Reflexión dominical

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Antonio González Sánchez.-

Para los creyentes que participan de la misa dominical, que es celebrar el sacrificio Redentor de Cristo, es decir su muerte y su Resurrección. La Palabra de Dios escrita, contenida en la Biblia ilumina al creyente frente a las situaciones difíciles del ambiente en que se vive.

Este domingo la Palabra ayuda a contrarrestar las ideas que se manejan en torno al matrimonio.

El matrimonio hunde sus raíces en un aspecto esencial de la condición humana plasmado en el libro del Génesis: “No es bueno que el hombre esté solo”. Esta tendencia natural a socializar, a estar con otro, fluye en las relaciones que se entablan con los semejantes; por eso, el ser humano que Dios concibe no es un ser solitario, sino que está hecho para vivir acompañado y acompañando. Todos los seres, incluido el ser humano, provienen de la misma tierra y comparten una igualdad creatural. No obstante esa igualdad, el hombre “no encontró entre ellos ninguno semejante a él. Ninguno que le ayudara”.

Ayuda para no estar solo, para alcanzar la plenitud, para vivir la experiencia de la entrega. El ser complementario, la compañía que rompe con la soledad del individuo debe surgir del mismo hombre, ya no de la tierra, sino de la naturaleza humana. Es por eso que Dios hace entrar en un profundo sueño a Adán, para sustraerlo de la realidad a la que hasta ahora pertenecía y hacerlo regresar (despertar) de manera distinta; de su cuerpo transformado, herido como de parto, surge un ser semejante a él, la ayuda adecuada que permite integrar y conformar el género humano como varón y hembra: “Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer porque ha sido formada del hombre”.

Las dudas del hombre a lo largo de la historia y su corazón vulnerable, lo llevan a preguntarse lo que aparece en el texto evangélico dominical, Mc 10, 2 – 16, :“le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa”. No hay en realidad una respuesta afirmativa, o negativa, sino una invitación a recordar el origen creacional, donde echa la raíz la dignidad del hombre y de su naturaleza: “desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola carne”.

Unidad, indisolubilidad, consentimiento, voluntad, entrega mutua, alianza, son los elementos implícitos en las palabras del Evangelio. El matrimonio se convierte en el acto consciente de dos seres que se aman.

Se puede orar con palabras del Salmo 127: “Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos: comerá del fruto de su trabajo, será dichoso, le irá bien”.

Que el amor y la paz del buen Padre Dios permanezca siempre con ustedes.

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