¡Pare Cochero…!

0
85
Quien también fue víctima del “embrujo” de Chucha fue el Cronista de Victoria, Francisco Ramos Aguirre; nos reveló que también le tocaron besos y abrazos de este personaje entrañable de la Capital.
Tiempo aproximado de lectura: 3 minutos

Francisco Ramos Aguirre.-

Cronista de Victoria

Calesas, berlinas, jardineras, landós, victorias y boogies: Así eran conocidos los coches de caballo, durante la época que transitaron por las calles de Ciudad Victoria. Este tipo de vehículos, son los precursores más antiguos del transporte público en la localidad. Para ejercer el oficio de auriga o cochero, era necesario reunir ciertas características. Por ejemplo, guardar las normas de urbanidad y ofrecer buen servicio a los pasajeros durante el viaje por avenidas y callejones. De igual manera, debía tener experiencia sobre el manejo del látigo y cuidado de los equinos. Además, bañarlo diariamente, atender sus enfermedades, proporcionarle forraje y respectivas herraduras. Sobre todo, debía conducirse con discreción, porque muchas ocasiones era testigo de sucesos incómodos, amoríos y aventuras de sus clientes. Después de todo, como reza el dicho: El poeta nace y el cochero se hace.

El cochero, señala el libro: Los Mexicanos Pintados por si mismos: «…tiene también sus días de gran provecho en la festividad de Corpus, funciones de toros y fiestas nacionales. Pero una noche de bautismo es un encanto, su delicia, con tal que los padrinos no sean de memoria flaca. Entonces los bolos que le dan y los que él sabe recoger con su ancho sombrero en la puerta de la parroquia; los latigazos que reparte a los muchachos, los gritos y la boruca, forman su elemento.» Vale decir que este oficio y el arriero, generaban buenos ingresos económicos.

Por lo regular, los coches eran de color negro y laminados, con sus respectivos ejes, capote de lona y dos o cuatro asientos de piel. Por las noches, ofrecían una imagen fúnebre. Quienes los adquirían para uso particular, eran gente adinerada o buena solvencia económica. Es decir: comerciantes, políticos, funcionarios de gobierno, militares, hacendados y eclesiásticos. A pesar de lo complicado de los caminos, la mayoría de los viajeros que llegaron a Ciudad Victoria durante gran parte del siglo XIX, lo hicieron en carruajes y diligencias. Por ejemplo, Concepción Lombardo, esposa del general y ex presidente Miguel Miramón, estuvo de visita durante cuatro días en esta población, gracias a los buenos oficios de un experimentado cochero que la condujo desde Tampico. Luego continuó su trayectoria hacia la capital del país, atravesando la Sierra Madre Oriental, pero antes pernoctó con sus hijos en Tula, donde fue atendida por la familia Fernández.

El primer obispo de Tamaulipas Ignacio Montes de Oca, tenía bajo sus órdenes a un cochero de toda confianza. Lamentablemente en abril de 1878, perdió la vida cuando fue atacado a balazos por el alcalde victorense Adolfo González, mientras el auriga se encontraba a las puertas del obispado. En esa época a los caminos empedrados y terracería se les denominaba de hierro o herradura, porque solo era posible que transitaran caballos, burros, mulas  y carruajes de ruedas. La mayoría de los coches eran de fabricación extranjera, por tanto se podían adquirir en agencias importadoras de Londres, París y Nueva York.

En 1901 se publicó en el Periódico Oficial de Tamaulipas, el Reglamento de Coches de Alquiler de Ciudad Victoria. El Artículo 2o. destaca que para otorgar una licencia, «…el presidente del Ayuntamiento se cerciorará antes, de que el coche o coches de que se trate, los animales destinados al tiro y los cocheros, reúnan las condiciones que se fijan más adelante.» Una de ellas, refería que los coches de alquiler se estacionaran en lugares que designara el comisionado de policía, de acuerdo con el Presidente Municipal. También estaba prohibido que bañaran los animales en las acequias de la ciudad.

En esa época el gobernador Pedro Argüelles y su esposa, transitaban por las calles empedradas de Victoria en un elegante carruaje Landó, tirado por caballos, mientras la gente sorprendida, se paraba en las banquetas a contemplar el paso del lujoso vehículo tirado por briosos caballos. Quienes no tenían un carruaje propio, disponían de los coches de sitio. Regularmente eran abordados por los clientes en la estación del ferrocarril y alrededores de plazas, mercado, hoteles, teatro y Hospital Civil. El precio de los honorarios, variaba de acuerdo a la distancia, horario y tiempo que duraran los viajes.

En 1912, Pablo Berrones, Rufino Valdés y Francisco Cumpián, eran tres conocidos cocheros que vivían en la Calle Hidalgo. El mismo oficio lo ejercían con eficiencia: Herminio Rodríguez, Pedro Reséndez, Ramón Aguirre, Manuel Peña, Porfirio Ramírez, Felipe Castillo, Pánfilo Galindo, Rodolfo R. Bernal y Timoteo Garza. En ese tiempo, el ayuntamiento contrató un cochero encargado de trasladar los cadáveres al cementerio del Cero Morelos. En la década de los veinte, durante la epidemia de Gripe o Influenza Española, este tipo de servicio estaba a cargo del carretonero Paco. Otras célebres personas que trabajaban de cocheros en la localidad eran: Irineo Garza, José Beltrán y don Procopio, vecinos de la Avenida 17 entre Méndez y Doblado.

 

Comentarios