Facetas

0
22
Tiempo aproximado de lectura: 3 minutos

Hazel Valdez Blackmore.-

Jóvenes chicos y niños grandes

 

Dos situaciones contradictorias se están dando en nuestra sociedad, por un lado, son muchos los jóvenes que se resisten a madurar, a tomar responsabilidades y decisiones y están prolongando su adolescencia lo más que pueden.

En los Estados Unidos los jóvenes se iban de casa a penas cumplidos los 18 años o antes. El porcentaje ha disminuido del once por ciento que se quedaban en casa, al 45 por ciento, actualmente.

Quizá se dé también a que la vida es tan cara y es tan difícil independizarse con las comodidades que tienen en casa que no se atreve a dejarla. Allí tienen los privilegios de adulto pero sin ninguna responsabilidad. Y somos los padres lo que colaboramos a esa situación pues les damos todo y se acostumbran a lo fácil.

Estos jóvenes permanecen solteros después de los 30 o 35 y aún mayores. Muchos siguen estudiando una maestría, diplomados u otra carrera y papá los sigue manteniendo.

Otros viven fuera de casa, también solteros, aunque comúnmente llegan a casa a cenar y traer la ropa sucia para que se les lave. Ya trabajan pero esperan que se les ayude en todos sus problemas: pagos, compras y un sinfín de soluciones a sus asuntos.

El problema real es que los jóvenes que en el futuro van a tomar decisiones, a tomar las riendas de su vida, de la familia que lleguen a formar, de la compañía en que trabajen y quizá del país, no lo están haciendo, no quieren comprometerse.

Algunos de este tipo de jóvenes sufre mucho, se siente inadaptado, desmotivado, tiene pocas metas, no encuentra trabajo fácilmente pues, por lo regular pretende un sueldo alto que cree merecer pero aporta muy poco para obtenerlo.

Y lo peor es si se casan, pues generalmente son inestables, les falta madurez y no les gustan las responsabilidades por lo que hay un alto porcentaje de divorcios.

En esta sociedad que todo lo quiere controlar y cambiar, se da también la situación de que se está privando a os niños de su infancia, se les está “adultizando”.

Muchos adultos (padres y maestros) están acabando con la creatividad, la imaginación y la fantasía de los niños con su autoritarismo, el niño no es un adulto pequeño, pero muchos adultos tratan de forzarlo a que lo sea, coartando su libertad. Su espontaneidad.

Hay padres que saturan a sus pequeños de conocimientos pero esto no les hace gran provecho. Todo aprendizaje debe ser a su tiempo y el pequeño debe ir asimilando poco a poco lo que aprende.

La enseñanza avanza tan rápido que los colegios se ven obligados a hacer que los niños trabajen de más. Hoy los pequeños están agobiados con la escuela y las clases extra: de karate, deportes, idiomas, danza y de todo lo que se puedan imaginar.

Y cuando no están con sus multiclases, se la pasan viendo televisión o con los videojuegos, tablets, teléfonos, etc., que parecen hipnotizarlos y pierden la noción del tiempo.

Nuestra infancia se prolonga por muchos años. Éramos niños de verdad y nuestra imaginación volaba siempre más lejos inventando juegos y diversiones que nos hacían pasar tiempos muy felices. No había televisión pero ni falta nos hizo. Nuestra imaginación creaba concursos, competencias, juegos, funciones de teatro, de títeres… no terminábamos jamás.

Los días no corrían como ahora. Todo era calmado, tranquilo, había tiempo para todo, en especial para disfrutarlo.

Hay que aprender mucho de los niños, su juicio y su palabra casi siempre es la justa. También que escucharlos y alentarlos a que expresen lo que sienten. Es la única forma de conocerlos de verdad. Hay que dejarlos ser niños. Una infancia feliz hace adultos felices.

Hay que permitirles que sacien su curiosidad, que descubran el mundo por sí mismos, que experimenten, que hagan intentos, que exploren y especialmente, que aprendan a su ritmo, sin presionarlos.

Y a los jóvenes, hay que ayudarlos a madurar, a crecer espiritualmente, a vivir la vida con seguridad, con responsabilidad y con una gran autoestima.

 

 

 

Comentarios