Hablando de…

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Dupla exitosa

Norma Ledezma de Hernández

 

 

Hace tres años, mi hija me pidió de cumpleaños un libro: “Yo Soy Malala”, recuerdo que había escuchado ese nombre, sin embargo, no seguía la historia completa como para entender el porqué del libro y sobre todo, porqué mi hija lo quería tanto, pero recuerdo muy bien, que cuando abrió su regalo y empezó a leer la introducción, había lágrimas en sus ojos, unas líneas habían tocado su corazón:

“Llegó un hombre preguntando quién era Malala, y todas voltearon a verme, mis amigas dicen que disparó tres veces. Una detrás de otra. La primera bala entró por la parte posterior de mi ojo izquierdo y salió por debajo de mi hombro derecho. Las otras dos balas dieron a las niñas que iban a mi lado… así que esta es mi historia, esta es la respuesta: Yo Soy Malala…para todas las mujeres del mundo, juntas nos haremos oír”.

Después de ver esto, decidí leer el libro después de que mi hija lo terminara, y me maravilló saber cómo una niña, podía pararse frente a un sistema y exigir un derecho que es vital para el ser humano, como lo es la educación.

Malala es una niña de Pakistán que cumplió los 20 años apenas el pasado julio. A su corta edad se ha convertido en la mujer más joven en ser ganadora al Premio Nobel de la Paz por su trabajo activista a favor de la educación y los derechos de las mujeres.

Y aunque me maravilla escuchar y seguir la historia de Malala, hay una persona que me hace entender porqué Malala es lo que es. Su nombre es Ziauddin Yousafzai, y es su padre.

En una “plática Ted”, Ziauddin explica cómo es la vida de las sociedades patriarcales, y qué tan difícil puede ser para la vida de una mujer. Y cómo él, enfrentando a esa sociedad tradicionalista y retrograda, le da las bases a su hija para que persiga sus sueños, y con ello, abra una ventana que de esperanza a miles de mujeres en el mundo.

Hay una parte en esa conferencia que me gustaría compartirles: “Queridos hermanos y hermanas, cuando nació Malala, y por primera vez, créanme, no me gusta los recién nacidos, para ser honesto, pero cuando estaba ahí y miré sus ojos, créanme, me sentí sumamente honrado. Y mucho antes de que naciera, pensé en su nombre, y quedé fascinado con una luchadora legendaria de la libertad en Afganistán. Su nombre era Malalai de Maiwand, y llamé a mi hija así por ella. Unos días tras el nacimiento de Malala, tras nacer mi hija, mi primo vino, fue una coincidencia, vino a mi casa y trajo un árbol genealógico, de la familia Yousafzai. Cuando miré ese árbol, vi que se remonta a 300 años de nuestros antepasados. Pero cuando me fijé, todos eran hombres, y agarré mi pluma, y tracé una línea de mi nombre, y escribí, ‘Malala’”.

Su padre fue impulsor y parte importante de que Malala esté donde está, su padre abrió las puertas de su escuela para que su hija aprendiera, y hay algo que ha dicho él que siempre estará en mi corazón, y como madre de familia, creo, es algo que todos los padres debemos aprender a hacerlo.

Ziauddin comenta: La gente me pregunta: “¿Qué hay de especial en la educación que le diste a Malala, que la ha hecho tan audaz, tan valiente, expresiva y ecuánime?” Les digo, “No me pregunten lo que hice. Pregúntenme lo que no hice. No corté sus alas y eso es todo”.

Veamos algunos aspectos esenciales en el actuar de Ziauddin:

– Olvidarse de sistemas caducos, que no siempre serán lo mejor o lo que necesiten nuestras hijas o hijos.

– Enfocarnos en escucharlos a él o ella, en cómo se siente y qué necesita. Es la única opinión que nos debe importar.

– Aprendamos a identificar el potencial que tienen para brindar y compartir al mundo.

– Aceptar o entender que muchas veces para que ellos puedan crecer, debemos dejarlos ser quienes son, y dejarlos volar. Tendrán algunas o muchas caídas, pero es justo eso, lo que los hace fuertes y capaces.

Querido lector, aprendamos de esta dupla exitosa, que lo único que hizo fue dejar que la personalidad de la hija emergiera con libertad e individualidad. Quién sabe, tal vez, sólo tal vez, terminen con un premio Nobel y en caso de no ser así, no importa, porque habrán ganado lo más preciado, su felicidad. ¿Acaso hay algo más importante que eso?

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