¿Golpe de Estado (o de municipio) al cronista de Victoria?

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Octavio Herrera Pérez.-

Con sorpresa nos hemos enterado que en la pasada junta de cabildo municipal de esta Capital se tomó el acuerdo de rescindir la función del cronista de la ciudad, Francisco Ramos Aguirre, sin medir explicación alguna, solo un acuerdo unánime ausente de explicaciones hacia la sociedad a la que se debe dicho cuerpo edilicio. También se supo que, como segunda parte del acuerdo en cuestión, se publicaría en fecha próxima una convocatoria para que se presentaran las candidaturas posibles para ocupar esa inestimable actividad, pero sin que al momento se tenga noticia de los tiempos y términos que deberán cubrir los potenciales postulantes. De lo anterior surgen una serie de cuestionamientos que vale la pena poner en claro de cara a la creciente demanda de transparencia que cada día exige una sociedad mayor claridad en cuanto a las decisiones que toman las autoridades, a contrapelo de la resistencia que éstas ofrecen, empeñadas en mantener la opacidad y la verticalidad de sus acciones. Esto hace parecer que en Tamaulipas vivimos un tiempo en que se da un paso hacia adelante en materia de cambios en beneficio de la sociedad, pero en la realidad se han dado dos para atrás en el curso de la marcha.

 

¿A QUIÉN REPRESENTA Y CUÁL ES LA FUNCIÓN DEL CRONISTA?

Desde tiempos muy pretéritos, cada localidad o urbe de nuestra civilización, al menos de la cultura occidental que es de lo que mayor información se dispone, han tenido un personaje que destaca, de tiempo en tiempo, como el relator del acontecer histórico cotidiano de la comunidad en la que vive. En esa tarea recoge testimonios de la más diversa índole, escritos, orales, gráficos, periodísticos y de otras múltiples fuentes, con el propósito de divulgarlos y contribuir con ello al enaltecimiento del sentido de pertenencia y orgullo de su comunidad. Generalmente esos individuos surgen de manera espontánea, sin que ninguna autoridad tenga que convocarlos para que realicen su trabajo. Lo hacen por pleno convencimiento y corazón, invirtiendo su tiempo, energía y hasta en ocasiones su dinero, para conseguir su propósito. Ejemplos de ese verdadero apostolado lo podemos ejemplificar en figuras de nuestro propio solar tamaulipeco, como fue el presbítero Carlos González Salas que, si bien poseía sobradas dotes académicas y profesionales, no despreció la crónica de su amado Tampico; una labor que cultivó con pasión, produciendo una serie de obras editoriales que son ya clásicas para acercarnos al pasado íntimo del puerto jaibo. Otro caso lo fue don Eliseo Paredes Manzano, el primer cronista de la Heroica Matamoros, con quien yo tuve el privilegio de iniciar mis primeros atisbos en el campo de la historia, quien decidió dar la batalla en la defensa de la protección del último de los fuertes militares que rodeaban la ciudad, luchando contra los intereses especuladores que nunca faltan, que deseaban demoler el monumento y adquirir la propiedad para fines comerciales; dejó a su paso dos obras editoriales claves para comprender el origen y función de esa línea defensiva, así como un texto imprescindible sobre los pobladores originales de la Congregación del Refugio.

 

¿EXISTE REGULACIÓN JURÍDICA SOBRE EL NOMBRAMIENTO DEL CRONISTA?

Sí, existe, promovida en gran medida por el diputado Pedro Alonso Pérez durante su gestión como representante popular ante el Congreso del Estado. Se inscribe en la ley orgánica que rige para los municipios, a los que compromete en mantener una instancia local, con pleno apoyo, para la realización de la crónica local. Naturalmente, sujeta al acuerdo del cabildo, que es al final, en primera instancia, quien toma la decisión. Sin embargo, tomar el acuerdo para elegir a un personaje como cronista oficial no es un asunto burocrático, ni mucho menos político; claro, esto suele ocurrir, o así lo interpretan las autoridades ignorantes del papel y cualidades que deba tener el elegido. Así ocurrió en esta misma capital, en la antepasada administración municipal, cuando se nombró a un individuo cuya única virtud era precisamente su militancia en la grilla, de ahí que su productividad como cronista haya sido nula, y solo recordado por un disparatado discurso que ofreció con motivo de la celebración de la capitalidad, allá por la plaza Hidalgo. Cabe recordar que en ese entonces la convocatoria lanzada por ayuntamiento para buscar un buen prospecto para esta posición fue violada por el mismo cabildo, que desoyó a las voces de protesta, que las hubo, incluso con un desplegado formal por parte del colectivo de los historiadores de Tamaulipas; no obstante, en “fast track” se nombró al referido personaje, pero cuya incompetencia llegó al punto que el nuevo cabildo, de la administración anterior, lo defenestró por unanimidad. ¿Se repetirá esta misma mecánica, de una convocatoria “a modo”?

Quiero pensar que una de las condicionantes que pudiera tener la nueva convocatoria para el nombramiento del cronista de Victoria, sea el que compruebe haber nacido en esta misma ciudad (y peor aún sería que tuviera que tener “un apellido reconocido”); un candado infranqueable que no pudiera traspasar el actual cronista si quisiera estar en la puja de la nueva promoción lanzada por el ayuntamiento. Si así fuera, el reduccionismo localista sería insoportable, al negar que esta ciudad capital ha adquirido precisamente el perfil que la caracteriza en estos tiempos modernos gracias a las aportaciones de las muchas personas que han llegado de otras partes de la entidad o del país a hacer de ella su residencia permanente. Porque Paco, como afablemente se le menciona al cronista, es oriundo de Saltillo, como también lo fue Artemio del Valle Arizpe, el gran cronista de la Ciudad de México.

Otra explicación que pudiéramos pensar que motivó la decisión tomada en el cabildo para remover al cronista, es que haya permeado hasta este nivel la dinámica que ha caracterizado a la administración pública estatal, de despedir a toda aquella persona que tuviera algo que ver con los gobiernos anteriores, descabezando sí, positivamente, a muchos aviadores y vividores del erario, pero despojando de su legítimo empleo a numerosos cuadros laborales a los que se les podía tipificar dentro de un perfil profesional de carrera institucional. Y si bien no se pone en duda el derecho que asiste al cabildo de remover al cronista, insisto, hay que considerar que no es un funcionario o burócrata. Se trata de un cargo que tiene el aval de la sociedad que lo legitima (solo con ver las redes sociales ante este caso), algo que los miembros del cabildo, como representantes de la sociedad, deberían entender; y si no ¿a quién representan?

 

UN CRONISTA SE HACE DE CARA A LA SOCIEDAD, NO POR

UN ACUERDO OFICIAL

El perfil del cronista se configura incluso antes que de que ocupe un nombramiento oficial por parte de la autoridad local. Esto lo avala su obra, preferentemente escrita, con textos tipo libro donde demuestre su habilidad para la narrativa histórica, como también los artículos de divulgación sobre estos mismos temas, además de su predisposición a convertirse en un verdadero oráculo de las cuestiones del pasado de su comunidad; y si actúa oficialmente, ser un aliado a las directrices de la política cultural y educativa de la administración en turno. Por eso existen casos en los que el cronista posee la suficiente legitimidad social y académica como para permanecer en su posición. Creo que tal perfil lo reúne Francisco Ramos Aguirre, a quien desde estas líneas lo conmino a que, una vez lanzada la convocatoria en cuestión por el actual Ayuntamiento, presente su solicitud de refrendo de su posición. Y aquí también expongo que sería de gran interés para la sociedad, que el cabildo local repare con dignidad este entuerto, y haga completamente transparente la forma en que se volverá a tomar la decisión de nombrar al cronista. Para ello considero que sería indispensable apoyarse en evaluadores académicos reconocidos para que avalen su veredicto. Esto redundaría en beneficio de toda la comunidad victorense y aportaría prestigio y nobleza al Ayuntamiento presidido por el doctor Xicoténcatl González Uresti.

 

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