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Mejoremos la preparación de nuestros estudiantes

Héctor F. Saldívar Garza.-

Quienes nos dedicamos al campo de la educación valoramos con excelencia a Benjamín Bloom, ya que estructuró una taxonomía de las áreas en que pueden clasificarse los diversos aprendizajes que desarrollan comúnmente las personas y estableció varios niveles.

Lo dividió en tres áreas: Lo cognitivo, afectivo y psicomotriz. En el ámbito de lo cognitivo, que es el espacio más trabajado generalmente por los docentes y que está estrechamente relacionado con el funcionamiento cerebral, ubicó al análisis; lo cual implica dividir el todo en las partes que lo constituyen y penetrar en cada una de ellas hasta llegar a su génesis, de tal forma que uniendo los elementos que finalmente se obtienen, es posible comprender a mayor profundidad el objetivo estudiado.

Los profesores que nos preocupamos por nuestro futuro como sociedad, pretendemos desarrollar a los alumnos para que por lo menos alcancen el nivel del análisis, ya que al acostumbrarse a aplicarlo a todo aquello que deseen conocer, lograrán extraer de ese saber profunda sabia intelectual que los fortalecerá para solventar problemáticas de la cotidianidad.

Esto, sin embargo, no es sencillo de lograrse; porque al operar nuestros procedimientos nos enfrentamos a una situación complicada, ya que por principio los jóvenes que son de reciente ingreso portan generalmente de la educación básica y la preparatoria una considerable carencia de hábitos de estudio, habiendo concluido esos niveles educativos sin aplicar estrategias de aprendizaje, o por lo menos conscientemente.

Pero eso no es lo más problemático del asunto, aún valoramos de mayor trascendencia que una cantidad imposible de ignorar, muestra falta de deseo por estudiar, lo cual cada profesor tenemos que buscar resolverlo de la manera más convincente.

Respecto a la forma de lograrlo pueden ser diversas, pero de entrada no podemos apostarle al hecho de que ya son adultos y saben de sus responsabilidades. Si pensamos así corremos el riesgo de equivocarnos, en virtud de que si bien cronológicamente cuentan con edad para considerarlos adultos, todavía en otros aspectos debemos realizar ajustes a su conducta, que requiere de cierta dosis de paciencia por parte de los maestros.

En mi caso, de acuerdo con la experiencia de varios lustros atendiendo jovencitos de reciente ingreso al nivel superior de estudios, considero que no es desechable la idea de mantener comunicación estrecha con sus padres y tutores, para que mancomunadamente establezcamos compromisos por su superación y con periodicidad realicemos evaluaciones sobre el cumplimiento de ellos que permitan retroalimentarnos.

Esta actividad no se realizaría durante toda la carrera, ya que en el momento que se observasen cambios favorables en su conducta, podríamos finalizar el proceso.

Consideramos trascendente no omitir esta acción de reconversión en el alumno, porque de su determinación dependerá su futuro profesional. A continuación seremos más profundos en la explicación.

En el diagnóstico inicial que les aplico a mis alumnos, en la primera o segunda sesión del curso, poco más del ochenta por ciento muestra una extraordinaria ausencia de conocimientos básicos, los cuales consideramos fundamentales para obtener saberes de mayor nivel.

El asunto es comprensible, porque si no se ha forjado en ellos el hábito de estudio, esperar que tengan vastos conocimientos es una ilusión. Y como en ese momento están ya en el último nivel de estudios donde recibirán información dirigida en específico a su preparación profesional, debemos buscar medios para que paulatinamente vayan llenando ese vacío informativo, en la medida que avancen en su cometido escolar.

La providencia que se toma no es para menos, ya que dado el salario tan raquítico que se ofrece a los egresados de licenciatura, un porcentaje de ellos son arropados por sus padres y continúan estudios de maestría, con el cuasi señuelo, de que al concluirla recibirán oportunidades laborales con mayores ingresos; lo cual, por cierto, solo es logrado por una minoría.

Avanzando con la explicación vemos que otra manera de solucionar esta problemática es mediante cursos remediales que se ofrecerían a los estudiantes que mostraran mayores carencias, lo cual implicaría un costo adicional, que tendría que tratarse con los adultos responsables de su formación. Tal cuestión quizá podría programarse durante el primer semestre de estudios, que podría operar como semestre cero, o bien agregar esos estudios a la carga semestral que estableciese el estudiante.

Independientemente de la decisión que se tomase, la universidad puede iniciar comunicación con las escuelas de donde proceden los alumnos atrasados, para informarles las condiciones en las que llegaron a presentar el examen de admisión, para que lo incorporaran como observación en las siguientes generaciones, pudiendo esto contribuir a una mejora sustancial en su educación.

Todo lo comentado pretende explicar que si en el momento de su estancia en la facultad no corregimos la laguna de saberes que presenta el estudiante al ingresar, podríamos asegurar que a su egreso la ignorancia mostrada será supina, y quienes aparecerán como promotores de esa deficiencia será la dependencia donde culmina su preparación.

Entonces, esto aún más nos obliga a aplicarnos a buscar soluciones para que los alumnos mejoren y el prestigio de la facultad o unidad académica donde laboramos y de la propia universidad, no se ubique en riesgo.

Bibliografía: Taxonomy of Educational Objectives. 1956.