Los excesos del poder

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Libertad García Cabriales.-

La mucha luz es como la mucha sombra: no deja ver

Octavio Paz

 

Nada como la historia para documentar lo deseable y también lo indeseable. En el espejo de nuestra historia podemos ver todo eso que parece nuevo y sólo es humano, repetido. Porque aun con los avances tecnológicos más sofisticados, la pulsión humana sigue siendo la misma y pocas cosas como el poder para mostrarlo. Desde los primeros jefes de las tribus y hasta con los gobernantes más conspicuos de nuestros días, en la forma de mando se conoce al ser humano. O dicho con las palabras del sabio griego: si quieres conocer a un hombre revístelo de gran poder.

Y así la historia nos ha permitido conocer a muchos y otros tantos que nos ha tocado padecer en tiempo real. Hombres poderosos que lejos de aprovechar poder para servir y construir, se tornaron en dictadores, depredadores, destructores. Víctimas de su propia hybris (soberbia) como diría David Owen en su magistral libro “En el poder y en la enfermedad”, los gobernantes terminan por creerse omnipotentes y no escuchan la voz de la gente. El médico político inglés analizó cómo la experiencia de tener poder puede producir cambios en los estados mentales de las personas y provocar patologías que casi siempre terminan mal.

Y llegan los excesos que son característicos de quienes no ven el poder como responsabilidad sino como lucro, como oportunidad para “poner la pata encima del pueblo”. Ejemplos sobran por desgracia, ya usted tendrá en su cabeza muchos nombres. Los excesos de Calígula, considerado el más cruel de los emperadores romanos, quién creyéndose un Dios, derramando sangre a raudales, incluida la de su familia y que llegó al extremo de nombrar cónsul a Incitatus, su amado caballo.

Ríos de tinta necesitaríamos para documentar los excesos de los poderosos en el mundo. Y nuestro México no se queda atrás. Aun antes de ser país, en este territorio se padecieron los excesos de “tlatoanis” convencidos de tener la verdad en sus manos. Y luego llegaron los gobernantes con estilos y devaneos, esa forma tan suya de hacernos sentir “súbditos”. Para muestra, el botón de Antonio López de Santa Anna, todo un personaje para el estudio de la sicología y la sociología. Apodado el “Quince uñas”, Santa Anna es tal vez uno de los gobernantes mexicanos (y ya es mucho decir) que más impresiona por sus excesos.

Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón nació en Xalapa, Veracruz, en 1794. Militar destacado en la Victoria de Tampico de 1829 y directamente relacionado con la dolorosa pérdida de la mitad del territorio nacional en 1848, llegó a ser once veces Presidente de la República durante 22 años. Durante ese largo tiempo, muchas cosas pasaron imposible de relatar aquí. Un hombre dominado por una extraña pasión por el poder que lo hacía preferir estar en sus haciendas veracruzanas jugando a los gallos que mandando en palacio, pero eso sí, gozando siempre del erario como si fuera suyo. Entre sus excesos es muy conocida su riqueza personal que aumentó considerablemente desde su llegada al poder, según el historiador Michael Costeloe: “un multimillonario en términos modernos, que según sus propias palabras era propietario de 483 000 acres en Veracruz”.

Pero sus excesos no quedaban sólo en su gusto por acumular. También propició el culto a su personalidad, llegando al extremo de nombrarse “Alteza Serenísima”. El reconocido historiador Will Fowler señala que se le homenajeaba constantemente con fiestas, bailes y recitales de poesía e hizo que se colgara su retrato en todos los edificios públicos (¿entonces allí empezó la costumbre?), además se erigieron esculturas con su figura a lo largo del país y se nombraron calles y teatros en su honor. Hasta el Himno nacional lleva en una estrofa una alusión al Guerrero Inmortal de Zempoala.

Pero entre todos sus excesos el funeral de Estado para su pierna es todo un caso de megalomanía. Combatiente de la Guerra de los Pasteles, un fuego de artillería hirió gravemente su pierna, por lo que hubo necesidad de amputarla. Con dolor en el alma, su Alteza Serenísima ordenó funerales de Estado con todos los protocolos de ley para su pierna perdida con misa de réquiem y comitiva encabezada por obispos generales y embajadores para darle cristiana sepultura en su tierra. Tiempo después la susodicha pierna fue exhumada para ser enterrada otra vez con honores en la capital del país para ser desenterrada después por el pueblo furioso contra el dictador arrastrándola por las calles en señal de humillación. Mientras tanto la “pata de palo” que Santa Anna portaba también tiene historia. Después de la guerra contra Estados Unidos, quedó en un museo de Illinois donde todavía se exhibe como presea de guerra.

Así la historia, que siempre es referente para el presente. Ojalá aprendamos las lecciones. Para no repetir aquello de: “¿Qué horas son? Las horas que usted mande señor presidente”. O gobernador o alcalde. Nunca más.

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