Desde Argentina

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Cristina Kirchner y Donald Trump

Hernán Andrés Kruse

 

 

La llegada a la Casa Blanca de Donald Trump guarda ciertas similitudes con la llegada de Cristina Kirchner a la Casa Rosada en 2007. Apenas la esposa del ex presidente Néstor Kirchner se sentó en el sillón de Rivadavia comenzó a sufrir los embates de una oposición que la odió desde el primer momento. En marzo de 2008 la Presidenta avaló una resolución de su ministro de Economía en virtud de la cual se elevaban las retenciones al maíz y al girasol, lo que provocó una furibunda reacción de las organizaciones agropecuarias. A partir de entonces y durante cuatro meses la sociedad argentina se dividió entre quienes apoyaban a Cristina y quienes hacían causa común con el poder agropecuario. Surgieron dos bandos antagónicos, enemigos irreconciliables que hicieron imposible la convivencia democrática. A raíz de ello se produjeron divisiones en el seno familiar, se rompieron amistades de años, la Argentina se convirtió en un campo de batalla entre dos sectores de la sociedad que no se soportaban. En aquellos dramáticos meses el poder agropecuario cortó rutas y organizó manifestaciones contrarias a Cristina, mientras el poder mediático concentrado hacía causa común con “el campo”. Los más reconocidos periodistas de los diarios y canales televisivos más importantes del país comenzaron a actuar como fuerza de choque a favor de los reclamos de las entidades del agro. Fue así como el más crudo maniqueísmo se instaló en nuestro país. Desaparecieron los grises. O se estaba con Cristina o se estaba con el “campo”. No había término medio. En ese momento la Argentina se asemejaba bastante a la Venezuela de Hugo Chávez en cuanto a la partición de la sociedad en dos partes que se querían destruir.

El conflicto entre Cristina y las entidades del agro se zanjó el 17 de julio de 2008 cuando el por entonces vicepresidente de la Nación, a cargo de la presidencia del Senado, votó a favor del “campo”. Sin embargo, la bronca entre ambos sectores de la sociedad lejos estuvo de desaparecer. El establishment jamás le perdonó a Cristina su decisión de arremeter contra los intereses del “campo”. Lo consideró una afrenta inaceptable. A partir de entonces, la transformó en el blanco de su poderoso arsenal mediático y judicial. La lucha entre Cristina y el establishment se prolongó hasta el diez de diciembre de 2015, día en que asumió como presidente Mauricio Macri. Fueron ocho años durísimos, en los que la convivencia democrática estuvo ausente. No se conversaba sino que se ladraba. Nadie escuchaba a nadie. Sólo valía la destrucción del enemigo. Cristina obligó al establishment a mostrarse tal cual es: soberbio, insolente, mal educado y violento. Frente a semejante panorama, la presidente le respondió con la misma moneda: ejerció el poder con soberbia y frente a cada embate del enemigo siempre dobló la apuesta.

Confieso que Donald Trump me hace acordar mucho a los primeros momentos de Cristina como presidente. El magnate asumió el 20 de enero con una sociedad profundamente dividida. Ese día hubo manifestaciones en su contra en varias ciudades norteamericanas. Tal como sucedió con Cristina, los anti Trump (que son millones) no lo consideran su presidente. Directamente no lo soportan. Estoy seguro que en estos momentos el estar a favor de Trump o el estar en su contra debe estar provocando divisiones en las familias y fracturando amistades. Porque eso es, lamentablemente, lo que sucede cuando quien es presidente provoca, con su personalidad, una grieta social de impredecibles consecuencias.

No habían pasado horas de haber sumido como presidente del país más importante de la tierra, que Donald Trump arremetió contra los medios de comunicación. Dijo que los periodistas eran las personas más deshonestas de la tierra. Cuando le escuché decir eso me vino a la memoria la guerra que se entabló en la Argentina entre Cristina y los medios de comunicación. La ex presidente no se cansó de acusarlos de pretender conspirar contra ella para provocar su retirada de la Casa Rosada. Es probable que en Estados Unidos el conflicto entre Trump y los medios no llegue a semejantes extremos, pero todo parece indicar que la relación no será “amistosa”.

Creo sinceramente que Estados Unidos está en serios problemas desde que asumió Donald Trump. El odio que manifiestan los anti Trump por el magnate le hará un enorme daño a la democracia del coloso del norte. Y como el presidente, que será muchas cosas menos inocente, se valdrá de esa división para afianzar su poder, la antinomia entre los pro Trump y los anti Trump se ahondará con el correr de los años. Porque resulta por demás evidente que a Trump le encanta dividir a las personas en amigas y enemigas, tal como lo hizo en su momento Cristina. A veces pareciera como que intentara parecerse a Hugo Chávez.

En realidad, el mundo es el que está en serios problemas con el arribo de Trump a la Casa Blanca. Hasta ahora, sus enemigos son México, China y Europa. Increíblemente, su principal aliado es Putin, el autócrata soviético. ¡Quién hubiera imaginado durante la Guerra Fría que un día un presidente norteamericano y un presidente ruso se harían “amigos”? Emerge en toda su magnitud los cambios que se están produciendo a nivel global. Dentro de poco habrá elecciones presidenciales en Francia y todo parece indicar que la ultraderechista Marine Le Pen participará en la segunda vuelta con serias chances de vencer. A ello hay que agregar la decisión del Reino Unido de separarse de Europa y la amenaza feroz del Estado Islámico. Sólo falta que Trump y Putin le declaren la guerra a Xi Jinping, lo que implicaría, lisa y llanamente, el fin de la humanidad.

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