Vecindario

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Eduardo Narváez López.-

En la cerrada San Lucas del Barrio Los Ángeles, en Iztapalapa, el ajetreo empezaba desde las cinco de la mañana; de las casas de cada una de las cinco vecindades del vecindario salían presurosos los hombres, unos vestidos de overol otros con sus cajas de herramientas, seguramente obreros rumbo a las lejanas fábricas de la ciudad o a las colonias suburbanas del estado de México. También las mujeres salían con sus trastes llevando nixtamal a moler; otras con sus cubetas a recoger las bolsas de leche Liconsa de los centros de distribución –por lo general en tiendas de abarrotes–. Quince minutos antes de las ocho, parece que brotaban por debajo de la tierra decenas de madres con sus chiquitines de tres a cinco años, barriéndose en la puerta de entrada del centro preescolar, donde los entregaban. Unas cuantas llegaban a las ocho y quince con la puerta a punto de aplastarle sus narices. Las últimas, a través de las rejas llamaban a la prefecta –quien a la vez hacía las veces de conserje y mandadera–:

– Doña Petronila, pérese mujer, le vamos a dar pa’ sus “chescos”, denos chance de pasar. “Bueno, pero de volada, que ya viene la directora”. “Doña Petro –llegan agitadas otras dos madres–, no sea malita, venga”. “No, ahí díganle a la directora”.

– Señorita directora, se lo suplicamos, yo no tengo con quien dejar a la niña, tengo que ir a la costura en la fábrica de ropa–. “Y a mí, me espera mi marido, tengo que darle de almorzar y despacharlo al trabajo, si llego con el niño me va a tundir muy feo”. “Bueno, esta es la última vez”.

A las nueve tornó la tranquilidad en los cincuenta metros de calle, ahora la actividad estaba en el interior de las vecindades en cada una de las cuales vivían de 20 a 30 familias. Las amas de casa charlaban entre sí en los lavaderos. Doña Gorgonia, de la vecindad más grande se erigió en una especie de líder de las todas las lavanderas. Antes se surtían de agua contratando unas pipas que llenaban de agua los cinco tambos colocados al fondo de cada una de las vecindades. Y en cada una de las dos esquinas una fosa séptica. Doña Gorgoritos –como así le decían– se entendía con los “piperos”. Se encargaba de hablarles por teléfono cuando se agotaba el agua en alguna vivienda y encargaba a sus hijos que con frecuencia echaran cal en las fosas. Ella recababa las cuotas con las que pagaba el agua. Luego cuando metieron la tubería, se encargó de contratar a los albañiles para que instalaran en cada unidad, tres baños comunes, con su respectiva regadera y taza; así como los lavaderos de cada vecino. Luego compró por mayoreo los detergentes y los revendía en el vecindario. Por su negocio era la persona más enterada de lo que acontecía en cada cuartería –la mayor parte de las casas constaba de un terreno de cuatro metros de frente por quince de fondo; donde cada quien construía de acuerdo a sus posibilidades y a su manera, con materiales diversos, ya sea con tabiques, láminas y hasta con cartones, o con todos esos materiales.

Doña Gorgonia iba de gira, haciendo paradas entre grupos de lavanderas a comentar los chismes y noticias del vecindario, de la cerrada, de la colonia entera:

– Ya se enteraron queridas compañeras –elevó la voz para que todas escucharan–: Que nos van a poner un medidor de agua en cada vecindad. Cuando esto suceda, yo voy a establecer las cuotas que les corresponden, sé lo que gasta cada quien. Otra buena noticia es que por fin nos van a pavimentar la cerrada con calle y banquetas y van a recomponer el drenaje para evitar inundaciones. ¿Alguien sabe algún chisme de esta colonia?

– Pues agárrense –dijo entusiasmada doña Lupe–, ayer estuve platicando con el joven Ángel, quien, han de saber, es de la ACJM (Asociación Católica de la Juventud Mexicana) y canta en el coro de la iglesia principal de Iztapalapa. Lo seleccionaron para hacer el papel de San Pedro. Mañana nos presentan al Diosito… digo, al joven que va a hacer el papel de Cristo. ¿Cómo la ven? Nuestro barrio se va a volver famoso y Dios va a bendecirnos, ¿qué opina doña Gorgonia?

– Que debió habérmelo dicho primero a mí. Y tú también, en cuanto te lo dijo, debiste informarme de inmediato.

– ¡Ay doña Gorgoritos, era muy tarde y yo le abrí el portón a Angelito; esta semana me toca la portería.

– Bueno, bueno. Ahora hay que organizarnos para que el joven Ángel represente lo mejor posible al apóstol San Pedro. Hay que cooperarnos para ofrecerles un desayuno al futuro Cristo y a él. Hay que avisarle a las tres “puchachas” que viven aquí y las de los otros vecindarios, para que se abstengan de insinuarse con él, ya que debe abstenerse sexualmente y conducirse como verdadero santo desde este mes de mayo y hasta que termine la Semana Santa del año que viene. –cuando Gorgonia habló con las meretrices de su vecindad, éstas comentaron-: “¡Ay qué bueno dijo una–, siempre quise estar cerca de un santo, para que me explique la Biblia, sobre todo eso de ‘amaos los unos a los otros’; la historia de María Magdalena, la que acusaban de prostituta y por poco la lapidan de no intervenir Jesús.” “Yo –dice otra–, aunque me castigue ‘mi protector’, en Semana Santa no trabajo; fuera de esa temporada, el que me busca me encuentra”. “Pues yo –expresó la tercera–, antes de ser lo que ahora soy, le arrojé los canes a ese, y él ni un gas me aventó. Después, menos– Allá él, por mí que cada quien haga del suyo un papalote, no soy ‘homófoba’.”

–Pues aunque no me crean, yo acerté –dijo Zulema, la que lee las manos o cartas-. Le dije que un día iba a ser famoso y muchos lo verían con admiración.

Platicando con otro grupo de lavanderas, Gorgonia preguntó sobre Marichuy al ver desocupado su lavadero: “Gertrudis, tú que eres su vecina de cuarto y lavadero, por qué no ha venido”.

–Yo creo que no quiere que le veamos el ojo morado y el labio partido, porque así la dejó anoche su marido. Y es que una envidiosa de la felicidad ajena le mandó un anónimo diciéndole que lo engañaba con los aboneros de la licuadora, el radiotocadiscos y la batería de cocina; les pagaba con cuerpomático y se gastaba el dinero que le dejaba para los abonos; así mataba dos pájaros de un tiro: tenía para sus medias, joyas de bisutería y otros “chuchulucos”, y de paso variedad de gustos en la cama. Escuché que su viejo le dijo que desde hace tiempo sospechaba porque compraba cosas en abonos y tal parece que las pagaba al doble; que le dejaba para liquidarle a los cobradores, que él tenía para pagar de contado por ganar bien en la venta de camisas con pequeños defectos de fabrica en su local del mercado de ropa de Mixcalco. De todas maneras –dijo-, iría con el herrero para que le hiciera una especie de cinturón de castidad.

Don Casimiro, esposo de Gorgonia, cobraba las cuotas de la luz. Había trabajado en la Comisión Federal de Electricidad, por ello se encargó de poner diablos y colgarse de las líneas. Cobraba por instalación y una cuota mensual. Tenía un par de microbuses por los cuales, los que lo conducían, dentro de la línea, le pagaban “cuenta” a él y un porcentaje a la empresa. Los fines de semana los micros no circulaban en la ruta; los utilizaba para llevar por veinte pesos por cabeza a los vecinos a ver los partidos de futbol al estadio de Ciudad Universitaria o al “Azteca”.

Otro que también estaba bien informado de los chismes de los vecindarios era Pepito “El enfermero”, así le decían aunque sólo inyectaba. Con ademanes amanerados presumía que conocía los traseros de casi todo el barrio; que a él qué le podían contar, si los había conocido encuerados desde chiquitos y ya de grandotes muchos tuvieron con él encuentros cercanos de todo tipo; que ni se atrevieran a denostarlo o traerla en su contra, porque tendría entonces mucho de qué hablar. Protegía a otros cinco como él, que vivían en los vecindarios. Por las noches los llevaba en su auto a los bares a la zona suburbana con el Estado de México. Este grupito bien podían no ir tan lejos, pues aseguran .que tenían suficiente clientela, incluso de los que en apariencia eran bien machines; sin embargo, por lo regular, no pagaban tanto como los riquillos de los bares.

El barullo de la cerrada fue esfumándose a partir de las once de la noche. La portera en turno se sentó en su banquito tras el portón. Dentro de unas cuantas horas sería otro día tan ajetreado como el de hoy.

 

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