De la opulencia a la privación

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Pérez Ávila.-

Permítame y, perdóneme el atrevimiento, pero es del todo necesario para ser lo más específico posible: Si usted cree que los señores y, también las señoras, habituadas a la buena mesa en su calidad de gourmet de primer orden, van a dejar de asistir a los restaurantes exclusivos, y van a proceder a practicar la austeridad pregonada por AMLO. Si usted considera que esa legión de émulos de Pantagruel, se va a transformar en una pléyade de epígonos del “mínimo y dulce Francisco de Asís”, entonces usted es muy ingenuo, con todas las connotaciones que tiene esa palabra: cándido, inocente, sencillo, idealista, iluso.

Ellas y ellos, van a seguir yendo a restaurantes como “El Cardenal”, cuyo nombrecito se deriva de la fama que tienen esos “fidelísimos” servidores de las enseñanzas de Jesús. Una sola expresión los define y proyecta en forma paradójica: “Bocato di cardinale”. Tienen apariencia de ser piadosos y obedientes, pero sobre todo, de tener un paladar acostumbrado a manjares propios de príncipes árabes.

Mientras los baños de pureza nos presagian una era de frugalidad gerundiana, al estilo campirano del norte, “hágase la austeridad en los bueyes de los otros partidos”, en una bacanal de bestialidad, a todo lo ancho y lo largo del país, como anuncio de televisión setentero, de costa a costa y de frontera a frontera, a todo color, se desbordan los ríos de la brutalidad más atroz, sin que puedan ser contenidas por las fuerzas del orden.

Ya me imagino a esa legión de gourmets, tomando una grave decisión, mientras cuentan chascarrillos, sueltan ocurrencias y consienten, unos y otras, a los sobrinos del momento, con quienes comparten vinos caros, viandas de altísimo valor y escasos nutrientes. ¿Austeridad? La conocen, ellos y ellas, como palabra, escuchada alguna vez en su muy lejana niñez, y ahora, porque es la bandera izada en todo lo alto, por quien va a convertir la residencia presidencial, en un museo, y lo que en gran parte es ahora un museo, en la residencia del primer presidente de la República, ascético y acrisolado.

No tengo duda alguna sobre AMLO. Creo en su propósito de dar la espalda a lo opulento y ligarse a la estrechez, en la cual viven y, hasta sobreviven, la inmensa mayoría de los mexicanos. Pero rechazo, con rotundez, la posibilidad de que quienes durante toda su vida activa en la política a la mexicana, que han disfrutado del maná emanado de la empírea hacienda nacional, se ajusten.

Simple y sencillamente, no les creo a esos cochúpteros.

Ningún ser humano posee el don divino de ser ubiquitario, y siendo humano del todo, así lo crean divinidad algunos de sus creyentes, don Andrés Manuel López Obrador, puede estar impulsado por los afanes más profilaxis para higienizar el deletéreo ambiente político, pero al no poder estar en todas partes al mismo tiempo, por fuerza no alcanza a captar el daño que los pactos con “Encuentro Social” y “El verde ecologista” le hacen a la imagen de Morena.

Si el Peje no tiene, siquiera, la potestad de la bilocación, le es del todo imposible verificar que sus muy loables propósitos de la austeridad, sean debidamente respetados por sus funcionarios, sobre todo en el más alto nivel.

Como plan es loable.

Un país, por un gobierno integrado por hombres y mujeres de temple propio de ascetas, sí induciría, con ejemplos, a los gobernados, sobre todo a los encumbrados por sus logros económicos.

Pero mantengo mi actitud dubitativa, sin ser terco por supuesto.

GIRÁNDULA FUTURARIA: La frugalidad en los obesos, será una terapia plástica que pocos practicarán.

 

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