‘Briznas de un cuento’

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Lilia García Saldívar.-

Palabras sabias: “Es imposible resignarse a reptar, cuando se ha nacido con el impulso de volar”.

(Helen Keller)

 

Parecía que todo aquello en que no pensaba, ni tan sólo tenía la certeza de que existía, todo le pasaba a Roberto; y él claro se sentía desdichado, pues a veces se metía en unas broncas de las cuales siempre le dejaban un saldo desfavorable para Luisa su mujer, o para alguno de sus hijos o su familia, ahora andaba con el trote de las hojas moradas, unas pequeñas hojas de papel casi diluido de color morado que había encontrado en un antiguo veliz que era de su abuelo y estaba escondido bajo el forro del mismo, con curiosidad lo sacó y vio que eran los contratos de una casa antigua, solitaria que todos le decían con temor, “La casa morada” porque el padre tiempo, las lluvias y los soles le daban ese reflejo morado al atardecer y decían que a las dos de la madrugada, unos 20 jinetes, vestidos raramente galopaban por el puente del río, llegaban a la casa morada y allí se repartían grandes tesoros, lo que no sabían era cómo salían, pues antes de entrar al lugar o de meter la llave sólo decían unas palabras, se oía algo como “Ábrete Lotaz” las puertas se abrían, entraban y luego decían “ciérrate Lotaz” y las puertas quedaban otra vez encadenadas como si no se hubieran usado en miles de años; se decía que había tesoros, pero nadie intentaba buscar ni robar por el miedo a lo desconocido en aquella región de la Europa antigua.

Roberto examinó los papeles encontrados, y se dio cuenta que la casa hacía más de un siglo había sido ocupada por una banda de ladrones encapuchados, y que todo el pueblo le sacaba la vuelta, pues el que quería explicarlos, amanecía en el río con la cabeza destrozada, así que desde lejos miraban, pero ahora que Roberto tenía señas y palabras que se decían, decidió acabar con el miedo y sorprenderlo, a lo mejor lo condecoraban; se vistió de negro se puso antifaz, leyó la hoja de papel, ensilló su caballo y fue; al contacto de la llave y las palabras la puerta se abrió y se deslumbró; inmensos tesoros robados se hallaban allí, reconoció una pintura de su abuelo y luego escuchó que los ladrones se acercaban, tomó una botella de vino, la abrió y vació en ella unos polvos que dormían, luego esperó entraron los ladrones y él salió botella en mano y explicó por qué estaba allí, los invitó, lo aceptaron como familiar de su abuelo, y al rato todos tirados en el suelo los desarmó y amarró, salió de la cueva trajo a la policía y a todos se los llevaron dormidos; “Si su abuelo robó”, el no robar nunca sería su destino, la leyenda de Roberto aún se escucha después de un siglo, los bandidos murieron en una escondida isla en la que hoy es cárcel y el desconocido tesoro el estado lo confiscó y lo usa para la educación de los isleños.

Dios quiso hacer un bien donde reinó el mal.

 

 

 

 

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