Facetas

0
19
Tiempo aproximado de lectura: 2 minutos

Hazel Valdez Blackmore.-

Morir

Se ha definido a la muerte como un cambio de etapa, como el abandono del cuerpo físico o el paso a un nuevo estado de conciencia.

Hablar de muerte cuando se ha perdido a un ser querido recientemente, es muy difícil. Cuesta mucho trabajo aceptar la partida pero ayuda a resignarse el recordar los días en que ese ser se apagaba, poco a poco, por lo que fue mejor que terminara todo.

Los mexicanos tenemos fama de no temerla, de “La vida no vale nada”, de celebrarla, de bromear con ella, de hacer calaveras en broma de personajes importantes o del medio artístico jugando con su deceso y hasta tomarla como modelo, como lo hizo posadas, que alcanzó fama internacional con sus dibujos de muertes engalanadas y catrinas.

Yo creo que todas estas manifestaciones son como una defensa. Una simulación para evadir, para disfrazar la angustia por la propia muerte.

Y no le tememos únicamente a la muerte sino a cómo nos llegará y que sucederá después. Quizá nuestro miedo se relacione también con enfrentarse a lo desconocido, con la intranquilidad de conciencia, con la culpa por haber actuado mal tantas veces, con el temor al castigo, de acuerdo con nuestras creencias.

Quizá también por eso las tradiciones heredadas por nuestro pueblo de festejar a los muertos, de llevarles flores. Música y comida al cementerio, de instalar los altares de muerto con fotos, platillos favoritos del difunto, flores, recuerdos y pertenencias y de congraciarse con él.

Todas estas celebraciones se remontan a la época prehispánica, cuando las ofrendas funerarias se dedicaban a los dioses de nuestros indígenas, siendo de los más venerados Mitlán Tecutli, dios de los muertos.

La muerte es parte de la vida. Termina con el ciclo nacer-vivir-morir y su aceptación no debe angustiarnos.

Por supuesto que todos quisiéramos terminar rápido, de ser posible, dormidos, sin despertar sin sufrir, sin dolor, sin angustiarnos ni angustiar a nuestros seres queridos al vernos rodeados de monitores y el cuerpo invadido por cables, tubos y sondas.

Perder un ser querido es muy duro y muy difícil encontrar resignación, por eso es muy gratificante y damos gracias a Dios cuando la muerte de nuestra querida hermana Graciela llegó con tanta paz.

Su agonía fue lenta y ella no creo que haya sufrido pues entró en un sueño profundo que le fue acabando la vida.

Admiro la resignación de sus hijos y nietos que estuvieron siempre a su lado y le manifestaron su amor.

La resignación es un sentimiento y cuesta mucho lograrla pero el tiempo y los recuerdos ayudarán.

Descanse en paz mi hermana Chela y se que nos hará mucha falta su cariño, sus consejos, sus bromas y su amor.

 

Comentarios