¡Pare Cochero…! (II)

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Quien también fue víctima del “embrujo” de Chucha fue el Cronista de Victoria, Francisco Ramos Aguirre; nos reveló que también le tocaron besos y abrazos de este personaje entrañable de la Capital.
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Francisco Ramos Aguirre.-

En su libro Ciudad Victoria en 1922, el profesor Vidal Efrén Covián Martínez, menciona que las meretrices o prostitutas únicamente podían abordar coches o jardineras, siempre y cuando utilizaran vehículos: «… cubiertos con sus respectivas cortinas, solamente los días martes de 12:00 a 14:00 horas y sábados de 11:00 a 11:00 horas de cada semana, pues de no hacerlo será castigada con una multa de $10.00». Para que no hubiera duda, el reglamento fue distribuido en casas de asignación. Esta costumbre se remontaba  a la época colonial, cuando a las mujeres públicas se les llamaba tuzonas, y tenían prohibido abordar cualquier carruaje.

El reglamento municipal, exigía que los cocheros fueran mayores de veintiún años de edad. Para evitar accidentes y atropellamientos, los coches de caballo debían colocar dos linternas en la parte delantera y dos con luz roja en la posterior. Para entonces apareció en la ciudad la primera agencia: Magfield Auto Co. de automóviles Ford de pedales, la cual cerró sus puertas en 1922. El encendido de estos carros se realizaba bajo el sistema de arranque manual, a través del cran o varilla metálica que se colocaba en la parte delantera.

También había carretones de sitio para el traslado de mercancía y mudanza de muebles. Debido al giro de este medio de transporte, algunos de ellos operaban en el mercado y estación del ferrocarril. En algunas circunstancias, los carretoneros contrataban un ayudante. Aún se encuentra en la memoria de los victorenses, los nombres de algunos propietarios de aquellos carretones de carga: Felipe García, Ramón Pérez y Refugio Gatica.

En el libro: La Alegría de Recordar, su autor Enrique Martínez Torres, narra varios relatos de sus andanzas infantiles en el solar donde nació. Algunos se relacionan con sus aventuras en el Río San Marcos, las peluquerías del barrio, el fonógrafo de don Lupe Méndez, La Loma del Muerto y los aurigas o cocheros de golondrinas y «jardineras» de sitio de tracción animal, las cuales se estacionaban en la plaza Hidalgo. Dice el abogado Martínez que en época de fiestas patrias, desfilaban por la Avenida 17 y la calle Hidalgo, ofreciendo su servicio. Los propietarios las adornaban con guirnaldas, papeles de colores y una Bandera nacional: «…sobre el asiento delantero, erguido, las riendas en una mano y el látigo en la otra, iba el cochero y en los trances necesarios hacía sonar el timbre que repiqueteaba alegremente».

En su ameno testimonio, enfatiza que cuando alguna persona viajaba en ferrocarril, la primera parte del ritual consistía en llamar al cochero al menos dos horas antes de la salida, por temor que los dejara el tren a Tampico o Monterrey: «…llegado el vehículo el veliz o la maleta se colocaba junto al asiento del conductor, y el pasajero y acompañante ocupaban el asiento trasero y partían rumbo a la estación». Los vecinos, que no perdían de vista cualquier detalle, se enteraban de todo el proceso sin que hubiera forma de mantener en secreto aquel viaje. Dos conocidos cocheros y buenos conversadores eran los señores Pecina y García. A este último lo apodaban: «Garcita», un tipo de buenos modales.

Resulta que en la calle Hidalgo tenía su despacho un abogado que medía casi dos metros de estatura. Cierta ocasión, observó que el coche de Pecina estaba a punto de pasar delante de el. Desde la banqueta, el jurisconsulto le hizo la parada. Sin hacer alto, el coche avanzó hasta la Plaza Hidalgo donde se estacionó. El cochero caminó hasta el sitio donde lo esperaba el pasajero, a quien se dirigió: «Por favor, cuando requiera de mis servicios no haga la indicación de parada por el frente, porque si lo ve el caballo que ya está viejo, se echa».

Una de las tradiciones entre familias, jóvenes y niños victorenses, durante la temporada de verano, consistía en bañarse en pozas o manantiales del río San Marcos. Con verdadero ingenio, la gente las nombraba de acuerdo a su ubicación. Por ejemplo: el Baño del Callejón Cinco, La Bajada de Cabido, El Baño El Olmo, El Sauz, Palo Blanco, Los Pizarrines, La Peñita, El Charco Azul, El Puente de Fierro o Puente Negro y otras más.

Un caluroso día de julio, en plenas vacaciones escolares llegó Garcita al Charco Azul y se dispuso a lavar el coche y bañar su caballo. Animado por las aguas frescas del manantial, el cochero decidió bañarse en traje de Adán, sin tener precaución de guardar bien su ropa. Garcita estaba consciente que él y su penco, habían invadido la poza donde varios muchachos nadaban diariamente. Por tanto, acordaron jugarle una broma. «Cierto día, terminó su cotidiano baño, pegó el caballo al coche, los sacó del río y cuando quiso vestirse no encontró su ropa. Entonces advirtió la cruel la venganza fraguada por los muchachos.

Al instante, les gritó pidiendo y ofreciendo parlamento, a cambio de la devolución de lo suyo. Nadie le hizo caso, porque ya no había nadie en el paraje. Desesperado; y dicen que la necesidad es madre del ingenio y Garcita encontró remedio al asunto: sacó del compartimiento existente en el asiento delantero del mueble, las cortinas ahuladas de color negro que usaban para protegerse de la lluvia, encortinó todo el carruaje, se metió desnudo al vehículo, y en pleno mediodía de un mes de julio canicular, Garcita hizo su aparición primero por el Camino Real, luego entró por la Alameda, tomó la calle de Zaragoza…entró por el portón siempre abierto, de su domicilio, le gritó a su señora previniéndola del caso y salió con una sábana…»

Aquel final feliz, se frustró cuando en el trayecto, la gente enterada de la broma, se acercaba al coche y le preguntaba: ¿Va ocupado Garcita?…Sí va ocupado, contestaba molesto. Otras personas, con pícaras intenciones, levantaban la cortina y se asomaban hacia el interior. Por su parte, el cochero los amenazaba con el látigo de cuero y le imprimía velocidad al carruaje. Desde entonces, según comentaron algunos testigos, Garcita prefirió acudir a bañar su caballo a la Poza de Los Pizarrines, al oriente del Panteón Municipal.

* Cronista de Victoria.

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