Nueva oportunidad para revalorar la pirámide de Tammapul-Tula

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Octavio Herrera Pérez.-

Con gran beneplácito nos enteramos de que el pasado fin de semana se llevó a cabo una intensa faena de limpieza de la maleza que cubría la pirámide prehispánica de Tammapul, allá en Tula. Tal empresa estuvo a cargo del arqueólogo Gustavo Ramírez Castilla, con el apoyo decidido de los trabajadores de Obras y Limpia Públicas, deportes y turismo del municipio, que preside Lenin Coronado Posadas. Se trató de una urgente acción para resarcir el lamentable abandono en que se encontraba este importante monumento arqueológico, localizado en un sitio que en la antigüedad estaba en el lindero de Mesoamérica, jugando un significativo rol de interacción con los pueblos del altiplano, la huasteca y los grupos nómadas que merodeaban en sus cercanías. Hagamos pues un recuento del significado que tiene este acontecimiento, lo mismo que es conveniente hacer algunos apuntes sobre el futuro que le depara a esta joya de nuestro pasado.

 

EL GRAN CUE DE TULA EN LA HISTORIA

Las noticias históricas documentales sobre la comarca de la laguna de Tula se inician a principio del siglo XVIII, ligadas a litigios y protocolos de propiedad de la tierra, entre varios personajes novohispanos que codiciaban este fértil lugar, todos ellos residentes en el centro del virreinato. Pero con la ventaja de habitar en las inmediaciones de un lugar en litigio, los milicianos del pueblo de Tula, argumentando sus derechos como soldados de “frontera de guerra chichimeca”, se aposentaron junto a la laguna, donde antiguamente había estado el asentamiento de Tammapul. Las menciones específicas del sitio arqueológico tendrían lugar cuando en la década de 1820, al consumarse la independencia nacional, habilitaron varios puertos en el litoral del Golfo de México al comercio exterior, por lo que surgió Tampico y su enlace con la ciudad de San Luis Potosí, vía Tula. A partir de entonces numerosos viajeros, nacionales y extranjeros pasaron junto al antiguo montículo, sin faltar aquellos con interés por las incipientes ciencias naturalistas. Tal fue el caso del capitán Lyon, un británico que dejó testimonio de la existencia de estos restos de la antigüedad mexicana. Pero sería el franco-suizo Jean Louis Berlandier quien no solo dejó una clara descripción que aquel montículo era en realidad una pirámide, elaborando un plano de la zona, hizo un levantamiento sobre su arquitectura y recopiló figurillas de barro, todo lo cual lo plasmó en dibujos; una colección que ahora se encuentra en la Beinecke Library de la Universidad de Yale, que tuve el gusto de mandar digitalizar por vez primera, durante una estancia de investigación posdoctoral que me otorgó esa prestigiosa institución, con el bono anexo a la beca.

 

LA EXPLORACIÓN ARQUEOLÓGICA DEL SITIO

Con el establecimiento de la delegación Federal del Instituto Nacional de Antropología en Tamaulipas, en 1995 se abrieron las posibilidades para la realización sistemática de estudios en varios de los muchos sitios arqueológicos que existen en Tamaulipas. Fue así que en el 2001 y el siguiente año se realizaron dos temporadas de campo, en las que se excavó el montículo, que para entonces se encontraba completamente aterrado y cubierto de maleza, algo benéfico en la conservación de la pirámide; y aquí vale decir que un servidor, en compañía de los compañeros del ejido de La Laguna, cubrimos con tierra los antiguos muros que afloraban en la parte superior del monumento, a la vez que tendimos un cerco de púas, para impedir mayores daños al monumento, ante la constante presencia de curiosos y “buscadores de tesoros”, con la esperanza de que algún día se explorara científicamente. Las excavaciones referidas estuvieron a cargo del arqueólogo Ramírez Castilla –el mismo que hoy emprende su rescate–, quien apuntó desde entonces, que el lugar estaba culturalmente emparentado de la cultura del altiplano de Río Verde, algo que corroboró su colega Diana Paulina Radillo Rolón al analizar a detalle la tipología de los materiales cerámicos recabados. Luego tuvo otra intervención el monumento, bajo otra responsabilidad, con miras a lograr su consolidación, no propiamente afortunada.

 

LA PIRÁMIDE Y EL PUEBLO MÁGICO DE TULA

Sin lugar a duda la presencia del gran Cue de la Laguna de San Isidro (como también se le conoce) contribuyó de manera decisiva en la declaratoria de Tula como Pueblo Mágico. Y en la euforia que siguió inicialmente a este evento, comenzaron a fluir oleadas de turistas a esta localidad, la que antes nadie tomaba en cuenta, al considerarla como un lugar pobre y sin los atractivos de la modernidad extranjerizante que suele gustarle sobre todo al segmento clasemediero y de las élites de nuestra sociedad. Incluso, yo llegue a escuchar de viva voz de su emisor, un ahora exdiputado por el distrito de Victoria y próspero comerciante de la Capital del estado, que jamás había pisado Tula, durante un evento en el que hacía comparsa en la visita del primer mandatario estatal a esta ciudad. El problema fue que la autoridad Federal competente se desatendió de dar mantenimiento a los trabajos arqueológicos realizados en la pirámide, la que quedó expuesta al incesante trajinar de los visitantes. Eso me recordaba la metáfora que me platicó el arqueólogo Jesús Nárez Zamora, quien antes de la presencia formal del INAH en la entidad trabajó en las excavaciones del Balcón de Montezuma y El Sabinito (y a quien debemos un merecido homenaje). Decía Nárez, al referirse de los visitantes chilangos a Teotihuacán, que generalmente acudían en bola familiar al estilo “familia Burrón”: llegan en tropel, quieren comer arriba de una pirámide, y después hacer sus necesidades atrás de ella, para al final dejar tras de sí un rastro de basura. Pues lo mismo sucedió en la pirámide de Tammapul. En principio nadie respetó el cerco ni el candado que estaba en la puerta; lo violaron repetidamente, pues todos querían hacer algo parecido al relato anterior. Y llegaron todo tipo de visitantes, tropeles de güercos sin orden de sus padres, que trepaban por entre los muros milenarios, rondallas musicales que se tomaron la foto en los niveles del Cue, y hasta un pelotón de motociclistas encabezados nada menos que, por el propio presidente municipal de aquel momento. Entonces comenzó la degradación física del monumento, desprendiéndose los “clavos” que son el rasgo distintivo de su arquitectura y presentándose un derrumbe considerable del cubo superior de la estructura. Pero nada pasó, ya que un delegado que permaneció en su puesto por más de una década, no hizo mayor esfuerzo, como tampoco nada pasó hasta la semana anterior.

 

EL PENDIENTE A RESOLVER

Primero que nada, dar continuidad al mantenimiento a la limpieza de la pirámide, algo en lo que ya se comprometió –y quedó plenamente demostrado–, el presidente municipal de Tula, el MC Lenin V. Coronado Posadas. Lo que sigue es la adquisición del predio situado en el entorno del monumento, una gestión que se emprendió desde hace años, abortada por diversas circunstancias, sobre todo porque no hubo un seguimiento institucional consistente. Esta condición es imprescindible para que de manera legal el predio pase a ser propiedad Federal, a cargo del INAH, y así convertirse oficialmente en sitio arqueológico abierto al público, al que pueden fluir los recursos necesarios para instalar la infraestructura indispensable para ese propósito. Por tanto, en este momento es necesaria la confluencia de voluntades de varias autoridades para comprar dicho predio. Desde la esfera local se ha demostrado el interés, pero es limitada su acción. La Federación puede contribuir, como ya lo hace con los servicios profesionales arqueológicos, y con un buen proyecto, entrarle al tema, sobre todo si lleva un acompañamiento estatal. Solo restaría preguntar si el Gobierno del Estado de Tamaulipas estaría dispuesto a hacer algo en favor de uno de los sitios más emblemáticos para la historia y cultura de nuestra entidad, ¿o habremos de esperar otros tiempos y vientos futuros?

 

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