El fin de la Primera Guerra Mundial, a cien años de distancia

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Octavio Herrera Pérez.-

Hace ya cuatro años (vaya que el tiempo se va volando), en estas mismas páginas de El Diario de Ciudad Victoria realicé una reflexión sobre el centenario inicio de la llamada, en su tiempo, como la Gran Guerra y que ahora reconocemos como la Primera Guerra Mundial (pues hubo una segunda secuencia, más devastadora). Esta vez, lo será en razón de los cien años del fin de aquel conflicto ocurrido el once de noviembre de 1918. Lo cierto fue que ese terrible acontecimiento cimbró y cambió el ritmo histórico de la Tierra y fue el surgimiento del Mundo contemporáneo, cuya secuencia se prolongó hasta el fin de la Guerra Fría y el inicio de la llamada globalización, que es la Era vertiginosa y altamente volátil en que vivimos, con el resurgimiento de los nacionalismos a ultranza, las tensiones por la competencia económica y el alarde de un renovado militarismo atómico. No en balde en la ceremonia alusiva a este acontecimiento que tuvo lugar en París este fin de semana, el presidente Macron, acompañado por los líderes actuales de las potencias que actuaron en la Gran Guerra, aludió a la esperanza de que el mundo no vuelva a ver una conflagración de tal magnitud, que, en nuestro tiempo, significaría la aniquilación de la humanidad.

 

ORÍGENES DEL MAGNO CONFLICTO MUNDIAL

Este conflicto anunció el fin de un orden mundial enraizado en el origen de los Estados-Nación (en los siglos XVI y XVII) y especialmente la larga paz que se prolongó desde el Congreso de Viena tras la derrota de Napoleón (1815), hasta el fin de la Época Victoriana (en alusión a la reina Victoria de Inglaterra, que reinó de 1837 a 1901); solo la Guerra de Crimea (1853-1856), la Guerra Civil de los Estados Unidos (1861-1865) y la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871), advirtieron el advenimiento de conflictos bélicos a gran escala, pero no alteraron el ritmo vigente. Por otra parte, dicha  tranquilidad decimonónica corrió al parejo del imperialismo europeo y estadounidense; el primero sobre África y Asia, el segundo sobre los restos del imperio español y Panamá. Igualmente, ese tiempo fue intensamente estimulado por la fase dinámica e industrial del capitalismo y de la explotación a gran escala de los recursos naturales del planeta.

En el ámbito geopolítico y diplomático, las viejas naciones europeas se sustentaban en anquilosadas formas y petulantes orgullos nacionales, amén de la feroz competencia colonial por apoderarse de los recursos del resto del Mundo, de ahí que tuvieran una “paz armada”. Hay que recordar que solo Francia era una república, en tanto que el resto de la geografía europea estaba aún conglomerada en antiquísimos imperios con vetustas monarquías en su cabeza. Uno de ellos, muy protagonista y que detonó la guerra, era el imperio Austro-Húngaro, con raíces en la Edad Media en tiempos de Carlomagno. Y, en efecto, fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, sucesor al trono, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, lo que conduciría un mes después a detonar la primera gran conflagración mundial, al alinearse las Potencias Centrales –Alemania junto a la corte de Viena, al igual que el Imperio Otomano (Turquía)–, enfrentados a una coalición Aliada, que incluía principalmente a Gran Bretaña, Francia, el Imperio Ruso y el Reino de Italia, sumándose tardíamente Estados Unidos.

 

ESTALLIDO DE LA GRAN GUERRA

Las hostilidades formales iniciaron el 28 de julio de 1914 y se prolongaron por cuatro años. México en ese momento vivía la fase más aguda de su revolución. Estuvieron involucrados 60 millones de combatientes, de los cuales nueve millones perecieron, víctimas de una nueva guerra industrial, con la presencia de una tecnología sofisticada (aviación, artillería pesada, submarinos, tanques, gases tóxicos…); sin embargo, militarmente, el conflicto tuvo un terrible estancamiento táctico, como resabios aún de las guerras napoleónicas, donde las trincheras, las alambradas de espinos y los bombardeos masivos fueron la constante, así como los inútiles y recurrentes avances por ganar unos cuantos metros, lo que produjo, por ejemplo, en un solo día en el frente del Somme (Francia), la muerte de veinte mil soldados británicos, masacrados por las ametralladoras alemanas.

La guerra se libró principalmente en Europa, Medio Oriente y el Mar del Norte, dejando el rastro de batallas terriblemente memorables: el Marne, Tannenberg, Verdún, Ypres, Galípoli, Caporetto, el Somme, Vittorio Veneto, y Jutlandia (marítima), entre otras, así como el hundimiento del barco “Lusitania”, que motivó en 1917 el ingreso de Estados Unidos a la guerra, justo cuando los Aliados estaban exhaustos, por lo que el ejército yanqui dejó de perseguir a Pancho Villa en Chihuahua y se embarcó a Europa. La Revolución Bolchevique en Rusia también fue un punto de inflexión en el conflicto, que permitió a Alemania, la verdadera líder de las Potencias Centrales, lanzar su última ofensiva en el frente occidental, que perdió.

 

FIN DEL CONFLICTO: EL TRATADO DE VERSALLES

El Tratado de Versalles selló el fin de la guerra en 1918, que impuso severas cargas y restricciones a Alemania; vio caer al káiser Guillermo II y se vio envuelta en un intento de revolución socialista. El Imperio Austro- Húngaro, se desmoronó, como también ocurriría con el Imperio Otomano, fragmentándose en este caso el Medio Oriente en varios nuevos países como fueron Irak, Siria, Jordania, Palestina, Líbano y Arabia Saudí, cuyos límites fueron trazados de manera arbitraria por las potencias triunfadoras. Y en Rusia desapareció el zar y el poder quedó en manos de los comunistas, que lo mantendrían hasta finalizar la centuria. Y si bien terminó la guerra y cambió la geografía mundial, quedaron sembrados los huevos de la serpiente, que aflorarían poco más tarde en nacionalismos radicales, al nacer un nuevo y terrible flagelo de la humanidad, el fascismo, y con todas sus letras: el nacional-socialismo alemán (el nazismo), que conduciría a una nueva y más terrible guerra mundial.

 

MÉXICO Y LA GRAN GUERRA

Aunque pareciera que la enorme distancia de los escenarios de batalla europeos poco afectarían a México, lo cierto fue que las circunstancias de un conflicto de tal magnitud y escala global, sí se dejaron sentir en el país. Para el verano de 1914 cuando del otro lado del Atlántico estalló la guerra, en México era derrocado el gobierno usurpador de Victoriano Huerta y 1915 fue el año de la colisión de las facciones revolucionarias, de la que salió victorioso el constitucionalismo encabezado por Venustiano Carranza. Mientras tanto, en la Huasteca tenía lugar una intensa extracción de petróleo, que vía Tampico comenzó a ser embarcado para uso principalmente de Inglaterra y sus aliados. Después empezarían las perturbaciones de la frontera con los Estados Unidos provocadas por Villa y la consecuente expedición punitiva al mando del general Pershing, lo que hacía pensar que Estados Unidos se despreocuparía por los acontecimientos europeos, más aún porque la opinión pública americana se inclinaba por mantener al país al margen del conflicto. Y fue justamente por esta situación en la frontera, que la cancillería alemana fraguó la idea de una alianza con México, emitida en el famoso telegrama Zimmermann en enero de 1917 al Gobierno mexicano. En este mensaje se conminaba a México a establecer una alianza con Alemania, que apoyaría al país para atacar a Estados Unidos y a cambio recuperar el territorio perdido durante la invasión americana en 1848. Y aunque Carranza era un nacionalista y detestaba el acoso norteamericano, aceptar la propuesta alemana era un completo suicidio para el país, por lo que ignoró el mensaje. Por otra parte, la agencia de inteligencia británica utilizó el telegrama para azuzar la intervención estadounidense en la Gran Guerra, que al final se hizo presente en los campos de batalla de Europa.

 

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