Relatos De Todo Y De Todos

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Caminar y caminar

Eduardo Narváez López

Mi pasión por las caminatas ha hecho posible que disfrute campos, selvas, playas, márgenes de ríos, sierras, cerros y ciudades; solo o acompañado. Fui solo al sureste, teniendo como base de operaciones a la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en donde me hospedé en uno de los dos grandes hoteles –uno de ellos frente a la plaza principal, de seis pisos, y el otro horizontal a siete cuadras de ahí, propiedad de mi primo Emilio Salazar Narváez-. Memorable para mí fue mi excursión a pie del entronque con la carretera de terracería que conduce a las Cascadas de Agua Azul de 14 kilómetros. En el trayecto me sorprendió un torrencial aguacero, por lo que busque guarecerme en la selva alta y tupida a uno de los lados, en donde no se filtra el agua. Me subyugó la penumbra y lo desconocido, y me introduje cerca de un kilómetro en 20 minutos. Me desorienté por completo de tal manera que tardé una hora en regresar a la carretera. Durante este tiempo viví aventuras inolvidables que en otra ocasión les conté.

En otro de mis viajes al sureste, de Villahermosa a Cancún me acompañó Daniel, el chofer de un amigo en la camioneta de aquel. También les relaté parte de mis aventuras en Cancún. No mencioné cuando el cosquilleo de mis pies hizo que, junto con Daniel, agarráramos camino del centro de la ciudad hacia Puerto Juárez –a siete kilómetros más o menos-. El calor era sofocante; nos despojamos de camisa y pantalones, quedándonos con camiseta y short. A los tres kilómetros, con mis 42 años me sentía con vigor suficiente para completar la jornada; no así Daniel, de 25, quien se había retrasado diez metros. Regresé donde estaba; su estado era lamentable Hilillos de sudor escurrían por su rostro Con su pulgar pedía un “aventón”. Molestó, sin mirarme, dijo: “Si quiere, alcánceme allá, yo no camino más.”

Los viernes, siempre y cuando terminara mis labores a las once de la noche en la Dirección General de Autotransporte Federal, tomaba un taxi que me llevara a la Terminal Poniente de Autobuses. Abordaba una de las últimas salidas con destino a la ciudad de Guanajuato. Caía rendido en el asiento; dormía profundamente seis horas, al cabo de las cuales llegaba a dicha ciudad. Amo sus callejones, plazoletas, sus calles empedradas y las subterráneas, la carretera panorámica desde donde se ve la ciudad cual si fuese un nacimiento de Navidad. Siempre que era posible me hospedaba en un hotel céntrico, pues tendría a la mano las cafeterías, el Teatro Juárez, Jardín Unión, Mercado Hidalgo. Es un lugar tranquilo en temporada baja, ideal para liberarse del estrés, y alegre en la alta, sobre todo durante los días del Festival Internacional Cervantino.

Mi compañero de trabajo, el ingeniero Alberto Fregoso, había trabajado en la Dirección de Conservación de Carreteras; con frecuencia era comisionado para supervisar tramos de carreteras, lo cual le encantaba porque así conocía muchas comunidades interesantes. Al igual que yo, viajaba por placer manejando su auto los fines de semana. Sobre el tema le comentaba:

-Tú, que conoces casi toda la República, es increíble que no hayas visitado Guanajuato, ¿cuándo me acompañas?, yo voy seguido, te puedo mostrar los lugares más interesantes. Te gustará conocer sus calles curvadas, las manzanas que nunca son cuadradas, la carretera periférica-panorámica, sus vías subterráneas-laberínticas.

-Hecho, el próximo fin de semana si te parece; llevaré a mi esposa y a mi hijo de dos años.

El ingeniero Fregoso, excelente conductor y conocedor de las carreteras de México, tomó vías alternas para pasar por pueblos mágicos en la madrugada; nos introdujimos en algunos para conocer sus tianguis y artesanías.

Nos instalamos en un hotel céntrico, nos bañamos y almorzamos. Visitamos los numerosos lugares de interés del centro caminando; “Sólo así se conoce y disfruta una ciudad, cuya arquitectura colonial tipo medieval es digna de verse y admirarse” –les dije-. Fregoso, de mi edad, 36 años, alto de 1.86 m., su esposa también alta de 1.75; así como su hijo, un súper bebé. Estaba admirado de las vías subterráneas con muchas bifurcaciones. Nos perdimos en medio de tantas curvas.

-Oye mano, ¿no que conocías como la palma de tu mano los subterráneos?, ya hemos salido y entrado tres veces. No atinas a dirigirme para salir al centro por donde nos hospedamos.

-Sugiero que salgamos y estacionemos el coche. Caminamos un rato por el subterráneo, yo siempre voy a pie para ir a donde quiero; sirve que conoces su estructura y detalles, debe interesarte como ingeniero que eres.

Ahora me perdí a pie. Las banquetas del subterráneo son muy estrechas, están hechas para caminar ocasionalmente, por lo que íbamos en fila india, con el temor de que nos atropellaran. Alberto junior pidió ser cargado, estaba exhausto. Se lo llevó en hombros Fregoso. La esposa traía la cara larga y zapatos de tacón. Se sentaba en las escalinatas de salida.

-No la friegues mano, a ver que se te ocurre. Mira como viene mi familia.

-¡Ya se! Salgamos y que nos conduzca un taxista a donde está tu coche y después que nos escolte hasta el hotel.

-Buena idea; pero no creo que sepamos decirle al taxista dónde dejamos el auto.

Caminamos un buen trecho hasta encontrar una base de taxis, pues todos iban ocupados:

-Llévenos cerca del monumento o esculturas del Quijote y Sancho, que están en una de las salidas del subterráneo. Por ahí recogemos un auto y luego nos escolta al centro.

Ese sábado y domingo el ingeniero Fregoso no quiso saber más de vías subterráneas.

En otra ocasión invité con todos los gastos pagados a otro de los compañeros del trabajo, el ingeniero Agustín de la Rosa, jefe del Departamento de Peso y Dimensiones, a ir de paseo a la ciudad de Zacatecas, la cual había visitado en compañía de Javier Lozano, un gestor de permisos ante nuestras oficinas. Me quedé con el deseo de conocer la mina que está en las faldas del Cerro de la Bufa, subir el cerro a pie y tal vez abordar el teleférico.

Nos instalamos en un hotel de cuatro estrellas, almorzamos y tomamos un taxi rumbo a la Mina El Edén. Entrados en la plática no nos percatamos del tiempo que hicimos, pero pensamos que había sido corto –luego supimos que fueron diez minutos-. Descendimos 320 metros y nos internamos entre puentes colgantes y túneles que nos impresionaron al imaginarnos las condiciones en que laboraban los mineros. Nos mostraron varias piedras minerales con puntos brillosos con denominaciones como bauxita y otros nombres terminados con la desinencia “xita”. Agustín tomo un terrón común, sin mucho atractivo y me preguntó “¿cómo se llamará este mineral?” Creo que se llama “calabauxita de can”. Inmediatamente De la Rosa arrojó el supuesto mineral.

Vivimos esa magnífica experiencia durante dos horas. No invité a Agustín a subir el Cerro de la Bufa, dada sus condiciones físicas: contaba con 54 años, estatura de 1.65 m. y 90 kilos. Lo dejé en el bar que estaba a un lado de la exhibición de minerales. Disfruté mi ascenso hasta poco más allá de donde está el teleférico que se conecta con otro cerro denominado “El Grillo”, durante el trayecto se puede observar a la colonial y hermosa Zacatecas, declarada Patrimonio de la Humanidad. Dos horas más tarde me reencontré con Agustín. Estaba enojado por la tardanza; en estado seco, pues no le alcanzó para pedir la tercera cuba. Se pagaba anticipadamente en la caja y luego con el vale en la barra le servían.

-Ya, no te enojes. Ahorita en el bar del hotel pides todas las cubas que quieras -ya no había gente ni camión que nos trasladara al centro de la ciudad.

-Vámonos a pie Agustín, al fin que está cerca. Ya ves que no tardamos nadita en llegar.

A regañadientes avanzaba. “Hay que llamar de algún lado a un taxi”; pero no había ningún centro comercial o cabina telefónica en más de diez cuadras que caminamos. Me alarmé al ver sofocado exageradamente a Agustín. Le chiflé a un taxista que pasó raudo. Afortunadamente se paró; dijo que era una excepción porque sólo acudían por llamado a la base. El taxi recorrió unas 30 cuadras para llegar al hotel.

-¿Y querías que caminara todas estas calles infeliz? Ahora sí me las vas a pagar –y que me sigue decidido a desquitarse.

-Cálmate Agustín; te va a dar un soponcio. Vamos con calma al bar antes de que se acabe la hora del dos por uno.

Otro amigo más que no contaré en el futuro para que me acompañe en mis viajes.

 

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