Viaje por el norte del estado de Coahuila

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Octavio Herrera Pérez.-

En dos colaboraciones anteriores he tenido oportunidad de narrar en estas páginas de El Diario el recorrido que pude realizar, junto a mi dulce esposa,  el pasado mes de diciembre por el vecino estado de Coahuila, con un interés recreativo, sin duda, pero afianzado con seguir la pauta de ampliar mis propios conocimientos acerca de la geografía, las supervivencias de la historia y el pulso actual de los pueblos y ciudades de aquella hermosa entidad norteña mexicana. Esta vez haré un recuento del periplo hecho por el norte de su territorio, y con ello dar por concluida esta serie narrativa. Van pues las vivencias de esa experiencia.

 

MÚZQUIZ, BASTIÓN PERMANENTE DE FRONTERA

Tras pasar por Monclova, Nadadores y Cuatro Ciénegas, el rumbo ahora era enfilar los pasos hacia el norte, dejando de paso San Buenaventura, una bulliciosa ciudad coahuilense y más allá cruzando por la villa de Abasolo, una bucólica población, con el encanto de sus acequias vivas con el canto del agua rodada, en medio de los paisajes más impresionantes del desierto. Entonces se llega al entronque de la carretera federal 57, en la Estación Hermanas, un nodo comunicante, con sus aguas termales famosas, y que antaño fuera propiedad del latifundio de la familia Sánchez Navarro, sucesor y acaparador de una gran propiedad que le precedió, el marquesado de San Miguel de Aguayo, dos inmensos predios “del tamaño de un reino europeo”, como llegó a decir un testigo de la época.

Camino adelante está una desviación carretera, que nos lleva a pasar por el célebre centro minero de Barroterán, un sitio donde se extrae carbón de las profundidades de la tierra en forma industrial desde fines del siglo XIX, lo que dio notable impulso a la locomoción ferroviaria de esa época, y fue el combustible necesario para el surgimiento de la industria siderúrgica en Monterrey. Y por fin se llega a Múzquiz, situado a la vera del costillar de una larga serranía que se adentra al continente rumbo al Bolsón de Mapimí, sirviendo de reservorio de las escasas aguas que llegan hasta acá, pero que almacenadas celosamente por la montaña, brinda después extraordinarios manantiales que dan vida al impresionante río de Sabinas, llamado así por los corpulentos ahuehuetes que hacen una densa cortina en sus márgenes. Esta población se estableció en 1735, como parte del proyecto defensivo que implantó la Corona española en el norte de la Nueva España. Se le llamó presidio del Sacramento, para servir de contención de las incursiones de los indios de las praderas de Norteamérica, una función que tuvo hasta entrado el siglo XIX. Aquí nació un personaje por el que permutó su nombre, José Ventura Melchor Ciriaco de Eca y Múzquiz de Arrieta (1790-1844), quien ocupó la presidencia de la república brevemente en 1832 y fue el primer gobernador del Estado de México. De los intensos conflictos por la conformación de la frontera entre México y Estados Unidos queda en Múzquiz la permanencia de dos comunidades étnicas que huyeron hacia el sur del río Bravo: los kikapoos y los mascogos; un caso único en todo el noreste mexicano. Por estos elementos y otros, Múzquiz ha sido recientemente nombrado “Pueblo Mágico”, y vaya que lo merece, al contar, entre otras cosas, con tres museos (paleontología, historia y arte), así como la fama de sus extraordinarios dulces artesanales.

 

SOBRE EL CAMINO REAL A TEXAS

El viaje continuó ahora hacia más al norte, dejando atrás a San Juan de Sabinas y Nueva Rosita para otra ocasión. Nos adentramos en el rumbo del antiguo Camino Real a Texas, establecido a fines del siglo XVII. Y ya en una carretera secundaria, contemplamos las extensas huertas de nogal, que hacen de Coahuila un productor importantísimo de nuez. Y sigue el monumento del sitio de la batalla de Gigedo, librada el cuatro de abril de 1865 entre las tropas republicanas e imperiales, saliendo victoriosas las armas juaristas, siendo un preludio de la restauración de la república contra el imperio de Maximiliano. Luego llegamos a la ahora llamada Villa Unión, la que lleva ese nombre por la fusión de un pueblo colonial (Gigedo) y dos misiones de indios, la de Dulce Nombre de Jesús y San Francisco de Vizarrón. En la primera de ellas, hasta el presente se venera la imagen del célebre Santo Niño de Peyotes. Es decir, se trata de tres pueblos en uno, cuyas trazas urbanas se acoplan de manera irregular.

Siguiendo el rumbo del norte por esta ruta, llegamos a lo que hoy es la Villa de Guerrero, es decir, el antiguo presidio de Río Grande, también un bastión de frontera colonial, y no solo eso, la posta de vía para el cruce del gran río continental que es el Bravo, donde se ubicaba el llamado “Paso de Francia”, en alusión al malogrado enclave francés plantado en el litoral de Texas por el caballero de la Salle hacia 1685, lo que fue una afrenta para España, que determinó finalmente la ocupación y poblamiento de Texas, teniendo como base a Coahuila. Aquí funcionó una guarnición colonial, la que se mantuvo en operación hasta la intervención de la guerra de invasión americana en 1846. También fue la base para los esfuerzos misionales de los franciscanos de los colegios de propaganda fide, tanto de la Santa Cruz de México como de Guadalupe de Zacatecas al norte del río Grande; es decir, fue la plataforma para la evangelización cristiana de Texas. Hoy en día en este lugar se aprecian diversos inmuebles de aquél periodo, muchos de ellos en ruinas. No obstante, está presente la iglesia parroquial, actualmente en restauración, pero sobre todo la espléndida estructura de la misión de San Bernardo, fabricada con sólidos sillares, la que hace años fue consolidada y hoy es un parque histórico-turístico magnífico; se ubica a 160 kilómetros de Nuevo Laredo, y a 40 de Piedras Negras, por la carretera ribereña.

 

LA PRESA DE LA AMISTAD

Y siguiendo por la mencionada vía de la ribereña llegamos a Piedras Negras, una ciudad fronteriza en forma, de la que ya antes tenía impresión, y aunque quise corroborarla, no fue posible por los tiempos de viaje; es que ya teníamos una semana de recorrido, y había que completar bien la marcha. Por tanto, después de pernoctar aquí, seguimos la ruta hacia Ciudad Acuña, no sin antes cruzar por las espléndidas comarcas que forman los ríos de San Rodrigo y San Diego, que vienen bajando de las serranías del Burro, una inmensa masa orográfica que ocupa buena parte del extremo norte del territorio del estado; ríos que en esta temporada de invierno tienen una corriente impresionante. Finalmente llegamos a Acuña, solo de paso, con la impresión de ser una abigarrada urbe fronteriza, que pronto estrenará unas instalaciones aduanales de primer mundo. Porque la meta era ir hasta donde termina la carretera ribereña y con ello el fin de la regionalización institucional del noreste, y porque allí se erige el imponente parapeto que forma el embalse de la Presa Internacional de La Amistad, que junto con la Presa Falcón forman el binomio que regula las aguas internacionales del río Bravo. Al ver esta obra, se da uno cuenta de lo extraordinario que es el ingenio humano para edificar obras tan colosales.

 

LOS PUEBLOS DE LA REGIÓN DE LOS MANANTIALES

De regreso, la meta era llegar desde la frontera a la Sultana del Norte, no sin antes atascarnos dos horas por los “paisanos” que abarrotan la carretera en estas fechas; y ver de paso un enorme complejo industrial cervecero que amenaza con agotar los manantiales de la región. El día rindió visitando Zaragoza, la antigua villa de San Fernando de Austria (1753), la villa de Morelos, donde aprisionaron al comandante Antonio Zapata, (“sombrero de manteca”), durante la rebelión federalista en 1840, y Allende (lugar mártir en el 2011 por la criminalidad que azota nuestro país). Por último cerramos el periplo en Monclova, solo para agarrar vuelo y llegar a Monterrey, en el atardecer anaranjado del desierto. Volveremos.

 

 

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