El general Méndez cabalga muy apenas en los nuevos tiempos de Tamaulipas

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Octavio Herrera Pérez.-

En la semana que termina se comenzó a proyectar en un sistema de video por cable el documental “Patria”, basada en la trilogía editorial del mismo nombre del escritor Paco Ignacio Taibo II. Sí, el mismo que causó una falsa polémica por los comentarios vertidos en la reciente Feria Internacional del Libro de Guadalajara, cuando usó una majadería muy popular en nuestro país, para ilustrar el triunfo electoral del nuevo gobierno de la república, frente a las pésimas propuestas políticas de sus contrincantes, algo que causó una hipócrita hilaridad con evidente sesgo político, que lo tildó de los peores epítetos; inclus,o casi lo vetó para asumir el cargo de titular del Fondo de Cultura Económica. Pero más allá de la desenfadada y hasta locuaz actitud permanente de Paco Ignacio, lo cierto es que nadie puede negar sus aportaciones a las letras contemporáneas mexicanas (ya lo quisieran cualquiera de sus detractores), y sobre todo sus meticulosos estudios sobre una etapa crucial y definitoria en la historia mexicana, como fue el período de la Reforma, la defensa contra la Intervención Francesa y la Restauración de la República. Es decir, el período que sentó las bases del México moderno, y que en la práctica fue la reafirmación de la independencia nacional. Pues bien, en dicho documental se expone de manera muy accesible al gran público, los avatares de la nación para defender la soberanía nacional, encabezada por una brillante generación de políticos liberales que lograron sumar un apoyo popular mayoritario para lograr el triunfo, siempre a contrapelo de la resistencia de los intereses creados de un segmento de la elite conservadora mexicana, que no tuvo escrúpulo alguno en buscar el abierto apoyo extranjero para implantar una monarquía con el apoyo de las bayonetas de Francia. Y entre los hombres que entregaron todo su esfuerzo y hasta su vida en esa gran proeza mexicana, en Tamaulipas destacaría la figura del general Pedro José Méndez. Personaje del que en este 23 de enero se conmemora un aniversario más de su muerte, pero del que poco interés institucional existe, por significar en el presente su legado.

 

MÉNDEZ DE CARNE Y HUESO

Pedro José Méndez nació en 1836, en el seno de una familia ranchera acomodada, de la comarca de la Villa de Hidalgo. No realizó estudios profesionales, y desde muy joven asumió el liderazgo de su familia, ante la pérdida de su padre. Entonces ocurrió la Guerra de Reforma, en la que se enroló de inmediato en las milicias del licenciado Juan José de la Garza y Macedonio Capistrán, pero pronto volvió a sus deberes de administrar las propiedades familiares; incluso, su madre quiso mantenerlo ajeno a los acontecimientos de la guerra civil, que se desató en Tamaulipas, al propiciarle un viaje por Cuba y Estados Unidos. Pero su inquietud hizo que volviera al país, cuando ya se embarcaba rumbo a Europa. Desde entonces, ante el amago a México por la Triple Alianza, ya no dejaría las armas.

Méndez fue un guerrero duro e impetuoso, poco dado a la sutileza política, acorde a los difíciles tiempos que se experimentaron en Tamaulipas desde 1862, cuando en la práctica dejó de existir gobierno en la entidad y así se mantuvo los siguientes ocho años. El terreno quedó habitado solo de lobos y hienas, metafóricamente hablando, donde el más poderoso quería imponer su ley. Se vivieron en realidad dos guerras simultáneas entre 1864 y 1866, la extranjera e imperialista, por un lado, y la interna por el otro, en la que cada caudillo quería imponer su ley. Conveniente es subrayar, el acendrado patriotismo intransigente de Méndez, en las horas difíciles contra la intervención francesa, bajo cuya óptica, todo aquel que flaqueara era un traidor, con el que no guardaba ningún miramiento, aun el de segar sumariamente vidas, como lo hizo. Por eso encabezó una asonada en marzo de 1864 en Ciudad Victoria, que derrocó al general Guadalupe García, tentado este en entregar la plaza al imperio de Maximiliano. Acto seguido se presentó ante el presidente Benito Juárez en Monterrey, quien personalmente le extendió el grado de Coronel, para afianzar así su lealtad a la República, a la vez que le otorgó tácitamente plena libertad de movimientos. Mientras tanto, en Tamaulipas, el zorro sagaz del general Juan Nepomuceno Cortina, gobernador de facto de la entidad, reconocía la autoridad de Maximiliano de Hasburgo. Ese era el escenario tamaulipeco en el verano de 1864.

 

CONTRA EL IMPERIO DE MAXIMILIANO

En agosto de aquel año, Méndez merodeaba por el entorno de la Hacienda de Santa Engracia, con ánimo de proveerse de caballos y bastimentos. Mientras tanto, los liberales moderados y los decididos conservadores, como eran casi todos los miembros de la elite de Ciudad Victoria, estaban animados por “la manera política y conciliadora con que procede S.M. el Emperador”.  Para el mes de septiembre, Méndez entró a Linares y exigió un préstamo forzoso de diez mil pesos, lo que repetiría después en la Villa de Hidalgo, donde exigió entre quinientos y mil pesos por persona, y de no hacerlo, dispondría de sus bienes y los declararía traidores a la patria. Esto motivó que más de treinta familias de la localidad, de las más pudientes, huyeran hacia Linares. Para combatirlo salieron contra él varias columnas imperialistas, una al mando del coronel Valeriano Larrumbide, y otra dirigida por el coronel José Almanza, con órdenes de Charles Dupin de aniquilarlo. A pesar de este acoso, Méndez pudo atacar sorpresivamente Linares, al iniciar el año de 1865, pero fue herido en una pierna y rechazado esta vez por los defensores imperialistas, refugiándose en la Sierra Madre, dándose tiempo después de atacar la Hacienda del prefecto imperialista de Doctor Arroyo.

En febrero de 1865, su brazo derecho, Ascensión Gómez, fue derrotado en los agostaderos del Barretal, a manos del coronel Antonio Gayón, comandante de la Compañía del Batallón fijo de la Sierra Gorda. En tanto, Méndez se mantenía en la sierra, sosteniendo prácticamente solo, el pabellón nacional republicano en el centro de Tamaulipas. Sin embargo, su soledad duró poco, pues al inicio de la primavera, se dejó sentir en todo el noreste la primera contraofensiva republicana, cuando procedente desde Chihuahua, el general Miguel Negrete avanzó contra Monterrey, plaza que ocupó con la ayuda del general Mariano Escobedo, quien comenzaba a organizar su cuerpo del Ejército del Norte. De allí Negrete se fue a sitiar a Matamoros, donde estaba resguardado Mejía, pero sin lograr ocupar la plaza. Para Méndez, estos movimientos fueron el aire fresco y el impulso que necesitaba. Líder indiscutible entre los rancheros y clases populares del centro de la entidad, que lo respetaban o temían, logró volver a congregar un contingente de chinacos, con los que puso sitio a Ciudad Victoria durante diecinueve días, obligando a las autoridades y adeptos al imperio a evacuar la plaza. Y ya con mayor seguridad, a principios de junio de 1865, en un ataque frontal y decidido que marcaría su actuación, Méndez se apoderó de la ciudad de Tula, que en ese entonces tenía una mayor importancia estratégica que Victoria, al ser el punto de enlace entre el Puerto de Tampico y la ciudad de San Luis Potosí, cortando así un eje económico vital para el imperio franco-mexicano. Por esta acción de armas, Juárez le otorgó a Méndez el generalato.

 

GUERRA TOTAL Y SACRIFICIO

Al quedar demostrado que la principal batalla contra el Imperio estaba en interrumpir sus líneas de abasto exterior, Méndez no dejaría de procurar cortar la línea entre Tula y el puerto fluvial situado en el río Tamesí, que se enlazaba con Tampico. Se sucedieron entonces fieros combates en las cuestas del Chamal, el Abra de Tanchipa y otras varias en el valle de Santa Bárbara. Finalmente, el 23 de enero de 1866, encabezó un ataque frontal contra Tantoyuquita, donde se almacenaba un valioso cargamento para el Imperio. Y como hombre de valor, no solo arengó a sus hombres, sino se puso al frente de ellos, siendo acribillado por una descarga desde el inicio del combate. Fue una victoria pírrica para los patriotas tamaulipecos de entonces; un episodio épico, que ya parece borrado para los ciudadanos y autoridades actuales de nuestra entidad.

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