Al filo de la realidad

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Alicia Caballero Galindo.-

Al salir de mi despacho, me paré un momento en la entrada de aquel viejo edificio de tres pisos donde estaba mi oficina; el pórtico tenía una endeble lona que se balanceaba ante el embate de la lluvia y el viento helado de aquel invierno que se había alargado más de la cuenta; me hacía recordar mi niñez algunas décadas atrás… Entregué las llaves de mi automóvil al portero, esperando no demorara mucho en sacarlo del estacionamiento y traérmelo  porque el clima realmente era inclemente; caía una llovizna que amenazaba con convertirse en escarcha durante la madrugada. En el cielo no había ni una estrella visible.

Qué extraña está la noche; a pesar de la oscuridad el cielo se veía con cierta luminosidad; había luna llena. El frío calaba hasta los huesos, me estremecí con las ráfagas heladas y húmedas, ajusté mi bufanda, pero sentí que el frío calaba hasta el fondo de mi corazón. Me sentía sola; como si fuera la única habitante del planeta, es paradójico; suele ocurrir a veces, tengo dos hijos y una hija; desde mi separación matrimonial hace ya mucho tiempo, formamos un equipo, ¡bueno! Formábamos!… hablo en pasado porque no supe en qué momento nuestras vidas empezaron a separarse hasta convertirnos casi en extraños; a medida que crecieron empezaron a meterse en sus propios mundos donde yo ya no cabía, estaba fuera; el menor, Andrés, tiene 14 años, cuando no está en la escuela o haciendo deporte, se pasa las horas en la casa frente a la computadora o la televisión; jugando o estudiando, ¡ah! El celular con sus audífonos era parte de su indumentaria. Mariana de 19, está a mitad de la carrera de Diseño Gráfico y el mayor, Eduardo, 23; está a punto de titularse como Licenciado en Derecho; a veces los escucho cuchichear entre ellos, pero guardan silencio al verme. Yo he tenido que trabajar muy duro; soy Contador Público y tengo una buena cartera de clientes, no me quejo, pero no dejo de sentirme en un océano de soledad… A la hora de la cena procuramos estar todos juntos y comentar las incidencias del día, pero las sobremesas son cada vez más cortas y en sus pláticas, poco a poco voy quedando al margen a pesar de permanecer actualizada y vigente de la vida actual; mi trabajo no me permite quedarme rezagada. Me he convertido en un proveedor de los bienes materiales que requieren para terminar de formarse…y nada más.

¿En qué momento se perdió la cordialidad y camaradería de hace algunos años? ¿Será que es lo natural ahora que los padres dejen de pertenecer a sus mundos? Muchas veces pensé en buscar un compañero sentimental pero el destino ha querido que no lo encuentre. Una amiga me comentó que me notaba distante como si me sintiera sola y…sí, me siento sola. En broma me dijo con una sonrisa que adoptara un perro; sabe que me encantan los animales, yo me sentí un tanto ofendida por su observación y me dijo algo muy lógico que me dejó pensando:

– Si quieres vivir de nuevo con un hombre tiene que ser porque lo ames, ¡NO PORQUE LO NECESITES para abatir tu soledad!!…si quieres un amigo fiel que no te cuestione tu vida, adopta un perro, ya te lo dije.

Esta noche en especial me siento más sola que nunca; el invierno helado, siempre me deprime un poco. Suspiré y dije en voz alta para mí misma:

– ¿Qué hago? ¡A veces quisiera desaparecerme!

– Eso es muy fácil hijita; ¡yo te puedo ayudar!

Me estremecí al escuchar a mi espalda la voz cascada de una anciana que no supe en qué momento llegó ni de dónde salió. Sentí violada mi intimidad porque pensé que estaba sola. Se acercó con paso cansado y puso su rugosa mano sobre la mía.

– Si quieres desaparecer, tan sólo acompáñame; desaparecerás. Haré que puedas ver lo que pasa.

Antes que me recuperara de la sorpresa, me vi envuelta en una nube de luz y cuando empecé a darme cuenta de las cosas que veía entre los reflejos, alcancé a ver mi automóvil chocado a tres cuadras de mi casa; me vi con el rostro bañado de sangre frente al volante y a dos hombres cubriéndolo con una manta; estaba… muerta? ¡Pero… si yo soy yo! A una velocidad vertiginosa que no alcancé a comprender, vi mi sepelio y después, la soledad de mis hijos. Mariana y Eduardo, nunca estaban en la casa y se esforzaban por hacer rendir lo del seguro de vida, Andrés empezó a salir con malas compañías y ya fumaba y empezaba a probar el alcohol, ¡Dios! si sólo tiene 14 años, las lágrimas asomaban por mis ojos pero no salían, se ahogaban en mi garganta y no me dejaban respirar. Los veía frente a la mesa por las noches y miraban mi silla vacía, Eduardo quiso quitarla porque no soportaba verla y Andrés se le fue encima como fiera;

– Déjala, así me imagino que no tarda en llegar. Mariana, es muy retraída; lloraba en su cuarto, sola, pero sacó de entre sus ropas un cigarro extraño que me dio pavor cuando lo encendió… era yerba.

Mi corazón empezó a latir con tal desesperación que parecía estallarme el pecho…

– Contadora, aquí tiene su llave.

Era el portero que había traído mi auto que estaba frente a mí.

Sacudí la cabeza y sonreí estúpidamente tomando mi llave. Sin entender nada. Antes de subirme al automóvil, aquella mano rugosa se posó sobre la mía con suavidad y vi cerca un rostro bondadoso.

– Tus hijos te aman, pero debes entenderlos y aceptarlos como son. Tú debes seguir tu camino sin separarte de ellos, sin invadir su espacio ni depender de ellos. No busques compañía, encuentra amor por donde caminas.

Un poco aturdida, me dirigí a toda prisa a mi casa; esa noche era especial, empezaba a caer escarcha que los limpiadores del automóvil quitaban rítmicamente. Al llegar los abracé a los tres que me estaban esperando para cenar; me miraron un poco extrañados, pero no dijeron nada. Curiosamente, Mariana decidió hacer la cena por mí porque salió temprano de la universidad. Soñé, imaginé, ¡sólo Dios! Pero fue una lección muy fuerte…

Jamás volví a ver a aquella anciana, sin embargo, cada vez que entro y salgo del edificio, el pórtico me recuerda el incidente y su significado. Ya no me siento sola, trato de entenderlos e intentar que me entiendan… han crecido, ya no son niños…

 

 

 

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