El velador

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Eduardo Narváez López.-

Don Elías una vez más venía de los alrededores de Los Ángeles, Estados Unidos a México. Su último trabajo allá fue de velador; antes se desempeñó como lavaplatos, jardinero, ayudante de cocina y piscador de los más diversos frutos y vegetales: fresa, uva, granada, sandía, cebolla, tomate, en diversos campos: Santa Rosa, Paramito, Santa María. A los 40 años, debido a que no piscaba las cantidades mínimas, difícilmente duraba contratado. Luego fue obrero. A los 50 años, con frecuencia lo vencía el sueño cuando tenía que repetir ciertos movimientos durante horas. Finalmente encontró trabajo como velador en las construcciones. Muchas veces fue deportado a las ciudades fronterizas. Con el tiempo halló la manera de evadir a “la migra”: no asistir a eventos multitudinarios, no andar caminando por las calles durante la noche. Quiso obtener la ciudadanía de ese país, pero no contestaba bien más de cuatro preguntas de las diez (que seleccionan de cien que los migrantes deben estudiar para el examen), además de hablar y entender medianamente el inglés. Se desistió de solicitarla, ya que su inglés era muy deficiente. Ahora que estaba en México y todavía tenía tres hijos varones de 15 a 18 años, su esposa e hijos lo animaron a que ya no se fuera:

-Elías, ya no te vayas, como velador aquí tienes muchas construcciones y fábricas donde trabajar.

-Ya lo sé, mujer, pero allá me pagan ocho veces más que aquí.

-Entiende, los peligros a que te expones son muchos. La señora que tenías allá hace tiempo que murió; los tres hijos que tuviste con ella, y los tres de nosotros que te llevaste, te han abandonado, se han alejado a otras ciudades de Estados Unidos, no se ocupan de ti, ya son ciudadanos gringos. Nuestros hijos hace mucho que no me envían un dólar.

Elías poco a poco se adaptó a su familia y a su trabajo de velador. Ganaba lo suficiente para pagar la renta, el gasto diario y alguna ayuda a sus hijos que quedaban en casa, del mayor al menor: Jorge, José Luis y Rafael, quienes trabajaban y estudiaban a la vez. Elías los alentaba para que hicieran una carrera.

-No papá, para qué, conozco a muchos que se han recibido y andan trabajando de ruleteros o vendedores de aparatos eléctricos. Mejor hay que ahorrar para poner un negocio propio, sólo así podríamos hacer algo.

Esto hizo que Elías meditara profundamente: los tres hijos que procreó con la “Pocha” de Estados Unidos, nunca se consideraron mexicanos, incluso sentía el recelo de ellos por tener otra esposa en México y cierta discriminación hacia él. Estos, cuando murió su madre, se adentraron hacia el norte en busca de los parientes de ella. Algo parecido sucedió con sus hijos que se llevó a Estados Unidos: pensaban que Elías quería desligarse de sus obligaciones con su mamá y hermanos en México y que ellos se encargaran de enviarles dinero; por supuesto así lo hicieron, pero en cuanto se casaron dejaron de hacerlo. Los tres con los que vivía en México le guardaban cierto rencor por haberlos casi abandonado. Se desvivía por compensar a su esposa Claudia por el abandono en que la tuvo; también consentía a Rafael -el más chico, estudiante de secundaria, aun no trabajaba-, dándole todo lo que le pidiera: ropa, zapatos, domingos. Los otros dos: Jorge no se mostraba afectuoso; sino algo cortante, y José Luis más accesible, comprensivo, se reprimía en mostrar su cariño. Ambos trabajaban levantando y distribuyendo pedidos de medicamentos a farmacias, lo que les reportaba buenas ganancias.

Los sábados don Elías compartía con la palomilla las copas, los juegos de dominó y póquer. Se sentía rejuvenecido en compañía de sus hijos y sus amigos. A las ocho de la noche exacta se despedía, pues quería llegar siempre puntual a su trabajo.

Jorge y José Luis al salir de la preparatoria, trabajaron tiempo completo. Jorge con sus ahorros compró y amplió la casona donde vivían, por lo que se dejó de pagar renta. Don Elías se jubiló en el Seguro Social. Por ello se vivió en casa una época de bonanza y paz, salvo algunas asperezas entre Jorge y don Elías.

-Papá debías bañarte más seguido. “Viejo, usa tu rastrillo, no mi rasuradora.” “Padre, roncas muy fuerte, no dejas dormir bien a mi mamá, sería conveniente que durmieras en el cuarto de servicio, al fondo del patio.” “Padre te ves ridículo tomando y jugando dominó y cartas con mis hermanos y los del barrio.”Padre, molestas mucho a mi mamá pidiéndole que te atienda. Es ella quien requiere de muchos cuidados ahora que se le diagnosticó cáncer. Yo creo que es conveniente que, con lo de tu pensión te busques un albergue para adultos mayores”

-Eso sí no te lo voy a pasar hijo, es un infundio tuyo, porque cuido a tu madre como a la niña de mis ojos. Si tu madre no estuviera enferma, con gusto me la llevaría conmigo al asilo con tal de no verte la cara, mal hijo. Te pagaré renta si quieres, pero aquí cuidaré de tu mamá.

José Luis intervenía, conciliador:

-Hermano, ¿por qué ese odio hacia papá? Si papá se unió con otra en Estados Unidos fue obedeciendo a la naturaleza humana, que el hombre requiere de la compañía de una mujer; nunca dejó de asistirnos, aunque fuera medianamente. Mamá no resistiría que nuevamente se fuera papá, y menos a un albergue.

Jorge consiguió crédito con los diversos laboratorios para los cuales trabajaba, a fin de establecer una farmacia, la cual prosperó mucho en poco tiempo ya que la otra botica estaba a un kilómetro. Empleó a don Elías por las mañanas -por las tardes cuidaba a Claudia-. Elías recibía las medicinas, las acomodaba en los casilleres, despacha refrescos y paletas; sacudía, barría y trapeaba. Jorge no perdía ocasión para reprender a su padre por las torpezas o lentitud –propias de su edad- con que hacía dichas tareas, Al poco tiempo José Luis se casó y se fue a vivir por separado. El dolor se abatió sobre la familia a la partida de doña Claudia.

Don Elías se tornó taciturno y melancólico, ya solo platicaba con Rafael, a quien consentía cada vez más a la vez que lo preparaba para que soportara su próxima partida. Un fin de semana llegó Jorge. Al ver a su padre jugando a las cartas con sus hermanos y varios jóvenes del barrio, le hizo una seña para que fuera con él a la cocina. Allí lo amonestó: “Ya te he dicho que no tomes con los jóvenes, ¿qué pasó contigo? “Ay hombre, son mis hijos y sus amigos, estamos en confianza” Elías regresó a la mesa de juego. Rafael al verlo compungido le preguntó si Jorge lo había regañado. Asintió con la cabeza, agregando que Jorge lo escuchó cuando él comentó que cuando muriera lo enterraran con Claudia; por lo que le dijo que ni lo pensara, que les dijera a sus hijos gringos que lo enterraran con la otra.

-De eso no te preocupes, padre –dijo José Luis-, yo compré la tumba a perpetuidad para toda la familia, Jorge es quien no va a estar ahí; no llore por favor –a lo que don Elías dijo: “Lloro porque Dios castigará muy feo a Jorge por portarse mal conmigo, su padre. Yo quisiera que rectificara su proceder.”

Jorge se agregó al grupo. Cuando vio que se acabó el brandy, fue al baño, desde allí llamó con un dedo a su padre: “Ten, tráete otra botella, y no te tardes viejo.” Más tarde José Luis y Rafael preguntaron a Jorge por su padre: “Seguramente lo mandaste a que fuera a comprar más vino; ahora ve a ver si algo le pasó, ya se tardó.”

Jorge se encontró a su padre que iba llegando a punto de subir los dos peldaños para ganar la banqueta alta; lo increpó: “Lento, ya no puedes ni con tu alma, por qué no te mueres ya, anda, muévete, camina”, al tiempo que le dio un empellón. Don Elías cayó hacia atrás, pegándose en la nunca contra el filo de la banqueta; no murió instantáneamente, porque todavía alzó la mano, haciendo cruz con el índice y su pulgar, dando la bendición a Jorge. Este se metió espantado a la casa gritando: “¡Pronto, que papá se accidentó!, yace allí afuera, parece que murió.

Don Elías fue enterrado con su esposa. Jorge apremiado por su conciencia se tiró al vicio. Le dio por echar pleito a cualquiera cuando se ponía muy borracho. En una ocasión que paró en una cantina lejos de su casa, riñó con un tipo de pocas pulgas, que le ensartó una punta. Jorge se desangró y murió en medio de convulsiones, después quedó quieto. Alguien lo escuchó balbucir: “Perdóname padre. Señor, no sabía lo que hacía.”. Nadie reclamó el cadáver, por lo que fue sepultado en la fosa común. Lo identificaron mediante una foto que obraba en el Semefo.

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