De Política, Administración y Resultados

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Presidencialismo inoperante

Jaime Elio Quintero García

 

 

Los países que tienen como sistema político, que son muy pocos, el presidencialismo, se encuentran ante una gran encrucijada político-democrática, por la dificultad que representa para el Ejecutivo en turno, gobernar y sobre todo dar continuidad a un proyecto de nación que aspira y requiere dar respuestas económicas y sociales, prontas y de buena calidad a los ciudadanos que lo eligieron, y a toda una nación inmersa en el contexto de la libre economía y la globalidad financiera.

Vaya pues, ni en Estados Unidos de América, país creador de este sistema, hace casi doscientos años, funciona y sirve a una sociedad habida de entender lo que sucede en Occidente, y atrapada por los infames racismos supremacistas, las ideas antinmigrantes, y los odios entre clases sociales con estatus diferidos. Una nación profundamente dividida entre los que más tienen y quieren más, y los que cada día que pasa se hunden en las limitaciones socio-económicas, el rechazo supremacista y la pobreza.

Los gobiernos presidenciales solo pueden funcionar bien, teniendo congresos de mayoría, o bien en el autoritarismo ejecutivo disfrazado o simulado con caracteres democráticos, no tienen otra opción, y eso es lo que hay que decirle a la gente. Otorgarle el voto mayoritario a un candidato presidencial, por una parte, y por otra, elegir un congreso bicameral opuesto al partido del presidente, es entrar a una lamentable etapa retardataria que ahonda más la división y degrada los avances económicos y sociales obtenidos.

Estados Unidos, un país desarrollado, con un proyecto de nación definido y sólidamente consolidado, que se precia de haber sido la mayor economía del mundo, durante la segunda mitad del siglo pasado, es la mejor muestra de lo ya dicho, los períodos constitucionales de los presidentes: Carter, Clinton, Bush, Obama y ahora el de Trump, son ejemplo de cómo tienen que dedicar todos sus esfuerzos, e invertir todo su capital político en negociar, y lograr a medias, sacar adelante las promesas hechas en campaña y a las que debe su triunfo electoral.

Es un desgaste político brutal, en un corto período de tiempo, en el que ganan ciertamente los partidos políticos y sus intereses económicos asociados con alternancias sucesivas, y pierden los electores y la gente toda, en sus aspiraciones de mejorar sus condiciones de vida. Es por demás un resultado injusto y por lo mismo lamentable, y en la mayor parte de las ocasiones con pérdidas irreparables. En México no se diga, y no podía ser la excepción, el actual Presidente, invirtió todo su capital político-electoral, en las 13 reformas constitucionales que cambiaron la estructura jurídica e institucional del país.

Después de ese inusitado y muy benéfico esfuerzo de consenso político nacional, el Presidente quedó totalmente en manos de sus enemigos políticos, asociados estos, a las fuerzas económicas que resultaron afectadas por las reformas y el viraje del país hacia la modernidad democrática, económica y social, hacia el inicio y la conformación de una nueva y más avanzada cultura (encuadre general y específico de nuevas reglas y prácticas institucionalizadas).

Desde luego esta es la parte crítica del tema. ¿Pero cuál sería entonces?, la contra portada del libro por escribir. ¿Los gobiernos de coalición?, como alternativa y viraje del presidencialismo decadente actual, como un acercamiento más hacia el neo-parlamentarismo, y el neo-nacionalista mexicano, ciertamente, mucho más saludable y acorde con las nuevas realidades internacionales y nacionales.

Un movimiento inteligente de ajedrez que homogeniza las fuerzas políticas, que las lleva de la simple y abyecta lucha por el poder, del quítate tú, para ponerme yo, y terminar haciendo lo mismo, o destruyendo lo ya conseguido. Un saludable movimiento hacia tierra más firme y no hacia el vacío, que mueva a todos hacia la consolidación de un ideal de nación ya puesto en marcha, con resultados a mediano y largo plazo, un movimiento hacia un mismo fin  que nos saque de la promesa vana e irresponsable de campaña política, y nos ponga a todos los mexicanos, en la tesitura del  resultado práctico y benéfico generalizado.

Muy posiblemente esta sea (la de los gobiernos coaligados), la más alentadora actitud futura, para salir del viejo presidencialismo mexicano (al que por cierto, le atribuimos todos los males presentes, y no le reconocemos ningún mérito), la que nos lleve a una etapa de mejor calidad política, en la que la adecuada redistribución del poder, vuelva a abrirle la puerta a la movilidad social y la justicia en todas sus acepciones y derivados.

Nos vemos y leemos el próximo martes.

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