Cuando lloré con Rosario

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Lilia García de Arizpe.-

Palabras Sabias: “Podéis olvidar con quién habeis reído, pero nunca con quién habéis llorado”

(Gibran Kahlil Gibran)

 

La campana sonaba insistentemente, era la llamada a clases del estricto y elitista colegio de monjas del Verbo Encarnado, había que hacer fila, tomar distancia, y luego con pasos firmes pero pausados, pasar a los salones de clase; Aunque era elitista el colegio, de vez en cuando buscaban prospectos, de otras escuelas con magníficas calificaciones para becarlos; era el caso de Elena, magnífica estudiante, seria, formal, sus padres aunque pobres, tenían una escala de valores muy grande que transmitir a sus hijos, y Elena consciente de su condición de becada, se portaba muy bien, estudiaba con ahínco, de tal manera que era la mejor del salón, cosa que no podían evitar algunas de sus compañeras, y en lugar de aceptarla la herían constantemente con burlas, y la exhibición de sus compras de lujo que le pasaban por los ojos, Rosario, otra de sus compañeras se complacía en ello, y constantemente le echaba puyas, o la avergonzaba diciéndole… “¿Verdad que con dieces en las clases no puedes comprarte unas botas como las mías?”. Elena callaba y se alejaba de ella con cualquier pretexto, hasta que un día… La Hermana le hizo un reconocimiento a Elena frente al grupo, y con esto exacerbó los celos que sentían la mayor parte de sus compañeras, Elena no sabía dónde meterse, y ni tan solo pudo disfrutar la excelencia a que se había hecho acreedora. Sucede eso casi al mismo tiempo en que a Rosario se le muere su mamá, y todas las compañeras fueron al panteón a la ceremonia de la sepultura, habló el Padre y dijo: “Todos conocíamos el gran espíritu de la señora Domínguez, ayudaba en todo, vamos a sentir mucho su ausencia” y luego procedieron a darle sepultura, las compañeras le daban el pésame y corrían a juntarse con otras, Rosario y su papá se quedaron solos, abrazados, cuando de repente de entre unas sepulturas que estaba escondida salió Elena frente a ella, Rosario no supo qué hacer, pero Elena sí, la abrazó, lloró y lloró con ella, mientras le acariciaba el pelo, luego dijo:

–Dime Rosario ¿en qué puedo ayudarte?, yo sé que vas a extrañar mucho a tu mamá, estoy para servirte…

Rosario la vio, luego dijo:

–Tú perdóname Elena, eres la única que se quedó a consolarme, ella me ayudaba en las tareas, lo que no entendía, y salíamos juntas de compras… ¡Como la voy a extrañar!

–Tu no te apures –le dijo Elena– en lo que yo pueda ayudarte te explico lo que no entiendas, recuerda a tu madre que era tan buena contigo, ella ya está con Dios, dale gracias a Dios del tiempo que te la dejó, yo te ayudo en todo.

–¡Tú!, ¿pero es que no estás enojada conmigo? Me he burlado mucho de ti…

–Olvídalo, y tenme confianza, además hemos llorado juntas, eso no se olvida.

Y desde entonces, Rosario respetó a Elena, quien a pesar de sus burlas, no le guardó rencor.

Lo que más une es el sufrimiento, si has llorado con otra persona por una causa común, ello hace una amistad firme que difícilmente puede romperse. El dolor y el sufrimiento solidarios unen, crean lazos muy fuertes. Difícilmente podemos olvidar a aquel con quien hemos llorado.

Los padres que lloran por un hijo enfermo o con problemas, se entrelazan en un sentimiento fuerte que une, y se hace irrompible.

Unos amigos que luchan por una causa común, hacen fuerte su amistad.

Las lágrimas dan solidez a un proyecto común, es una acción solidaria, hay que derramarlas en el dolor ajeno, limpias, sinceras, con ganas de llorar por el amigo que sufre, reir con el que ríe, y llorar de verdad con el que llora, servir en momentos de angustia, y hacerse solidario en la amistad que es el amor más duradero, el que no se olvida, el que vive en el corazón hasta que esté dejando de latir.

 

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