Nuestra Ciudad Capital

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Alicia Caballero Galindo.-

Hoy nuestra tierra querida

Tamaulipas luce hermosa

El Conde de Sierra Gorda

fundó mi ciudad florida

un pueblo de gran valía

de gente a carta cabal

y hoy queremos celebrar

en este hermoso día

con un trago de tequila

y una polka pa’ bailar

 

El seis de octubre de 1750, fue fundada nuestra Ciudad Capital cuando un puñado de familias se establecieron a orillas del río San Marcos, por indicaciones del Conde de Sierra Gorda don José de Escandón y Helguera bajo el nombre de Santa María de Aguayo. Cada año remembramos los acontecimientos históricos acaecidos a través del tiempo que dieron origen a nuestra ciudad.

Hoy, quiero remontarme a la época de mis años mozos y recordar a esa ciudad que habitamos en la niñez y juventud las generaciones que tenemos más de cincuenta años y el privilegio de seguir vivos y conscientes; cumplir años, es un privilegio porque muchas personas se quedan en el camino. Lejos de esconder la edad, es un orgullo confesarla porque representa el hecho de ser testigo de la historia de los últimos tiempos y ser copartícipes de la evolución.

Empezaré por recordar Tamatán; en la década de los cincuenta, corría una acequia paralela a la Calzada Luis Caballero, donde los niños nos bañábamos en días calurosos, bajo las verdes frondas que bordeaban la mansa corriente. Había sardinas que con gran placer atrapábamos, para ponerlas en botes de cristal y ser liberadas después de disfrutar la pesca. Yo gozaba de esa delicia porque una de mis tías, Celeste Caballero, era catedrática de la escuela Normal Rural Lauro Aguirre, que tan atinadamente dirigía en ese tiempo el inolvidable y excelente maestro Rigoberto Castillo Mireles, quien tenía dentro de su personal a su esposa la maestra Elia Gutiérrez, hermosa en su presencia, gran ser humano y excelente maestra. Fue un privilegio departir con su hermosa familia en su casa que estaba a pocos metros de la escuela y que aún está de pie como mudo testigo de la historia, desde el patio de aquella casa escuchábamos el rumor del río que corría cerca. Recuerdo la fábrica de hielo de la escuela y aquellos columpios rústicos de madera y mecate grueso de ixtle donde al mecernos, soñábamos con volar.

La vida en Ciudad Victoria, Tamaulipas transcurría con tranquilidad; las calles pavimentadas llegaban hasta Carrera Torres al norte, Aldama ya no tenía pavimento, al sur, sólo hasta el río San Marcos que era angosto y sólo cabían dos vehículos en la calle Ocho. Del panteón del Cero Morelos a la Calle 22 se consideraba las orillas de la Ciudad. Los niños elevaban papalotes construidos por ellos mismos y por las tardes, se barrían las banquetas y las mamás sacaban sus sillones de palma en verano y se sentaban a platicar mientras las niñas jugaban a las rondas, a saltar la cuerda y los encantados. Los niños a las canicas, con sus baleros y sus trompos y también a los encantados.

Durante los días libres, subíamos a los árboles, a los columpios y cuando llovía era un placer salir descalzos a mojarnos en la calle y hacer barcos de papel para que navegaran en las corrientes de agua que se formaban.

Los domingos íbamos a misa de doce, comíamos en nuestras casas y después al cine con las amigas. Al terminar la función, nos íbamos a la plaza para ver a los amigos y platicar. ¡Cuántos romances y separaciones se gestaron en esa plaza de mis recuerdos! Cuántas lágrimas vertidas de felicidad y tristeza, ocultas en esos jardines, que hoy aún lucen majestuosos entre el Palacio de Gobierno y el Centro Cultural

Escuchábamos música en radios portátiles de transistores que era la novedad. Cuando realizaron en México las Olimpiadas en 1968, llegó la señal de televisión a color, solo se veía un canal de lo que hoy es Televisa.

Los estudiantes que tenían recursos económicos suficientes se iban a estudiar a otras ciudades porque aquí no había más que la Facultad de Veterinaria de la UAT, y la Escuela Normal.

Podíamos caminar a cualquier hora del día o de la noche; no había balaceras ni tantos peligros como ahora. Comíamos cosas más saludables y había menos enfermedades. Era un verdadero placer comer en verano moras blancas o moradas que cortábamos en donde encontrábamos árboles, igual que los nísperos que generosamente nos ofrecían su fruta. El mundo era distinto al que viven los jóvenes de hoy.

Quienes vivimos ese paraíso de paz, concordia y armonía de una pequeña ciudad donde todos o casi todos nos conocíamos, nos sentimos un poco nostálgicos viendo que hoy, la mensajería instantánea y Facebook, así como los juegos electrónicos de las nuevas generaciones, poco a poco van desluciendo las relaciones interpersonales de mi “rancho” como muchos llaman a nuestra Ciudad. ¡Ah! El silbato del tren que a medio día, llegaba de Monterrey para ir a Tampico! Las señoras con sus canastas de palma ofreciendo envueltos en servilletas limpias y bordadas sus productos; tacos, gorditas, empanadas, chiles rellenos, pemoles y más. Hoy sólo quedan algunas vendedoras que frente a la estación mantienen la añeja tradición de vender.

 

Querida Ciudad Capital,

cuna de mi historia y mi vida

hoy canto con alegría

y te quiero celebrar.

Por eso voy cantar

una bella melodía

en este grandioso día

que cumples un año más.

De Tamaulipas serás

siempre una prenda querida.

 

 

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