Los Peluqueros de Victoria (I)

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Quien también fue víctima del “embrujo” de Chucha fue el Cronista de Victoria, Francisco Ramos Aguirre; nos reveló que también le tocaron besos y abrazos de este personaje entrañable de la Capital.
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Francisco Ramos Aguirre.-

“Soy maestro… y de los de antes, no como los greñudos de ahora”, decía a los cuatro vientos el célebre profesor Porfirio Saldaña. Para librarse de esa lapidaria sentencia y no sentirse Tarzán, lo mejor era acudir al peluquero, oficio que se practica desde tiempos ancestrales. Definitivamente, a lo largo de la historia estos caballeros de las tijeras, navajas afiladas, expertos en arreglar el cabello, barba, bigote y patillas, han jugado un papel importante en la estética masculina.

La palabra peluquero deriva de peluca, pero en Francia se les llamaba fígaros. Eran los encargados de cortar el pelo y arreglar pelucas y peluquines de la nobleza. Los primeros que llegaron a México, lo hicieron durante la conquista española. Bajo estas circunstancias, en el censo de 1825 en la Villa de Aguayo, se registra la presencia de un barbero. Desde entonces, prácticamente todas las ciudades y pueblos tienen sus peluqueros.

Hace algunas décadas, el ambiente de las peluquerías de Ciudad Victoria, era muy diferente a las estéticas de la actualidad. Por ejemplo, no faltaban los enormes sillones reclinables y giratorios, grandes espejos de pared a pared, un cuadro de fotografías con los modelos de corte de pelo, varias sillas La Malinche para esperar el turno y por supuesto, las revistas Jueves de Excélsior, Siempre, Impacto, Box y Lucha y Memín Pingüín. En un gran tocador sobresalían: lociones, tijeras, peines, rasuradoras, talcos, tazas con espuma, brochas, navajas de rasurar y máquinas manuales o eléctricas. El principal protagonista era el fígaro, quien portaba una filipina blanca, haciendo gala de maestría al momento de ejecutar su oficio.

Los establecimientos que operaban en el centro de la ciudad y barrios, eran de primera a cuarta categoría. Los peluqueros trataban bien a la clientela. Mientras movían la tijera, hablaban sobre política, chismes de vecindad, deportes, enfermedades y cosas por el estilo.

A reserva de lo que consignan el cronista Vidal Efrén Covián Martínez y don Panchito Ruiz, en sus libros: Ciudad Victoria en 1922 y La Alianza Obrera y Progresista, resulta difícil localizar una nómina o control municipal, acerca de los oficios que se practicaban en la capital tamaulipeca. Sabemos que existieron gremios de cocheros, albañiles, encuadernadores, herreros, plomeros, tipógrafos, talabarteros, zapateros, filarmónicos, meseros y pintores de brocha gorda.

Para tener una idea más clara sobre estos personajes, vale la pena recordar algunas peluquerías y barberías de finales del siglo XIX. Por ejemplo: El Indio Triste (1889) ubicada al sureste de la Plaza Juárez y La Fronteriza (1892) de Genaro Salomón, en la esquina en la calle Morelos y Diez. En 1912, Manuel G. Gallegos propietario del Indio Triste, trasladó su negocio a la calle González 12 de la Colonia Mainero. Otra peluquería de esa época era propiedad de Mariano Mejía, ubicada en la esquina del 17 Zaragoza.

En 1924, lograban fama de excelentes peluqueros, quienes se establecían en céntricas calles de la ciudad, alrededor de plazas y hoteles. Por ejemplo: Santiago Betancourt -Juárez 16-, Ramón García -Juárez 26-, Melesio Gómez -Hidalgo Seis-, Rodrigo T. Ibarra, -Nueve Tabasco y Quinta Gárate- y Trinidad Muñiz, -Nueve Matamoros y Guerrero-. Por esos años, ocho peluqueros retornaron a Victoria, después de trabajar en la Peluquería Excélsior de Tampico, dos de ellos eran: Venustiano García y Chago Betancourt.

Don Venustiano García, fue uno de los más populares de la ciudad. Acondicionó su peluquería en una de las habitaciones de la Casa Filizola (13 y 14 Hidalgo), donde permaneció 31 años. Era uno de los preferidos del mundillo político. En los años treinta, tuvo en su lista de clientes distinguidos a Rodolfo Echeverría, pagador federal y su pequeño hijo Luis Echeverría Álvarez. Durante su visita a Ciudad Victoria como candidato presidencial, se sorprendió de la supervivencia del peluquero.

En su cómodo sillón Colombia, adquirido en la capital poblana, se sentaron: Jesús Reyes Heroles, Marte R. Gómez, Candelario Reyes, Juan Rincón, Magdaleno Aguilar, Alfredo y Rodolfo Elías Calles. Estos dos últimos, hijos del expresidente Plutarco Elías Calles, se hospedaban en el Hotel Palacio. Ambos le brindaban generosas propinas, desde 50 pesos, cuando el corte de pelo valía cincuenta centavos. En la década de los ochenta, poco antes de su fallecimiento, don Venustiano, se estableció en el Nueve Carrera y Aldama.

 

Cronista de Victoria

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