La muerte viaja en tranvía

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Quien también fue víctima del “embrujo” de Chucha fue el Cronista de Victoria, Francisco Ramos Aguirre; nos reveló que también le tocaron besos y abrazos de este personaje entrañable de la Capital.
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Francisco Ramos Aguirre.-

La noche del tres de enero de 1906, “…una noche de frío,/de duro cierzo invernal” por una discusión sin importancia, el carpintero Braulio Juárez, asesinó a balazos a Feliciano González, conductor del tranvía de tracción animal que realizaba su recorrido de más de tres kilómetros entre el Mercado Argüelles, la Plaza Hidalgo, Plaza de la Libertad, la Estación del Ferrocarril, el Hospital Civil y la Hacienda de Tamatán, propiedad del teniente coronel Manuel González.

Cosas del destino. Al medio día, el jornalero Artemio Neri entró a la cantina del hotel El Comercio de Manuel Bustamante, ubicada cerca de la Plaza Hidalgo de Ciudad Victoria, con el propósito de mitigar sus penas y tranquilizar sus pasiones. Luego de instalarse en una de las mesas, de inmediato fue atendido por un cantinero que le ofreció un amplio repertorio de bebidas espirituosas. Después de reflexionar unos minutos, Neri ordenó una copa de coñac de la mejor marca. “Sólo tengo Croizet, recién desembarcado de París. Tan bueno como los mejores”. Le dijo el joven camarero, vestido con un pantalón de casimir y camisa blanca de cuello almidonado.

Horas más tarde, llegó Braulio y se sentó en la misma mesa a platicar con Neri, a quien notó visiblemente borracho. Al caer la noche, decidieron retirarse del lugar, y acordaron seguir la parranda con algunas damiselas, que ofrecían sus servicios en un antro cercano a la estación del ferrocarril. Al salir de la cantina se cubrieron del frío con una bufanda de lana y sus respectivos sombreros. Como no estaban en condiciones de caminar debido a la baja temperatura, abordaron un tranvía conducido por Feliciano González, residente del Callejón de Los Charcos.

En esa época la calle Hidalgo, era la más importante de la ciudad. En cada acera, se localizaban principales negocios y casas de las familias más importantes. Apenas habían avanzado unos metros adelante del almacén de Ricardo Haces, el chofer se percató de la embriaguez de ambos pasajeros. Bajo estas circunstancias y para evitar problemas, les solicitó que descendieran del vehículo en la próxima estación. Sin oponer resistencia, Neri no tuvo inconveniente en hacerlo, en tanto Juárez, entró en cólera y empezó a insultar al conductor, quien sorprendido no se atrevió a repeler la agresión verbal del incómodo pasajero. De las palabras pasaron a los jaloneos, pero todo parecía parar en eso.

Sin mayores argumentos y para evitar problemas, Feliciano simplemente le dijo que dejara de molestar y lo dejara en paz, porque de otra manera llamaría a uno de los serenos para que lo amonestara o lo condujera a la comandancia. Mientras tanto, recargado en un poste de madera, Neri contemplaba la escena y alcanzó a notar que en cosa de segundos su amigo enfurecía más y más. Percibida la situación por la que estaban pasando le dijo: “Contente…olvidemos este asunto…te vas a meter en un lío”.

De pronto, sin medir palabra, sin ninguna dificultad Braulio sacó de su bolsillo una pistola y disparó tres veces sobre el cuerpo de Feliciano sin lograr herirlo. Esto fue posible entre otras cosas, gracias a la escasa iluminación eléctrica que entonces había en la ciudad. Mientras tanto, la escasa gente que caminaba por la calle Hidalgo, se dispersó asombrada entre gritos. Algunos se introdujeron a los comercios, otros corrieron a toda prisa por el Callejón del Diez. Al ver aquello, Neri le dijo a su amigo que se fueran porque en cualquier momento podía llegar la policía.

Lejos de intimidarse, sin pensarlo dos veces, el tranviario bajó por una de las puertas del carro, traspasó el umbral y pistola en mano se dirigió al agresor para hacerle frente. Antes que esto sucediera, Juárez le disparó un cuarto balazo que hizo blanco en el abdomen de Feliciano. Éste cayó al suelo con su ropa ensangrentada, sin que lograra hacer nuevamente uso de la pistola, la cual rodó entre las piedras. A los pocos minutos, el herido fue trasladado al Hospital Civil, donde el médico legista localizó la entrada de la bala cerca de la región umbilical, que le produjo la muerte a las pocas horas.

De acuerdo a lo dicho por los testigos Manuel Arriaga y Jesús Canseco y después de la reconstrucción de los hechos, se decretó al agresor una condena de 16 años de prisión, por el delito de homicidio. Con esa sentencia, pagó también un delito de lesiones que había cometido meses atrás, durante una riña en contra de Gregorio Paredes en la Plaza de La Libertad. En esa época, era común que las armas decomisadas por las autoridades a los delincuentes, fueran rematadas en subasta pública. Así sucedió con el revólver y una daga propiedad de Braulio Juárez.

Por varios años más, los tranvías de pasajeros continuaron con sus largas travesías por la ciudad. Otro accidente célebre donde se involucró este medio de transporte, fue el del joven Domingo, hermano de Emilio Portes Gil, atropellado mientras trataba de cruzar la calle Hidalgo.

Cronista de Victoria

 

 

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