Esquina Noreste

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El proyecto arqueológico Huaxteca

 

Octavio Herrera Pérez

 

Una de las aportaciones más relevantes al conocimiento de la historia prehispánica de la cuenca baja del río Pánuco desde la perspectiva de los estudios arqueológicos, fue el trabajo realizado en la década de 1970 por el Proyecto Arqueológico Huaxteca, encabezado por Leonor Merino Carreón, con el apoyo de Ángel García Cook. De la exploración de casi diez mil kilómetros cuadrados y la visita a más de 500 sitios arqueológicos, resultó la suficiente información para la elaboración de una secuencia cronológica cultural, que en síntesis se expone enseguida.

Según la cronología propuesta por el Proyecto Arqueológico Huaxteca, en la región del Mante, el centro de la Huasteca potosina y un segmento del norte de Veracruz, se definieron ocho etapas culturales. La primera de ellas es la fase Pujal, 1600-1100 a.C., que representa a los primeros grupos sedentarios, habitantes en micro aldeas o aldeas chicas, situadas en las riberas de los ríos, así como cercanas a lagunas. No se observa en ellas diferenciación social, y por tanto, los sitios carecen de estructuras arquitectónicas elevadas y sólo montículos de tierra utilizados como base de habitaciones, con dimensiones de media a tres hectáreas y una población probable de 20 a 120 habitantes. La cerámica usual es Progreso Metálico, Progreso Blanco, doméstica lisa gruesa y Heavy Buff; durante la segunda mitad del período aparece abundante cerámica gris. Las figurillas de cerámica son escasas, estando decoradas con chapopote; también hay silbatos decorados con el mismo material. Dos entierros fueron estudiados, uno era un infante en posición sedente con “vasija capital”, y el otro eran huesos aislados cubiertos con una vasija. En lítica se observan morteros y piedras de molienda, hachas, artefactos de sílex y obsidiana, además de puntas de proyectil tipo Tortugas, Matamoros, Palmillas, Zacatenco y Dalton.

La segunda fase es la Tampaón, 1100-650 a.C., donde además de los asentamientos anteriores, existen ya aldeas grandes, y aunque no se observan en ellas estructuras cívico-religiosas, se presume la diferenciación social en el probable control que ejercieron estos centros urbanos en relación a las aldeas menores; sus dimensiones eran entre una y 16 hectáreas, con una densidad entre 40 y 600 habitantes. La cerámica característica es tipo Ponce Negro, Aguilar Gris, Aguilar Rojo y Chila Blanco. Hay figurillas, algunas con rasgos olmecoides, además de juguetes y cuentas esféricas de barro. En lítica se continúan los tipos de artefactos anteriores, destacando las puntas de proyectil Trinidad, Hidalgo, Morris, Pelona, Tortugas y Young. Se estudiaron 19 enterramientos y uno correspondiente a un cánido, revelando la existencia de ritos religiosos y la aparición del perro doméstico. La tercera fase es Tantuán I, 650-350 a.C., período donde permanece el último patrón urbano anterior, agregándose la presencia de villas con estructuras cívico-religiosas, además de tener plazas circulares y montículos para estructuras habitacionales; su tamaño es de dos a 20 hectáreas, con una población de 20 a 750 habitantes, ubicándose también en sitios alejados de alguna fuente de agua permanente y fabricando “jagüeyes”. La cerámica es tipo Aguilar Gris, Aguilar Rojo y Chila Blanco, y se inicia el uso de Prisco Negro y Café Paredes Delgadas. Las figurillas de arcilla se siguen fabricando por modelado y sobresalen por los adornos del personaje representado. En lítica hay muelas ápodas de paredes cerradas y manos alargadas y cortas; se incrementa el uso de la obsidiana y en las puntas de proyectil predominan los tipos Fresnos, Matamoros, Catán, Palmillas y Travis. Se detectaron cinco entierros, que indican la existencia de un elaborado ritual fúnebre.

La cuarta fase es Tantuan II, 350 a.C.-200 d.C., siendo la de mayor apogeo cultural en la zona de estudio, con población en todas partes y con los anteriores patrones urbanos, existiendo cuando menos dos pueblos grandes o ciudades de hasta nueve mil habitantes, compuestos por un área cívico-religiosa, montículos residenciales elevados y los montículos bajos residenciales. El desarrollo de este período es correspondiente al florecimiento de las grandes ciudades del Clásico mesoamericano. La cerámica es tipo Prisco Negro y Café Paredes Delgadas apareciendo también los tipos Pánuco Negro Burdo y Pánuco Pasta Fina. Las figurillas no presentan transformaciones, apreciándose algunos rasgos teotihuacanos en algunas de ellas, además de existir representaciones de animales. En lítica tampoco hay muchos cambios tecnológicos, solo que aparece en mayor proporción; las puntas de proyectil son Ensor, Zacatenco, Carrollton, Starr, La Mina y Lange. Se exploraron 35 enterramientos, acompañados por lo regular de una ofrenda.

La quinta fase es Coy, 200-650 d.C., presentándose en ella un fuerte decremento demográfico, despoblándose la zona norte y noroeste (Tamaulipas), aun cuando en este período aparece uno de los mayores asentamientos con población de unos 20 mil habitantes, compuesto por varios conjuntos cívico-religiosos y construidos con técnicas más elaboradas (sitio El Lomerío). En la cerámica predomina el tipo Pánuco Pasta Fina, Pánuco Gris y Pánuco Negro Burdo y en menor proporción Prisco Negro y Café de Paredes Delgadas; más tarde aparecen los tipos Zaquil Negro y Zaquil Rojo. Las figurillas asemejan a las teotihuacanas, aparte de las típicas huastecas. En lítica se destaca el incremento del uso de navajas prismáticas de obsidiana, así como las puntas de proyectil Harrell, Teotihuacán, Shumula, Tula y Salado. Se detecta en esta fase un entierro colectivo de nueve individuos en distintas posiciones y algunos con ofrendas. La sexta fase es Tanquil, 650-900 d.C., se inicia con la presencia de una nueva corriente cultural que no tiene raíces en el área de estudio, que se refleja en nuevos elementos que conforman los asentamientos; se utilizan lajas en la construcción, pintura mural, talud y cornisa, alfardas en las escaleras, ángulos redondeados en las estructuras rectangulares y se construyen juegos de pelota. En la cerámica predominan los mismos tipos de la fase anterior, apareciendo al final el tipo Las Flores. En lítica tampoco existen cambios importantes, destacando las puntas de proyectil Catán, Texcoco y Pongo; en la escultura aparece una nueva tradición, siendo más elaborada y realista, a diferencia de la anterior que era esquemática y simbólica.

La séptima fase es la Tamul (900-1200 d.C.). Se observa en ella la consolidación de la tradición cultural arribada durante Tanquil, que se adapta a la tradición local y da como resultado una nueva fase, a la que se le considera como “Huaxteca”. El patrón urbano no se modifica, plantándose muchos pueblos sobre sitios estratégicos. La cerámica es llamada Las Flores, con cuatro variantes; se emplea también el Zaquil Negro y Rojo. Más tarde aparece la Huasteca Negro sobre Blanco y derivada Tancol Polícromo. Las figurillas sufren una franca disminución, y aparecen los objetos de cobre. Fue este el período de la elaboración de las famosas pinturas del Consuelo (S.L.P.), al igual que se esculpe el “Adolescente”. La octava y última fase es la Tamuín, 1200-1550 d.C., que se distinguie por sus patrones urbanos y culturales, la existencia de verdaderos señoríos o cacicazgos, que controlan a grupos establecidos en una región específica. La cerámica característica es la Huasteca Negro sobre Blanco y Tancol Polícromo. Los entierros localizados fueron casi cien, los que revelan con nitidez la ideología y los rasgos religiosos del momento. Esta última fase denota un segundo apogeo regional, volviéndose a ocupar casi toda el área de estudio, siendo su poblamiento tal vez, ligeramente superior a los tiempos de Tantuán II.

De acuerdo a la secuencia cultural propuesta por el Proyecto Arqueológico Huasteca, se revela que la llanura de la región del Mante aparentemente fue deshabitada durante el Clásico, aunque por ahora se desconozcan en forma más amplia los detalles de tal proceso, reconociendo la misma investigación que hacia la última fase, ya en el Postclásico tardío, en la llamada Tamuín, ocurrió de nueva cuenta un segundo apogeo cultural y por lo tanto una nueva expansión geográfica. Aquí se da la liga con las fuentes etnohistóricas del siglo XVI, las que, a pesar de ser escasas, proporcionan la evidencia cierta de que Tanchipa, a orillas del Guayalejo, se encontraba habitada al momento de la llegada de los españoles, lo mismo que Vista Hermosa, en Nuevo Morelos, como lo han demostrado los meticulosos estudios arqueológicos realizados por Guy y Claude Stresser Péan y que ya han sido divulgados en Esquina Noreste.