De cultura, nombramientos y buenos cuentos

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Libertad García Cabriales.-

La cultura es, lo que en la muerte, continúa siendo la vida

                                          André Malraux

 

Se dice que el multi-premiado escritor Rafael Ramírez Heredia nació en la Ciudad de México en 1942, pero era feliz diciendo que había nacido en el puerto de Tampico: “de río inmenso, de playas blancas, de muchachas hermosas”. Y muchos lo creyeron, porque hasta las páginas en red así lo consignan. Independientemente del espacio donde dejó el ombligo, Rafael era tampiqueño por decisión, por puro amor al puerto donde vivió su niñez y pasó grandes momentos  de su vida: “Yo fui un niño absolutamente feliz. Lo que más recuerdo con mayor cariño en mi vida, es mi infancia en Tampico, nadando, pescando, buceando, en medio del calor comiendo guayabas y caminando semidesnudo por ahí”, señaló en una entrevista.

Nieto del notable veracruzano Rafael Ramírez Castañeda, sensible educador reconocido en la posrevolución como forjador de la Escuela Rural de México e integrante de la pléyade de ilustres que descansa en la Rotonda Nacional; Rafael Ramírez Heredia creció rodeado además de mares y palmeras, también entre libros, experiencias y discusiones inteligentes que abonaron a su significativa carrera como hombre de letras. Periodista, cronista, dramaturgo, profesor y promotor incansable de la literatura; Rafael decidió  ser escritor cuando cursaba la carrera de contaduría (decía que prefirió hacer cuentos que cuentas) y con sus letras consiguió, no sólo grandes reconocimientos, sino también muchos lectores.

He sido una de las gozosas lectoras del “Rayo Macoy”, también llamado así por su célebre cuento con el que ganó el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo, disputado entre más de 2500 escritores. Pero si algo me conecta a las letras de Ramírez Heredia es su pasión por nuestra tierra huasteca reflejada en muchas de sus obras. En ese contexto tuve el honor de presentar hace años uno de sus libros aquí en Ciudad Victoria y platicar largamente con Rafael, conversador excepcional. El libro en cuestión se llama Del Trópico y este domingo lo volví a leer porque recordé un cuento relacionado con el nombramiento de un funcionario de cultura.

Elías Castillo, alias El Güero, es el personaje a quien el jefe le concede el puesto de mandamás de la cultura muy a su pesar porque él esperaba recibir una secretaría, la tesorería o mínimo el manejo de la prensa. Pero ay, con todo y los méritos ganados en campaña “poniendo en bandeja todo” para que el candidato se luciera, al Güero le toca la cultura. Y el lector no puede más que gozar la fina ironía de Rafael Ramírez cuando pone en boca del Güero Castillo las conversaciones con su esposa llena de rulos en la cabeza diciendo que pensaba le darían un puesto mejor que “andar correteando musas y por si eso fuera poco, andar organizando actos cívicos”. Y no encontraba la razón para que el Presidente lo embarcara en ese “carguito para mujeres” sin tomar en consideración su gran trayectoria partidista.

Poseedor de una conciencia crítica que con fino humor pone el dedo en la llaga, Ramírez Heredia retrató en su ameno cuento la costumbre todavía vigente de muchos jefes para nombrar los encargados del quehacer cultural. Porque para nadie es un secreto que muchos políticos ven a la cultura y las artes como un adorno, como cosa de “fiestecitas y bailables” para entretener al pueblo. Y con esa mirada se dan muchos de los nombramientos en diversas partes de nuestro país. Así pues, hemos visto de todo en la viña cultural, donde muchas veces como en el cuento, los funcionarios culturales reniegan del puesto por considerarlo poca cosa.

Y peor todavía: la repetida costumbre de asignar responsabilidades culturales a personas que no sólo no tienen conocimiento al respecto, sino que son incapaces de prepararse, de ponerle cabeza y corazón a su tarea. Jorge F. Hernández lo dice mejor: “el tema de fondo es el desdén con el que políticos de diverso giro ideológico han contaminado a México y no pocas partes del mundo con la oprobiosa manía de desdeñar la cultura, abonar a la amnesia de la memoria histórica y someter los vuelos libres de la imaginación a las cuadrículas del mercado”.

Qué tristeza. Mientras siga habiendo “jefes” que no entiendan que es precisamente la cultura la que nos sustenta, nos identifica y salvaguarda lo mejor de nosotros; no habrá forma de salir de crisis alguna. En el cuento de Ramírez Heredia, el Güero Castillo al final toma el libro más gordo de su oficina para aprender de su nuevo encargo. Es el diccionario y descubre ante tantas palabras que “los intríngulis de los asuntos culturales están de la fregada”, es decir, muy complicados.

Y no les cuento más lectores queridos, mejor lean y reafirmen al leer la enorme fuerza de la cultura, la vitalidad expresada en los saberes y sabores que nos identifican. Cultura siempre viva, pese a los ignaros y sus desatinos.

 

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