El mandato

0
35
Tiempo aproximado de lectura: 3 minutos

Jaime Elio Quintero García.-

Resulta difícil definir hasta dónde llega un mandato constitucional, en un sistema presidencial como el mexicano, acostumbrado a sobrentender lo que este significa, y a gobernar con la discrecionalidad que al mandante más le convenga para sus fines personales, de grupo, o para tomar desquite de agravios políticos, o lo que es más aún, para preservar en el poder sus ideas y concepciones de gobierno y destino del país, sin importar si estas sean contrarias al bien común, o a las razones por las que el mandante le otorgó su voto y confianza.

Gobernar a capricho ha sido, y con mucho, la divisa principal del presidencialismo mexicano posrevolucionario, desde luego en el contexto de un modelo en el que los intereses públicos y empresariales van necesariamente asociados, a fin de garantizar paz pública y desarrollo social para los diversos segmentos de las clases medias y populares.

Esto es a lo que en términos llanos se le llama capitalismo de Estado o constitucional, por tanto, tratar de romper este esquema macroeconómico y político es, por lo menos en occidente, tirar a una nación entera al vacío, en donde las mayores consecuencias recaen en lo que hoy, por moda, se ha dado en llamar “pueblo sabio, el que nunca se equivoca”. Es así, con esta frase sustantivada, amigo lector, como el presidente electo el pasado primero de julio, empieza a invertir su capital político.

El desgaste será muy rápido, sin duda alguna, como lo fue en el caso del presidente Peña Nieto, quien invirtió el suyo, al inicio del sexenio, en las reformas estructurales y sus respectivas leyes secundarias, así como también lo fue para el presidente Felipe Calderón, quien lo invirtió en su guerra contra el crimen organizado, para Vicente Fox en cuanta simpleza se le vino a la cabeza, para Ernesto Zedillo en arreglar el error de diciembre, la institucionalización de los componentes macroeconómicos y los acuerdos zapatistas, para Salinas de Gortari la destrucción de cacicazgos de líderes obreros, la privatización  de empresas públicas y la reprivatización de la banca.

De esta misma manera es como el señor López Obrador comienza a invertir su capital político (30 millones de votos y mayorías aplastantes en el Poder Legislativo), con una consulta popular fallida y desconocida por resolución judicial del 19 de octubre pasado. Por una parte. Y por otra, igual o más importante que la antes mencionada, por la bajísima cuantía de sufragios emitidos en la citada consulta (más o menos un millón de votos), hecho que evidencia el abandono de una muy buena parte de su base electoral, tan solo a cuatro meses de haberle dado su respaldo en las urnas.

El tema del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México (NAIM) es, si uno lee con cuidado y buen ojo político, el primer costo político a pagar por el señor López Obrador, y a la vez, la primera y mejor evidencia de que tendremos, a partir de diciembre próximo, un gobierno de antojos y voluntades personales.

Mire usted, amigo lector, el presidente López Obrador empieza a usar su mandato diciéndole a los empresarios mexicanos que le impidieron llegar a la presidencia, o se le opusieron fieramente en 2006, (Agrupados en la Coparmex y Consejo Coordinador Empresarial), tenedores del 75 por ciento de los bonos del proyecto aeroportuario más grande de la América Latina, que en su gobierno no tienen un lugar, y que serán sustituidos por otros grupos empresariales con quienes gobernarán.

Lo lamentable de todo esto, es que México pierde una obra central para su desarrollo económico y su futura competitividad como país.

Gracias por su tiempo.

 

Comentarios