El precio del desprecio

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Marco A. Ramírez

 

 

 

Es el Día del Niño del año 2011 en Washington, D.C. y coincide con la cena de corresponsales que organiza la WHCA (Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca por sus siglas en inglés) con la idea de celebrar principalmente la libertad de prensa. Este es, era hasta hace dos años, uno de los eventos más esperados en ese raro universo donde convergen los medios y la política. Desde unos meses atrás, Donald Trump, magnate e ícono popular, había iniciado una campaña contra el entonces presidente Barack Obama basada en el argumento de que Obama no era ciudadano americano, que no contaba con un certificado (acta) de nacimiento. La campaña agarró vuelo porque Trump le sabe muy bien a lo de acaparar tiempo en los medios. Cuando durante la cena le fue concedida la palabra al presidente Obama, utilizó ese tiempo para decir que el estado de Hawaii había hecho público su certificado de nacimiento y desde su discurso inició un ataque contra y burlarse de Trump, quien asistía como invitado. Con una retórica cargada de humor siniestramente ácido, Obama humilló y ridiculizó a Trump tomando ventaja de que en ese momento no podría ser contestado; Trump abandonó el evento al terminarse el discurso de Obama, ahí aguantó hasta el final. Cuenta la leyenda que a partir de ese momento Donald Trump tomó la decisión de convertirse en presidente. El golpe bajo de Obama lo motivó a convertir una idea acariciada por años en decisión, sería presidente… se tardó cinco años.

Mientras tanto en México la historia de las elecciones del 2006 tiene algunos registros que el Gobierno le hizo de chivo los tamales a López Obrador con los conteos a pesar de estar consistentemente arriba durante todo el proceso electoral y ganó Felipe Calderón. Las cosas en el PRD ya no estaban funcionando en la visión de AMLO así que les pintó rayita para fundar el Movimiento de Regeneración Nacional (MoReNa) que se llenó y se sigue llenando de todo como en todos los partidos: unos buenos, unos regulares, unos malitos y unos innombrables. Al igual que en 2006, el Peje se mantuvo arriba en las encuestas durante la campaña pero al final, el día de la votación, tampoco llegó, perdió ante Enrique Peña. Luis Costa Bonino, encargado de la estrategia de la campaña declaró después que Andrés Manuel no ganó por dos razones: su soberbia (creía que ya le tenía hecha) y traiciones al interior de Morena. Cero y van dos.

En la campaña del 2018, con toda la ventaja que da la experiencia de dos campañas perdidas, el Peje regresó en plan mesurado, escucharlo decir “no voy a caer en provocaciones” se volvió recurrente, igual que en las elecciones anteriores demostró esa capacidad que tiene para conectar con la gente, particularmente los pobres, esos que suman más de 50 millones en México, esos que parecen invisibles e inservibles a la clase media aspiracional que incansablemente los ningunea y los califica de estúpidos e ignorantes y no se diga para ese uno por ciento la población que si son ricos de verdad. AMLO no ganó por las promesas que hizo porque todos los candidatos ofrecieron cosas, AMLO no ganó porque sea una blanca paloma, porque no lo es y la gente lo sabe; AMLO ganó porque encontró la fórmula para conectar con la gente y en esa fórmula hay una variable que se llama hartazgo. A López Obrador no solamente lo atacaron, eso es esperable en todo proceso político, también se burlaron de él, le colgaron todos los adjetivos peyorativos posibles y así como a Trump, la adversidad lo hizo más grande. El precio del desprecio es confrontar la consecuencia de lo despreciado.

En un escenario imaginario, en los días previos a las elecciones del primero de junio, la cúpula del PRI revisa la única opción que les queda para ganar relativamente sin descaro. El presidente EPN les ha pedido que se haga todo lo “humanamente” posible por ganar pero que no vayan a hacer estallar el país. A Meade le dicen que la única forma de llegar a la presidencia es que las encuestas de salida le den un 25 por ciento al cierre de la votación, ese 25 por ciento es suficiente para hacer magia (como la de Mante). Horas antes del cierre de las casillas la maquinaria del PRI se encuentra lista para recibir la señal, grupos de choque se encuentran acuartelados y preparados para salir a hacer lo suyo con solo una llamada. Después de las siete de la tarde en el PRI reconocen que no la van a librar, que los números no dan, se aborta la misión y Meade sale a reconocer que no será él, no esta vez.

En el terreno local, así de dramática y cerrada como fue la elección de 2006 entre Calderón y AMLO, así estuvieron las cosas entre Ismael el hermano del Gober, digo, el candidato del PAN y el hijo del ex-gobernador priísta Américo, también en la política todo queda en familia. Los conteos rápidos le dieron la victoria a Ismael pero algo olía mal, tan mal como los canales de Mante donde se contaron más votos que el número de personas en el padrón electoral. Ricardo Monreal, operador político de Morena, se dejó venir a tierras cuerudas para resolver el “asuntito” por encargo de AMLO, las actas se volvieron a revisar no una sino dos veces y resultó que Monreal no vino de oquis, Américo Villarreal recibió su constancia de mayoría el Sábado pasado en medio de sonrisas por su lado y caras largas por el otro, así sucede en la política.

Se dijo primero aquí. En una semana, otro escenario.

Avui no és demá.

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