Las acequias de Aguayo/Ciudad Victoria

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Octavio Herrera Pérez.-

DEDICATORIA: Para todas aquellas voces que se han levantado para protestar contra la instalación de un absurdo andador por el centro del camellón de la Avenida de la Alameda o Francisco I. Madero, producto de las más supina insensibilidad política y administrativa, de quienes toman decisiones desde las oficinas burocráticas y ejecutan obras sin la más mínima consulta ciudadana efectiva y el respeto al patrimonio urbano simbólico; algo de lo que en este país ya estamos absolutamente hartos.

Hoy en día nos parecería inconcebible pensar que en esta Ciudad Capital se vivió durante dos siglos de su existencia una cultura fluvial que finalmente la expansión urbana y la extensión del sistema de entubamiento del agua potable acabaron con extinguir. Y no solo eso, dicho manejo social del agua fue el puntal que permitió su arraigo como asentamiento definitivo, y aunado a las ventajas comunicantes de su posición geográfica, aseguraron el destino protagónico que habría de tener esta población en el acontecer histórico de tardío Nuevo Santander y más tarde nada menos que como cabecera del estado de Tamaulipas.

 

CULTURA FLUVIAL EN UNA VILLA NOVOSANTANDERINA

Requerido de contar con un camino directo que enlazara a las nuevas poblaciones establecidas en la costa del Seno Mexicano y el interior de la Nueva España, José de Escandón exploró la localización de una nueva villa en las faldas de la Sierra Madre, pensando además de que, aprovechando los magníficos recursos hidráulicos que de ella fluían a través de varios cañones de montaña, se le situara en el que ofreciera las mejores condiciones para asegurar la construcción de sacas de agua.

Inspeccionadas las bocas de los ríos Caballeros, San Felipe y San Marcos, el dictamen favorable recayó en esta última, determinando así la fundación de la villa de Aguayo. Inicialmente erigida muy cerca de la salida del río de la sierra, el propio flujo de la exitosa conducción artificial del agua hizo que muy pronto sus colonos decidieran la permuta de la población río abajo, para dejar tras de sí terrenos más extensos que fecundar, a la vez que la propia villa se vería beneficiada por el recorrido de acequias internas que irían a regar los propios solares del vecindario.

En resultado de esta decisión hizo que en el entorno de Aguayo se dispusiera disponer de una autosuficiencia de productos de la tierra, gracias al riego permanente que le brindaban las acequias que, sacadas de la corriente del San Marcos, penetraban por la parte alta de la villa y cubrían todo su suave terreno inclinado, cubierto de milpas y sementeras de horticultura.

 

ADMINISTRACIÓN Y SALUBRIDAD DE LAS ACEQUIAS

Para 1830, y ya como Capital de Tamaulipas, el Ayuntamiento debió expedir una ordenanza urbana, de policía y buen gobierno para regular el uso y aprovechamiento de las aguas de las acequias. Y es que ya para entonces, dijo un crítico de la época, proliferaban en ellas “las suciedades”, lamentando la existencia de los muchos perros y cerdos que vagaban por las calles, dejando inmundicias, aseverando que “parece más la capital un rancho desordenado que una ciudad”. También se requería de la limpieza del río y las acequias que pasaban por los solares, con lo que se evitaría el riesgo de alguna peste. En efecto, muy ligado a las condiciones de la salud pública era la limpieza de las acequias. De ahí que recurrentemente las autoridades municipales exhortaran al vecindario a mantenerlas libres de basura y de la introducción del ganado en ellas, como así se reflejaba en la prensa. Incluso los ediles locales redactaron en 1850 una nueva ordenanza específica relativa a la limpieza de las acequias, ante la amenaza de una nueva epidemia del cólera, tal y como había ocurrido en 1833.

Por otra parte, un problema que comenzó a afectar la disponibilidad del agua fue la deforestación del cauce del río San Marcos, originalmente cubierto por una densa arboleda, los que eran talados sin miramiento. En 1834, el norteamericano Benjamin Lundy observó: “El sabino disminuye considerablemente en las inmediaciones de Victoria; en otro tiempo existían grandes árboles a las márgenes de los arroyos; a la fecha se les va a buscar a las orillas del río de Güémez, de Padilla, en cuyos puntos también escasea más y más. Es casi el único árbol que se usa en las construcciones”. Es decir, comenzaba la deforestación del sabinal ubicado sobre el lecho del río; arboleda que por cierto hoy comienza a florecer en el tramo del vado del 17 al puente de la Modelo, aunque con otra especie dominante, el sauce llorón, una floresta que hay que proteger y limpiar, pues no faltará luego un valiente funcionario de medio pelo que quiera arrasarlos.

 

LA DISPUTA POR EL AGUA

Las aguas de las acequias proporcionaban la fuente de este vital líquido para los usos agrícolas, domésticos y para las florecientes quintas que proliferaban, las que se conducían de un canal común proveniente de la boca del San Marcos, donde existían dos manantiales, uno con el nombre del río y otro llamado Guerrero. Y tras recorrer parte de la llanura, dicho canal se bifurcaba en la acequia de la Alameda y la acequia de la Cruz, fusionándose ambas al norte de la Ciudad, para discurrir después entre los campos situados por ese rumbo. Aunque no se dispone de evidencias documentales (por la desaparición del archivo municipal de esa época), se puede inferir la regulación por parte del cabildo local del tandeo en la distribución de sus aguas para usos del vecindario, a cargo de un síndico o regidor de aguas.

Los conflictos por el uso del agua comenzaron con la creación de la hacienda de Tamatán, aunque al parecer se mantuvieron vigentes los usos y costumbres en cuanto a la distribución del agua para uso de la ciudad, que por demás fue suficiente para cubrir la demanda de líquido durante buena parte del siglo XIX. Dichos problemas se agudizaron cuando la ciudad creció y los usos del agua se diversificaron, por tal razón hacia 1892 la legislatura autorizó al ejecutivo del estado para modificar lo conveniente respecto al reglamento del agua expedido por el Ayuntamiento. Esto en cuanto a las concesiones vigentes y a las nuevas solicitudes de uso de las aguas del San Marcos, como la petición que hizo el licenciado Vicente Garcilazo y compartes, en 1909, de utilizar 624 litros por segundo de las avenidas del río, lo que fue cuestionado en la legislatura; o el temprano proyecto de introducir el agua entubada para el servicio doméstico de la ciudad.

 

FIN DE UNA VIEJA TRADICIÓN HIDRÁULICA

Para 1911, las aguas del San Marcos dejaron de ser competencia local, al declararse como parte de la jurisdicción federal, conforme el dictamen presentado por la Secretaría de estado y del Despacho de Fomento Económico, Colonización e Industria. Esto no impidió que se plantearan nuevas solicitudes de uso del agua, como lo hizo en 1919 la testamentaría de Manuel González hijo, para aprovechar la fuerza motriz del río para la generación de energía. Finalmente, en 1925 y por acuerdo presidencial, en base al dictamen de la Secretaría de Agricultura y Fomento, se declararon las aguas del río San Marcos como de propiedad nacional; sin embargo, ya desde tres años atrás se había construido el primer sistema de entubamiento de sus aguas, durante el Gobierno estatal del general César López de Lara. A partir de entonces, comenzó a languidecer el sistema de las acequias urbanas, que acabaron por extinguirse para mediados del siglo XX.

 

 

 

 

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