Urgen novios para mis hermanas

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Eduardo Narváez López.-

A mis amigos en el Día de la Amistad.

A los novios en su día.

Sugiero lean todos el siguiente relato medio jocoso.

 

-Si sigues celando a tus hermanas, nunca se van a casar. Tú vas a tener la culpa si las muchachas se quedan a vestir santos-. Tal era la queja de doña Cleofas contra sus hijos Hernando y Gildardo.

-Mamá, si le espanté el novio a mi hermana –dijo Hernando, justificándose-,  es porque no tiene buenas intenciones con ella. Pregúntale quien la pretende. Es un desgraciado albañil de la construcción de enfrente. Esos nacos quieren sexo gratis con las sirvientas, con las feas o las quedadas del rumbo. Las hacen suyas en uno de los cuartos de la construcción. Cuando la terminan –la obra-, ni adiós les dicen y las dejan con un recuerdito de carne y hueso. Que se consiga un buen partido, es la menos peor de las tres –de sus hermanas-, ella misma se hace menos por su defectito de tener una pierna más corta que la otra, lo disimula con los zapatos ortopédicos que trae, que no son tan feos, solo que nunca podrán ser de tacón alto. “Mira hermana, apenas tienes 23 años, que se apuren Gertrudis y Genoveva de 27 y 29, que van que vuelan para quedarse a vestir santos. Tú haz lo posible con un clase media, de perdido, o uno que tenga deseos de progresar”. A mí, de 25, se me cuecen las habas por casarme ya, pero no quiero alejarme de la casa, hasta ver que ustedes salen bien casadas.

-Mira hermano –intervino Gildardo tratando de conciliar intereses-, tú quieres un príncipe azul para ellas, que ni una dote pueden aportar al matrimonio, como aún se estila aquí en provincia. Aunque sin quererlo, hiciste que el burócrata Gilberto desistiera de casarse con la Beba –como le decían de cariño a Genoveva-. Le sugeriste cambiara de “look”, quitándose entre otras cosas, de sus lentes medio oscuros. Gil, al ver que se le iba a un lado uno de los ojos, –medio bizca pues-, se fue alejando poco a poco. En cambio, es bien sabido que a muchos de los amigos del barrio les das una generosa cantidad de dinero para que las lleven al cine o inviten el refresco a La tía Tula (apodo que puso Gildardo a Gertrudis, como el que tenía Gertrudis, el personaje principal de la obra de Miguel de Unamuno, bajo ese título, “La tía Tula”, por ser como ella: reprimida en sus amores). Ella te sugiere a quien animes, porque no sabe coquetear, se reprime. Después de la primera vez, los galanes no acceden ni por todo el dinero del mundo, porque La tía Tula es toda una nadadora: nada tiene, ni buena delantera, ni trasero, ni buena cara, ni buena pierna: nada de nada; aunque hay que reconocer que tiene buenas ideas y es la única que estudió, es maestra de primaria.

“El amor viene solo, Hernando, no intervengas. Ellas ya están grandecitas para saber lo que hacen. Mira, yo me casé a los treinta con una de mi edad. Mis amigos me desanimaban: ‘A poco te vas a casar con la solterona empedernida, por algo nunca ha tenido novios, búscate algo mejor’. ‘Si llegan a tener hijos, estos le tendrán que decir Abuelita, porque ya no está para ser mamá’. Y mira, soy inmensamente feliz con ella. Tiene un excelente buen sentido común, vamos por el segundo hijo. Es una buena madre. Toda una joya que se iba a quedar para los gusanos.”

Don Gilberto, el jefe de familia, era nombrado desde hace mucho tiempo, delegado de alguna de las secretarías del Gobierno Federal o uno de los asesores del titular de una secretaría federal. Recibió una oferta para este último cargo. Consultó con su esposa al respecto. Una de las razones que ella arguyó para trasladarse a la capital de la república era la siguiente:

-Las muchachas mayores de 25 años aquí en provincia son estigmatizadas por la sociedad, dizque por no tener virtudes o valores. Son despreciadas por los galanes y condenadas a vivir solas, quedadas a vestir santos; aunque muchas casadas estén condenadas a algo peor: desvestir borrachos. En México esto casi no sucede debido al tráfago de la vida, del traslado a los trabajos. No hay tiempo para esas nimiedades. En un condominio, a veces ni se conocen. Sin la presión de los aldeanos, a lo mejor las muchachas consiguen un buen partido.

En México se fueron a vivir por la colonia Del Valle. Las muchachas se acomodaron en sendos trabajos: Gertrudis, en una escuela de la Unidad Nonoalco-Tlatelolco. Las otras dos como dependientes de algunos comercios del centro. Aun cuando sus trabajos no estaban muy distantes, el intenso tráfico hacía que dilataran en llegar a ellos. Hernando ya no tuvo tiempo de controlar a sus hermanas. Estas se quisieron independizar.

-No te aflijas mamita; tienes que comprender que aquí la vida es muy agitada. Tenemos que hacer nuestra vida. Vamos a alquilar un departamento de lujo en la Unidad Nonoalco-Tlatelolco, cerca de nuestros trabajos. Vendremos todos los fines de semana a pasarla con ustedes.

Las muchachas gustaban recorrer el centro o los mercados de Tepito uno de los dos días de descanso. Uno de esos días las marcó para el resto de sus vidas: se impresionaron al visitar el Mercado de Granaditas, en Tepito, el mercado de zapatos más grande del mundo con poco más de 700 locales. Toda clase de zapatos, a la moda, nada le piden a los diseños de las grandes boutiques del mundo. Apenas podían caminar por los interminables pasillos. Varias veces visitaron este mercado. En una ocasión vieron varios anuncios de que se traspasaban locales. Fueron madurando la idea de hacer negocio adquiriendo uno. Siempre había clientes para ciertas clases de zapatos o especializaciones; para  toda clase de personas, ricas o pobres y para todos los gustos y bolsillos. Compraron casa a sus padres en la exclusiva zona residencial de la colonia Del Valle. Le renovaban el coche nuevo cada año a su padre. Llevaban una vida plena de lujos y felicidad. A Gertrudis, la maestra, que daba clases, le daban las  mismas utilidades, aun cuando solo iba a trabajar los fines de semana. Esto lo merecía porque tenía un gran poder de convencimiento para vender. Tenía ideas para importar zapatos o comprar lotes por mayoreo en León o San Mateo, Atenco, Estado de México, un pueblo de zapateros.

Solo faltaba algo para ser completamente felices: un novio. Ponían anuncios en las revistas del corazón, en “Confidencias” o “Vanidades”. Hablaron varias veces a la Doctora Corazón… y nada. Ya tenían 27, 31 y 33 años respectivamente. No tenían tiempo de flechar. Entonces La tía Tula, la maestra, la Nadadora, la de las ideas brillantes, propuso:

-Adoptemos un niño bonito, sano y fuerte  de seis años. A partir de la edad en que uno guarda memoria de sus eventos más importantes. Le daremos una educación con maestros particulares, que no se contamine de malos hábitos con amigos de las escuelas. Que le inculquen que nosotras sus tutoras, somos lo mejor que tendrá en su vida, que somos únicas. Cuando tenga unos 18 años, nosotras tendremos 39, 41 y 45 años, aún en edad de merecer. Será una especie de novio común. Todas gozaremos de sus delicias. Dejaremos en paz y para siempre vibradores, dildos y demás juguetes sexuales. Ya no tendremos que esconder debajo de nuestras camas, plátanos, pepinos,  y toda clase de consoladores. No vayan a acostumbrarse como Petra, nuestra sirvienta, quien en una ocasión me dijo que todos sus novios nada más picaban y corrían cuando les preguntaba que: “si le pondríamos Jorge al niño”. Que ya no quería problemas de abortos. Que aquí tenía mucho para entretenerse, curarse las calenturas o darse gusto con sus necesidades de llevarse algo a la boca como un plátano macho o un pepino grande y macizo.

“Si vamos a un hospicio tendremos que cumplir con requisitos mil, llenar formatos, solicitudes. Luego declarar ante Notario. Que solo una puede ser la que adopte. Mejor vayamos a algún pueblo ante alguna familia pobre; le ofrecemos una suma atractiva, difícil de que dejen pasar la oportunidad. Que digan a los de la comunidad que se les perdió el chamaco en el tianguis de la ciudad o algo parecido. Ahora bien, ¿de qué lugar lo traemos?, ¿les gustaría un negro de Guerrero?, ¿un indio güero de ojos claros de Michoacán?, ¿un cabezón de Yucatán? Yo propongo un indio Mayo de Sonora. Crecen grandes, fuertes, resistentes, incansables, agradables y de buen trato. Preparemos el viaje, aunque nos lleve tiempo, hay que saber seleccionar.

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