México 68; zozobra en el estadio

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Eduardo Narváez López.-

En México desde fines de julio de 1968, se vivía un Clima de impaciencia previo a los Juegos Olímpicos. No hay plazo que no se venza, ni fecha que no se cumpla. En Gobernación, donde se planeaban las estrategias para preservar el orden y seguridad interna del país, se respiraba un clima de impaciencia por restablecer la tranquilidad de la Ciudad de México, necesaria para ofrecer a nacionales y extranjeros que la Olimpiada se efectuaría sin incidencias desagradables. Con anticipación las agencias turísticas ofrecieron en sus tours la asistencia a los diversos juegos. Desde principios de año se pusieron a la venta al público en general los boletos. Se difundieron programas de cada evento deportivo para que la gente organizara sus asistencias.

En las oficinas de los negocios de venta de artículos para el hogar de don Humberto López Cervera, este y su principal colaborador, mi hermano Emilio Narváez López, encargado de las contabilidades, programaron su asistencia a los diversos eventos deportivos, salvo a la ceremonia de inauguración que se efectuaría el sábado doce de octubre; boletos que los organizadores pusieron a la venta hasta mediados de septiembre, la cual efectuaron con bastantes precauciones y, tal vez, hasta investigaron a los solicitantes. No tuvieron problemas los altos funcionarios y familiares de primer grado, pero sí todos los demás, incluyendo a don Humberto y Emilio.

Mi hermano decidió sacar su as de la manga del saco: sería un hecho que su amigo de la infancia, Miguel Núñez Alvarado les obsequiaría pases de cortesía a don Humberto y sus gerentes, ya que era integrante del Comité ejecutivo y compadre de Evaristo Pérez Arreola, secretario del Sindicato de Trabajadores y Empleados de la Unam -en ese tiempo con más de diez mil afiliados-. Sin embargo, sus planes se estrellaban contra la terca realidad: se pusieron en práctica los controles estrictos establecidos para cuando el país estuviera en peligro, empezando con restringir la asistencia de familiares de los altos funcionarios y líderes de las cúpulas empresariales, porque además no estaba descartada la posibilidad de disturbios por la reciente matanza de Tlatelolco.

Emilio, empeñado en estar en la inauguración, ideó con Miguel Núñez algunas posibilidades, entre otras, si podría ser uno de los acompañantes, junto con el propio Miguel Núñez, de Evaristo Pérez Arreola; sin embargo también aquí hubo severas limitaciones. Tampoco consiguió que lo incluyeran como cachirul de alguna de las escoltas de guardaespaldas:

-Como crees, compadre, si no reúnes ni una parte del perfil: no se aceptan manzaneros o tun tunes, no tienes ni tantito la talla de complexión robusta, ni… “Párale compadre, no aproveches el viaje para exhibir mi escasas debilidades”. “No, Emilio, a donde quiero llegar es que tú debes ser el escoltado, porque hay que cuidar al que tiene muchas fortalezas”.

Miguel farfullaba algunas vislumbres que iban in crescendo, a la par que el entusiasmo de Emilio; pero poco a poco decrecían hasta desecharlas. Por fin captó una pequeña lucecita que fue adquiriendo cierta claridad:

-Mira, Emilio, si ya vimos que los de arriba se ponen muy flamencos, hay que aprovechar a los no tan vistos: los de abajo. El siguiente plan es muy arriesgado, pero no se me ocurre otro. Puedes ir con solo un acompañante; solito si llegas a tener problemas, que es lo más probable, podrías enloquecer. Tú sabrás si lo asumes con todo y sus consecuencias, que si se da el caso; no te vayan a traicionar los nervios, he visto aquí en el sindicato reaccionar al más valiente, al más inteligente. Cuando se llena de pánico, pronuncia disparates. No vayas a declarar: “No, no, no conozco a nadie del sindicato. Miguel ni siquiera ha sido mi amigo desde la infancia, ni en Ciudad Victoria llegó a vivir a dos cuadras de mi casa; tampoco pasa un fin de semana que no lo vea para botanearnos las peleas de box y ver el futbol por televisión; nos gusta Vicente Saldívar, Ultiminio Ramos y Las Chivas que en el campeonato de liga van de líderes junto con Cruz Azul; escuchar las melodías de moda: “Esta tarde vi llover”, “Adoro”, “Somos novios”. Nos gusta “Yo soy aquel” y “Digan lo que digan”, que canta el aspaventoso de Raphael. Algo de Angélica María, Los hermanos Carreón o Carlos Lico; sin faltar lo ranchero con Cuco Sánchez, José Alfredo Jiménez, Lucha Villa. Para nada los activistas Violeta Parra, Víctor Jara, Judith Reyes u Oscar Chávez. Que de Rock solo te pasan Los Beatles. Que no te gusta leer Excélsior porque acaban de nombrar a Julio Scherer como director y, ya saben, cómo ataca a Echeverría, nuestro secretario de Gobernación, quien para nada acordó con Díaz Ordaz la invasión de C.U. y el Poli. No creas todo lo que acabo de mencionar, lo dije con sorna. Ahí te va el plan, Emilio:

A las cinco de la mañana va a entrar al estadio un primer contingente de cien afanadores que darán una pulidita a los palcos. Como se pueden contar fácilmente, no es conveniente que entren con ellos, pero sí al segundo grupo de unos 300 barrenderos. Parte de estos los meterán a unos baños o compartimientos de útiles de limpieza o algo así. Enciérrense sin hacer ruido, porque enseguida llegarán los del Estado Mayor –muchos creíamos que estos militares de élite sumaban de 50 a cien; pero en el 68 sumaban cuatro mil, y actualmente ocho mil-, vestidos de civil con ciertos distintivos que para muchos pasarán desapercibidos –en las fotografías se observan decenas de miles con camisas blancas y sombreros chicos, sembrados entre el público -¿a la manera de los guantes blancos de Tlatelolco?

Luego llegarán miles de soldados bien pertrechados que se apostarán afuera del estadio, dispuestos a repeler, si ocurrieran, manifestaciones de agravio.

Bueno, compadre, tú sabrás si te arriesgas. En caso de ser sorprendidos asuman solos las consecuencias. Ninguno del sindicato estamos en esto. Posiblemente los sometan a interrogatorios bajo torturas: que terroristas, comunistas que quieren desestabilizar a nuestras honradas instituciones. No faltará el ignorante de la historia y sus tiempos, que los acuse de haber participado en la conjura para asesinar a Obregón. Para que sean menos los toques a los bajos, respondan a todo que sí. Si lo niegan, de todas maneras los Ministerios dirán en Actas lo que quieran. Diríjanse a ellos con el grado de general, de coronel, mínimo de capitán; eso les gusta, y modera las tensiones.

Emilio, recién egresado de la Esca del Politécnico, contador y actuario, en plenitud de la vida, lleno de bríos, invitó a acompañarlo a uno de los  gerentes del consorcio, el señor Emerit Sekely Pineda, maduro de unos 42 años, estatura y complexión regular, quien absorto en su trabajo, no estaba al tanto de la gravedad imperante en el conflicto estudiantil, aceptó de inmediato, pensando que México no realizaría otra Olimpiada o si la había, él ya no viviría para contarla.

Cinco de la noche del miércoles 12 de octubre –aún no había luz de la mañana-. Una vez que hubieron traspasado la línea del compartimiento en que fueron encerrados, Emilio exclamó: “Alea jacta est” y Emerit: “La suerte está echada”, dando a entender que ya no había punto de retorno. El salón estaba más frío y húmedo que un frigorífico y que el exterior, como suelen ser las noches y madrugadas de octubre y noviembre de la Ciudad de México; aunque al medio día haga calor–. Tiritando, se abrocharon los abrigos hasta el último botón de arriba.

-“¡Y así vamos a esperar cuatro horas a que abran!-. Pa´entretenernos y calentarnos, cuéntese unas tallitas picosas, Emilio, usted que se sabe muchas”. “Con esta angustia y zozobra, no doy con una”. No apenas se habían acomodado en un rincón, cuando oyeron graves murmullos. A través de una rendija horizontal divisaron en la explanada, afuera del estadio, a miles de militares vestidos de civiles, que por la agilidad y reciedumbre con que comenzaron a calentar músculos eran, seguramente, elementos del Estado Mayor Presidencial. “¡En la madre. Están bien mamados los angelitos estos!” –dijo Emilio, admirado-. “Los santos padres nos cojan confesados –dijo Emerit, persignándose-. Y preguntó a Emilio por qué se sonreía; a lo que dijo que ya se había acordado de una tallita: que a esa exclamación –parecida a la que acababa de emitir-, un muchacho de gustos diferentes, agregó: “Y también sin confesar, adió, ¡faltaba más!”. Tiritando de frío y de miedo, y cabeceando, se rehusaban a cerrar los ojos por la zozobra. Se alertaron hasta el paroxismo cuando observaron que, como en procesión, ingresaron por racimos los del Estado Mayor. Luego a través de otra rendija frente a un tramo del túnel los vieron pasar rumbo a las gradas. Tres de ellos dieron vuelta hacia donde Emerit y Emilio se encontraban resguardados: “¡Ahora sí, compadre, nos van a coger en nuestra madriguera!”, –casi grita Emerit-. Emilio con voz delgada, temblorosa, respondió: “¡Que nos agarren nada más, compadre!, ¡Que tan solo nos agarren!

 

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