas rentas beneficiarían las arcas del estado. Esta disposición incluía a la misión de Igollo, sin que se especificara el tratamiento que debería darse a los indios, que técnicamente se les situaba como “ciudadanos”, los que para este momento estaban en un franco proceso de mestización con la masa común de la población de Santa Bárbara. Finalmente, en 1833 el Gobierno del Estado acabó por autorizar la venta completa de las tierras y bienes de las misiones existentes. Se extinguió así la misión de Igollo, pero no su portentosa edificación, que pasó a convertirse en el camposanto de la villa y más tarde ciudad Ocampo; un servicio que aún sigue prestando, todavía, ante la indefinición y limbo jurídico del terreno donde se ubica una de las joyas más preciadas de la arquitectura colonial tamaulipeca.

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