La Plaza de Los Carreones

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Quien también fue víctima del “embrujo” de Chucha fue el Cronista de Victoria, Francisco Ramos Aguirre; nos reveló que también le tocaron besos y abrazos de este personaje entrañable de la Capital.
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Francisco Ramos Aguirre.-

A finales del siglo XIX, la Capital de Tamaulipas era una población relativamente pequeña, donde todos sus habitantes se conocían. La calle Real estaba empedrada y sus habitantes tomaban aguas cristalinas de las acequias y norias. Hacia el lado norte, el límite urbano era la calle Aldama, actual avenida Alberto Carrera Torres. Precisamente en este sector de la periferia, entre las calles Abasolo y Allende entre Nueve y Diez, se fundó la plaza de Los Carreones. Si aportar más información, dice el profesor José del Carmen Tirado, que antes de 1878 se le llamó así, porque en una de las calles aledañas vivió una familia de apellido Carreón. Al respecto, las referencias más antiguas que localizamos de personas con ese apellido en Ciudad Victoria, son: Guadalupe Carreón -profesora normalista directora de una escuela primaria en San Luisito- (1908) y Luis Carreón (1907).

De acuerdo al plano de la ciudad de 1889, dicho espacio aparece con el nombre de Plaza de Guerrero, localizada en el callejón del Nueve. Años más tarde, cambió su nomenclatura por: Plaza de Morelos. Al mismo tiempo, a este lugar agradable también se le llamó: Placita de la Cruz. En 1896, con motivo de la construcción del Teatro Juárez a cargo del ingeniero José Duvallón, se dispuso que una de las farolas de fierro forjado sobrante de la obra, fuera colocada para iluminar la Plaza de Los Carreones.

Entrado el siglo XX, era común que en este sitio, prácticamente un solar baldío, se establecieran ferias, circos, caravanas de húngaros y juegos mecánicos para la diversión de las familias victorenses. En noviembre de 1913, con motivo de la Toma de Ciudad Victoria durante la Revolución Constitucionalista, La Plaza de Los Carreones, igual que la Loma del Santuario, La Hacienda Las Vírgenes, el Cementerio y Estación del Ferrocarril, se convirtió en uno de los escenarios de la lucha entre los ejércitos carrancistas y federales.

Vale mencionar que este lugar, después se llamó: Plaza de la Cruz Roja, porque ahí se encontraba el edificio de oficinas y consultorios de la benemérita institución. Al paso de los años, luego de una remodelación promovida por el alcalde Jaime Rodríguez Inurrigarro, el cabildo dispuso un nuevo nombre: Plaza de Los Fundadores, pero el ingenio popular empezó a llamarla: «Plaza de las Velas » debido a una fuente adornada con cilindros de cemento.

En las noches de verano, los vecinos acostumbraban caminar despacio alrededor de la placita y descansaban en bancas metálicas. Siempre fue un lugar tranquilo, con vista a la Sierra Madre. Había casas de sillar antiguas, algunos comercios y buen ambiente. En ciertas temporadas se instalaba una enorme rueda de la fortuna para el entretenimiento de niños y adultos. Uno de los sucesos más célebres fue la presencia de un «fakir» sepultado varios metros, sin comer ni beber agua varios días.

En la esquina sur-poniente, se localizaba la cantina El Diez Allende, atendida por Arturo Salazar Salazar, vecino de la terminal de Transportes Frontera, quien guarda entre sus recuerdos de los años cuarenta el ambiente cotidiano de ese sector. Por ejemplo nos cuenta de la Cantina del señor Rojo, en el Ocho y Nueve Abasolo, por la calle Nueve el taller de torno de Alejandro Juárez, un relojero y joyero y la cantina La Fronterita del señor Hernández. En la acera poniente: se encontraba un taller de radiadores de Antonio Coronado y la fonda de Arturo Garza Cano, donde cocinaban uno de los mejores menudos de Victoria.

En ese barrio radicaron muchos años, el Notario Público Raúl Gutiérrez Cerda y el yucateco de origen español Fernando Braña Llanes, experto en fabricación de máquinas desfibradoras de henequén. Fue hijo del mecánico Sergio Braña Trigo, originario de Ponteverda, España, quien arribó a Yucatán en 1923. Fue propietario de la Industria Textil Cordelería Tamaulipeca, dedicada a elaborar todo tipo de mecates de fibra de henequén.

Al paso del tiempo, ese traidor que no se detiene ni perdona, el entorno urbano de la placita se fue transformado. Algunas residencias antiguas fueron demolidas. En su lugar se construyeron edificios modernos: hoteles, oficinas, un plantel universitario y supermercados. En la explanada de la plaza, se han instalado puestos de comida, tiendas de artesanías, vendedores de fruta y panaderías.

Cronista de Victoria.

 

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