Ciudad Victoria; de espalda a la Sierra Madre

0
114
Tiempo aproximado de lectura: 5 minutos

Octavio Herrera Pérez.-

Hace cinco años, en el marco de una invitación que me hizo el Ayuntamiento de Victoria, que recién se inauguraba, interesado en realizar una serie de diálogos para perfilar el futuro de nuestra comunidad de cara a la ciudadanía, algo que llamaríamos consulta a la sociedad en nuestros días, aunque al parecer en el caso del cierre de la calle Hidalgo se la brincaron olímpicamente, como también ocurrió en el despido injustificado del cronista de la ciudad. En esa ocasión de lo que se trataba era exponer algunos de los problemas e inercias obsoletas que retrasan la proyección de la Capital de Tamaulipas desde perspectivas más dinámicas en el contexto de nuestro tiempo y sobre todo hacia el futuro (insisto, ya pasaron cinco años). Varias fueron las consideraciones; pude hilvanar en ese sentido, pero especialmente me enfoqué en un solo aspecto: ¿Por qué Ciudad Victoria no ha incorporado a la Sierra Madre Oriental como una parte esencial de su vida comunitaria? Es decir, tenemos a tan espléndida montaña como un trasfondo geográfico casi invisible, sobre la que poco hacemos para incorporarla a las actividades vitales de la ciudad. No es el caso de otros ejemplos notables, de otras ciudades capitales, como Pachuca, con su parque natural de El Chico; la cabecera de Nuevo León, con sus Cumbres de Monterrey; o la ciudad de Chihuahua, con sus extraordinarias Cumbres de Majalca. Sitios todos con una intensa concurrencia social, local y foránea.

Aquí no hay nada de eso. No hay clubes de montaña, mapas propios ni conocimiento colectivo sobre la naturaleza y características de esta imponente formación orográfica. Y es que apenas conocemos los nombres de sus eminencias. Lamentablemente, hoy en día pocos son los que saben que la imponente mole que se alza frente a la ciudad se llama Cerro de San Fernando; pero son todavía menos los que identifican los cerros de La Reja, El Borrado, el San Porfirio, Las Chiches, La Ascensión, El Puerto de Arrazola y otras cumbres que coronan la inmediata cordillera. Y lo peor, estamos en un proceso de abandono de la antigua carretera federal Adolfo López Mateos. Hoy se ha convertido en un basurero a la altura de La Peñita, y solo unos cuantos ciclistas la recorren, entusiasmados, los domingos, ante la ausencia de tráfico por ella, pero lo hacen por iniciativa propia, sin que ninguna autoridad deportiva promocione el real ciclismo de montaña (la situación es la misma, un lustro después). Es más, estamos condenando a esa valiosa infraestructura carretera a la inseguridad, cuando debería ser la vía hacia el parque natural que debe ser por excelencia la alta montaña que se levanta en el Área Natural Altas Cumbres. Y no solo eso, se trataría de integrar los incontables recursos naturales e histórico-culturales que allí existen, como el antiguo Camino Real a Tula, las ruinas arqueológicas del Balcón de Montezuma, el rancho de El Retiro y el área paleontológica de El Huizachal, solo por mencionar los más relevantes Y ni qué decir del clima fresco y del paisaje esplendoroso que se tiene desde las alturas. Todo esto dicho, repito, hace cinco años.

 

EL NUDO INDISOLUBLE DE LA POLÍTICA TURÍSTICA

El problema es que no tenemos realmente una infraestructura de turismo rural o de montaña, cuyo empuje debe empezar por la propia comunidad victorense y sus autoridades (de todos los niveles), lo mismo que los centros educativos, difundiendo el conocimiento sobre la Sierra Madre. No se trata de pensar en obras faraónicas e inviables, como construir teleféricos, como hace un tiempo se pensó. Ni tampoco pretender que con anuncios espectaculares sobre ecoturismo vamos a cambiar la realidad; o pensar que ya conquistamos la sierra al llegar a la bandera ubicada en el sitio del Cuartel Militar, cuando es apenas un pequeño escaloncito. La ventaja es que el espacio y la oportunidad están más a la mano de lo que pensamos, pero para ello tenemos que sumar a nuestra montaña con cuidado y valoración. Allá arriba se tienen varias alamedas, tamatánes o bosques urbanos juntos y multiplicados, por los que nadie ve ni cuida y que están a la espera respetuosa y ordenada de la gente. Se trata de una extensa área donde puede hacerse efectivo el tan trillado discurso del “desarrollo sustentable”, para que no quede en letra muerta, y que la propia sociedad pueda proteger sus montañas, sus bosques, su cosecha de agua, con acciones como evitar incendios, reforestar y crear las condiciones para conservar la salud de este formidable legado de la naturaleza.

La otra traba ha sido la política del turismo en toda la sucesión de administraciones públicas de la entidad. Históricamente el turismo inició en las poblaciones de la frontera y en Tampico. En el primer caso orientadas a la diversión vinculada con el consumo del alcohol, cuando prevalecía en los Estados Unidos la “ley seca” en los años 20 del siglo pasado. Y en el puerto, donde también las cantinas atraían a los visitantes extranjeros, entonces comenzaron a practicarse torneos de pesca y actividades recreativas acuáticas. En la década de 1960 iniciaría el funcionamiento del sector turismo dentro de la administración estatal, ligada esencialmente a la promoción de la cacería deportiva y a promover, débilmente, los destinos de mar de la entidad, tanto en la playa Washington de Matamoros y la de Miramar de Ciudad Madero. Una década más tarde, con la construcción de la presa Vicente Guerrero hubo un auge de la pesca deportiva, principalmente porque el embalse fue sembrado de la especie de la lobina (big mouth bass), un trofeo muy apreciado por los aficionados estadounidenses, proliferando una serie de campos deportivos, donde florecían los servicios de hotelería. De ello se vio beneficiada la Capital del estado, al convertirse en proveedora de dichos campos; y luego se llegó a decir en un rimbombante eslogan de gobierno que Victoria sería turísticamente “El corazón de Tamaulipas”. Sin embargo, el ciclo de sequía que asoló a la entidad al finalizar el siglo XX disminuyó sensiblemente los niveles de la presa y con ello los campos perdieron atractivo; luego imperó la inseguridad y el turismo extranjero se erradicó completamente de este lugar, que ahora ha vuelto a ver convertido dicho embalse en un verdadero mar interior. Otro campanazo turístico estuvo ligado a la ecología, al promoverse insistentemente la visita a la reserva de la biósfera de El Cielo, en Gómez Farías, pero sin que existiera la infraestructura adecuada para la atención de los visitantes, ni las condiciones para hacer atractivo el lugar a los turistas comunes y corrientes. Recientemente se construyeron unas instalaciones de interpretación científica de la reserva y para apoyo del turismo, pero parece que hoy sus actividades han desaparecido del planeta. Entonces llegaron los “Pueblos Mágicos” de Mier y Tula, un tema al que he dedicado varios editoriales, en suma, su evolución como proyecto turístico ha sido zigzagueante, por decir lo menos.

 

¿HABRÁ UN PROYECTO SOBRE EL CAMINO REAL A TULA?

Volviendo a Ciudad Victoria y su desapego a la Sierra Madre, como principal activo natural turístico propio, las cosas parecen no estar claras todavía para la ciudadanía; ah, pero eso sí, se acaba de aprobar en el Ayuntamiento recién instalado una plantilla de flamantes funcionarios cuya misión estará dedicada al turismo, ¿tendrán idea de lo que eso significa? Les hago un pequeño apunte para que lo anoten en su libreta de pendientes. Hace varios años se reunió un grupo de personas interesadas en promover el rescate y valoración del trazo del antiguo Camino Real a Tula. Incluso se avanzó al esbozo de la formación de una asociación civil; pero era el tiempo en que nuestra ciudad vivía los días más aciagos de la intranquilidad pública, por la gran incidencia de hechos delictivos, y el grupo prefirió esperar un mejor momento. En esta idea estaba el hecho de que un buen segmento de dicha vía es transitable, desde el ejido Alta Cumbre hasta El Huizachal, con el añadido que en el primero de ellos desde hace más de veinte años había sido explorada arqueológicamente el asentamiento prehispánico del Balcón de Montezuma, pero su acceso a la gente desde entonces ha estado completamente desatendido turísticamente. Ahora, hay la noticia que la presente administración estatal retomó la idea, y se habla de que habrá un proyecto innovador para el Camino Real. Pero ya parece como el cuento del pastorcillo travieso y el lobo: puras voces de que ya viene y nada. Creo entonces que debemos armarnos de paciencia para verlo hecho realidad.

Comentarios