Déjeme Y Le Platico De Un Libro

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Estabilidad macroeconómica

Jaime Elio Quintero García.-

Al dejar la Secretaría de Hacienda, el precandidato José Antonio Meade dijo, y con suficiente razón, que el país se quedaba con estabilidad económica, derivada, por supuesto, de una muy consolidada estabilidad macroeconómica. Ciertamente con un índice de crecimiento económico menor al que se esperaba al inicio del sexenio actual, pero listo y preparado para enfrentar con éxito el vendaval que se avecina.

El promedio anual de crecimiento económico ha sido sin lugar a dudas al que se puede aspirar en un entorno de crisis mundial en el que todos (sin excepción) los países han tenido un crecimiento de sus economías entre el 1.5% y el 2.5%, pero hay que reconocer que para el caso de México ha sido un crecimiento con empleo (más de tres millones), lo que no es cualquier cosa.

Por otra parte, el Banco de México ha hecho lo propio para mantener, en este mismo entorno de caos económico y financiero internacional, la inflación bajo control, con altas y bajas frecuentes, pero siempre en promedios del tres y el 3.5 por ciento anual. En cuanto al creciente nivel de la deuda pública que se venía presentando, se ha corregido con el superávit primario registrado en los presupuestos de egresos de 2017 y para el de 2018.

En mérito de los esfuerzos macroeconómicos hechos durante los últimos 25 y 30 años, habremos de entender que han servido para anclar la economía mexicana a la inversión productiva, con creación de empleo y tendencia a la baja de la deuda pública, lo que no pueden decir muchos países, incluso Estados Unidos.

Sin embargo, también es bueno advertir al lector que en tiempos electorales todas las democracias, sin excepción, registran fuertes y descarnadas luchas entre quienes tienen el poder y los que lo pretenden, dedicando la mayor parte de los esfuerzos a denostar al gobierno con argumentos políticos, y no con razones técnicas, administrativas y de resultados. Lo que vale en tiempos electorales es guerrear y no proponer.

Este modus operandi es un lastre congénito de las democracias, por eso no hay que creer en lo que dicen los que pretenden obtener el poder, porque finalmente lo quieren para hacer lo mismo que critican, por la simple razón de que no se puede hacer más, tan solo lo que es posible, y ante esa imposibilidad el recurso democrático obligado es recurrir al escarnio mediático, al escándalo periodístico en la idea siempre válida de que es este el producto que mejor compra el televidente, el radioescucha principalmente.

Porque, insisto, en democracia, lo que es cultura se refiere a la capacidad de atacar, no tanto o muy poco a la capacidad de defenderse, aclarando y dar buenas razones. Es así como a través de los medios masivos de comunicación se obtiene ventaja electoral y se recrea el engaño popular. Es también así, como los sistemas políticos democráticos se reproducen y mantienen con vana esperanza al electorado, a sabiendas de que la condición humana inclina al mercado electoral hacia la búsqueda de culpables y la construcción de expectativas, mismas que al poco andar del tiempo se transforman en desilusión y desesperación nacional.

No haga caso, luego entonces amigo lector, de los discursos vanos de lógica y razón. Escuche a todos y haga su propio juicio, busque al más preparado y con mejor experiencia, escuche con atención dos o tres cosas de las que dice y propone; analice con ojo crítico el entorno económico y político en el que va a tener que actuar y mida las capacidades que el personaje tiene para acomodar, de la mejor manera posible, al país en el entorno global.

Gracias por su tiempo.

 

 

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