Refinerías y energías emergentes

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Jaime Elio Quintero García.-

La construcción de refinerías en México, es una decisión que no tiene sustento económico, ni financiero y menos aún geopolítico, en el contexto de la economía global, por una parte y por otra, contraviene lo pactado por nuestro país en el Acuerdo de Paris, es sin duda, una ruta contraria a la transición energética en curso, no tan solo en México y la mayor parte de Occidente, sino, busque usted amigo lector, un país en el que se estén construyendo plantas refinadoras de petróleo. La estrategia global en materia de energía es pasar en un tiempo prudente (15-25 años), del consumo de recursos fósiles (petróleo), a las llamadas energías renovables no contaminantes en una proporción de 75 por ciento a 25 por ciento.

La producción de petróleo es una industria excesivamente corporatizada y manipulada desde sus primeras fases de exploración, extracción y refinación hasta su distribución comercial, por las famosas siete hermanas (mega empresas holandesas, inglesas y norteamericanas principalmente). Más aún hoy que nuestro vecino del norte se ha vuelto gran productor de este hidrocarburo y actual exportador y gran perturbador del mercado mundial.

Asumir este despropósito, por el nuevo gobierno, y convertirlo en una política pública en materia de energía, convierte a México en un país con una economía disfuncional, muy peligrosa para su ruta de modernización y apertura económica, libre mercado y democracia liberal. Tan solo por reasumir un viejo concepto de soberanía nacional, vigente durante las épocas del Nacionalismo Revolucionaria, las economías cerradas proteccionistas, y los partidos políticos únicos.

Lo que podría, en todo caso, convenir a México, en materia de política pública del próximo régimen, es el uso intensivo del gas natural, y elevar la plataforma de exportación petrolera en favor de equilibrar la cuenta corriente nacional (diferencia entre exportación e importación), a fin de contrarrestar los crecientes montos de gasolina traída del exterior.

Por tanto, amable lector en simple lógica de gobierno, Insistir en vincular, ideológica y programáticamente, auto suficiencia nacional con soberanía nacional, como política de Estado, es querer resolver problemas nuevos, generados por el devenir de un mundo nuevo de alta tecnología y rápidos avances científicos, con soluciones viejas y desfasadas.

Difícilmente, luego entonces, esta aventura decimonónica podría representar un pasillo de acceso, que permita a México convivir y competir con el círculo de países desarrollados y permanecer como un actor dinámico, acreditado y creciente en el bloque de Norteamérica y del mundo económico y social de Occidente.

Para concluir amigo lector, traigo a cuento en ocasión del resultado electoral del pasado uno de julio, que ciertamente dejó al sistema político mexicano, sin contrapesos políticos, y le dio al nuevo Jefe del Ejecutivo tanto poder sobre la nación mexicana, como no lo tuvo ninguno de los anteriores presidentes, y si uno de los grandes postulados de la campaña del presidente electo, lo fue, la lucha y extinción de la corrupción, el sabio adagio mexicano: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Es malo, pienso yo, en primera intención, dar por concluida la muy larga etapa de más de tres décadas que le tomó a México, arribar a un sistema político democrático, liberal, y de buenos avances sociales y económicos. Más las evidencias son claras e inobjetables, lo sucedido el referido 1º de Julio pasado, es como quiera que se le quiera ver, la conclusión de la democracia mexicana.

La vuelta al poder político y económico del viejo régimen priista por abrumador mandato popular, invita a la esperanza unos, y a la desesperanza a otros. Las mismas viejas y trágicas luchas de monárquicos contra independentistas durante el virreinato, de liberales contra conservadores en la independencia y ahora de neo-nacionalistas contra neo-liberales y globafilicos.

¿Cuándo?, cuándo podremos entender los mexicanos, que así no es posible consolidar la sucesión de regímenes de gobierno, un estado liberal y democrático, y una nación cohesionada en su vida interior y con la vista y metas puestas en la modernidad, el progreso y la igualdad social, siempre basada en el trabajo duro y constante, en el esfuerzo individual y colectivo que genera certeza y esperanza, y no en la política y la lucha por el poder y el mandato discrecional y retardatario.

¿Hasta cuándo?

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