El rabino y el chivo

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Jaime Elio Quintero García.-

Hace muchos años, en un país del Medio Oriente, vivía Jacobo, un humilde sastre judío, quien a duras penas sacaba adelante a su familia con los magros ingresos que le dejaban los remiendos y demás pedidos de costuras que le ordenaban los lugareños, sus vecinos y amigos de la familia. Era tan difícil y precaria la situación económica por la que pasaban, que toda la familia se fue a vivir con él, su esposa e hijos casados, nietos, cuñados, nueras y sobrinos.

Así pasaba Jacobo los días trabajando en su taller de costura, le parecían a su pesar, largas y tediosas las horas del día, siempre escuchando las quejas, averigüatas y discusiones familiares, que él mismo a menudo se preguntaba, qué hacer para poner en paz a la familia, y que regresara la serenidad y concordia al seno de su hogar.

Siempre habían vivido de manera tranquila y resignada su esposa, él y sus dos hijos. Más ahora que la precaria situación económica de la región los había obligado a vivir en la misma vivienda con el resto de sus familiares, las cosas se ponían cada día peor, pues todos no paraban de pelear, insultarse y alegar entre sí.

¿Qué hacer? Ante esta cada vez más complicada situación, Jacobo reflexionaba para sus adentros, todo su entorno y estabilidad familiar se veían amenazados sin remedio aparente, todo podría colapsarse y venirse abajo casi de manera inevitable. Sin embargo, y gracias al consejo de un buen amigo de muchos años, que a menudo lo visitaba, para ordenarle alguna costura, o simplemente que al pasar por frente a su taller llegaba a platicar y hacer remembranzas de sus años de niñez y juventud.

Platicando Jacobo con su viejo amigo Ismael, le hacía referencia de lo que estaba viviendo en su apretujado hogar, y de lo difícil que le parecía resolver aquella situación. El amigo Ismael, como respuesta y tratando de ayudar en algo las penurias familiares de su amigo de tantos años, le sugirió hablar con el Rabino de su comunidad, le dijo: “Ve y habla con él, es un hombre sabio y bien intencionado, seguro te recomendará qué hacer para salir de este trance”.

Así las cosas, Jacobo, al final del servicio religioso de la semana pidió hablar con el rabino, quien por supuesto accedió de buena gana escuchar al conocido costurero, ya que Jacobo y su familia eran asiduos asistentes a la sinagoga del lugar. Jacobo le platicó ampliamente al Rabino todo lo que estaba viviendo la familia, lo que el Rabino escuchó atento y pacientemente, y siempre pensando en darle a Jacobo una solución práctica y sencilla, y a la vez, algo que le dejara a él y su familia una lección de vida.

Mira Jacobo, entiendo bien lo que te pasa, y comprendo tus preocupaciones. Escucha bien lo que te voy a decir, y haz exactamente lo que te voy a indicar, sé que podrá parecerte algo absurda mi recomendación. Ve al mercado hoy mismo y sin dilación compra un chivo, no mires por el precio, te aseguro que no te arrepentirás. Jacobo sorprendido, replicó al Rabino: “¿un chivo señor?” Sí, aseveró el Rabino, compra un chivo y mételo a tu casa junto con toda la familia, y espera una semana, verás luego lo que pasa. Jacobo, lleno de incertidumbres y temores apresuró su ida al mercado para la adquisición del chivo. Ahora, se preguntaba, cómo y bajo qué pretexto voy a meter el chivo a la casa, qué voy a decirles a mi esposa y a todos los demás familiares.

En esas cavilaciones estaba, cuando de pronto se vio parado a la puerta de su casa y con el chivo casi a rastras. No hay más remedio, se dijo, e irrumpió de inmediato con el chivo dentro de la vivienda atiborrada de familiares. De inmediato, y más durante la semana, todos los familiares increparon a Jacobo su osada ocurrencia de meter a la casa un chivo, sabiendo que en ella, ya no cabía ni un alfiler más, las discusiones y reclamos, como era de esperarse subieron de tono y frecuencia. El chivo de inmediato empezó a hacer tropelías, los niños corrían y gritaban asustados de un cuarto a otro, los cuñados, nueras e hijos asustados y sorprendidos a la vez por la impertinencia de su padre, de meter a la de por sí insuficiente y reducida vivienda, un animal pestilente que se orinaba y hacía popó, por aquí y por allá, que destrozaba cuantos enseres, trastes y adornos aparecían a su agitado paso.

Pasaron casi tres días después de que Jacobo hubo traído al hogar, por consejo del Rabino, al mal oliente y destructivo chivo. Era tanto el alboroto, y caos originado por el animal, que Jacobo decidió atraparlo, después de múltiples intentos y correrías entre un cuarto y otro, y llevarlo afuera de la vivienda y echarlo a la calle. Después de esto, volvió a entrar a la apretujada vivienda y notó, con sorpresa, la inusual alegría y concordia que de pronto se apoderó de su familia, ante la alegría y repentina decisión de Jacobo de echar el chivo fuera de la casa.

Jacobo, asombrado por el repentino y positivo cambio en la familia, acudió nuevamente al Rabino para informarle y agradecerle de lo sucedido en la familia, luego de haber sacado al chivo de la casa. El Rabino sonrió con satisfacción, y tan solo se limitó a darle a Jacobo unas afectuosas palmaditas en el hombro, a la vez que le decía: reflexiona y piensa, que tan solo quise darte una lección de vida que te será útil por siempre.

Jacobo entendió entonces, la sabiduría del Rabino y concluyó, qué buena idea la de este hombre sabio, primero me pidió meter al chivo a la casa y esperar a que este causara el enojo y disgusto de todos, y luego, a los pocos días, me ordenó sacarlo para provocar el regocijo y la concordia de todos. No cabe duda fue muy buena idea, se dijo a sí mismo Jacobo, ya camino a su tranquila y sosegada casa.

Es en este pequeño relato, usado con frecuencia por el articulista y novelista Jorge Castañeda, y traído a cuento el pasado lunes en el programa de televisión, La Hora de Opinar del periodista y entrevistador político, Leonardo Zuckermann, se puede encontrar, amigo lector, la metáfora exacta para describir lo que sucede en México con el actuar del presidente electo Andrés Manuel López Obrador, a propósito de la reciente intentona de someter a regulación todas las comisiones que cobran los bancos a sus usuarios.

Primero mete al chivo a la comunidad financiera, usando al senador Monreal, con una iniciativa que pasa por encima de las autonomías del Banco de México, la Comisión Nacional Bancaria y la Comisión Federal de Competencia Económica, y luego de asustar y despertar la inconformidad de los banqueros y la comentocracia mediática nacional; hábilmente saca al chivo del escándalo y el desasosiego financiero provocado, declarando públicamente, “no se preocupen, les aseguro a todos que por los primeros tres años de mi gobierno, no me voy a meter con los esquemas financieros privados en México.

Con intervención personal y pública, el presidente electo, provocó de inmediato la alegría y tranquilidad entre los empresarios y casas bancarias que manejan las finanzas en el país, y por supuesto, con lo que obtiene una buena ganancia política al hacerse del reconocimiento y agradecimiento eterno de todos los banqueros, por haber sacado al chivo de la casa. (Populismo puro, trucos y mañas aprendidas en el ejercicio de su liderazgo, y paso, por supuesto, por los partidos políticos que ha dirigido, o militado).

Esta técnica de negociar desde una posición de fuerza, es también la recomendada y usada por el presidente Donald Trump en su libro El Arte de Negociar, PRIMERO EL GOLPE Y LUEGO LA SOBADITA, Y TODOS CONTENTOS Y AGRADECIDOS, ciertamente que solo por los primeros tres años, según las negociaciones de apoyo irrestricto que el propio caudillo vaya consiguiendo para sí, del sector financiero y empresarial, lo que abona, y bastante, a su propio empoderamiento político.

Como ganancia adicional, le queda al inminente presidente, la posibilidad real de que los banqueros reflexionen desde sus casas matrices o localmente, y digan: Bueno, vamos a tener que bajar o eliminar algunas de las comisiones, porque en realidad existe la percepción de que estas son altas, con lo que nos llevamos la fiesta en paz con el gobierno entrante. El presidente, por una parte, incrementa o responde con hechos positivos a sus bases electorales, y nosotros (los bancos), seguimos cobrando la mayor parte de las  comisiones.

Así es como se empieza a comportar y así gobernará el próximo presidente de México. Cuestión de estilos, sin duda, amigo lector. Estas primeras experiencias ratifican, también sin duda, el viejo adagio mexicano de que la política, a veces es ciencia, en otras es técnica, y las más de las veces es maña.

Gracias por su tiempo.

 

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