Suele ocurrir…

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Alicia Caballero Galindo.-

Don Aristeo Rico era un próspero empresario de Monterrey, NL, dueño de una fábrica de empaques de plástico que exportaba a Centroamérica; un buen día, por exceso de trabajo, empezó a sentir ciertas molestias; su médico de cabecera le diagnosticó que eran de origen cardiaco y requería de atención especializada. Al salir del consultorio, con cierta preocupación, comisionó a uno de sus secretarios para que se pusiera en contacto con la clínica más prestigiada de la capital del país; donde se encontraba el mejor médico especialista en cardiología. El padecimiento que lo aquejaba era para preocuparse; desde luego, requería pronta atención, pero como su tiempo era muy valioso, casi exigió saber la hora exacta en que sería atendido para no perder ni un minuto, él no hacía antesalas en ninguna parte, tenía poder económico suficiente para “comprar” la atención que necesitaba en el momento que lo consideraba oportuno, eso sí; era muy celoso de su economía y cuidaba cada centavo. Después de varias horas de gestiones, su secretario, con aire de triunfo, le comunicó la hora y el día en que debía presentarse. Acompañado de su esposa llegó a la capital, donde los esperaban en espectacular limusina, que los trasladaría a la clínica. Al llegar, antes de bajarse, se comunicó por celular con la secretaria del galeno para asegurarse de su cita y después de unos minutos de espera… ¡por fin! Bajaron del lujoso automóvil y se dirigieron al elevador del estacionamiento que los llevaría hasta la puerta de acceso al consultorio en el quinto piso. Se subieron el cuello de sus abrigos, porque el frío y la humedad calaban hasta los huesos.

Al llegar al consultorio, la secretaria le hizo un montón de preguntas para abrir su historia clínica, después del interrogatorio médico detallado, pasó don Aristeo con el especialista a una minuciosa revisión; realización de electros, pruebas de fatiga, exámenes de sangre y orina, y todas esas cosas que son necesarias para hacer un diagnóstico certero, el médico se sentó tras su escritorio después de los exámenes practicados; don Aristeo y su esposa, expectantes, miraban al médico sin perder detalle; revisó los electros e hizo una serie de anotaciones en su expediente. Por fin, levantando su mirada de los papeles, con los lentes monofocales bailando en la punta de la nariz, exclamó:

—Realmente, su problema es complicado, pero no imposible de resolver; la válvula mitral está obstruida; falta otro estudio para confirmarlo, pero mi experiencia me indica que seguramente eso es. Desde luego, ese problema tiene remedio; ¡claro! Con los riesgos naturales de cualquier operación de este tipo.

Un poco nervioso, el empresario cuestiona:

—¿Y hay aquí los recursos médicos suficientes para esa operación?

—¡Por supuesto! responde el cardiólogo; tenemos el mejor de los equipos médicos y el personal especializado para tener un buen resultado

—¿Y como cuánto me costaría el “chistecito” doctor?

Después de hacer unas llamadas y una serie de anotaciones y sumas, el médico le pasa un papelito con el dato. ¡Casi se desmaya don Aristeo con la cifra! Pero al pensar que se trataba de su salud y él tenía el poder económico para hacerlo, le dice al médico que acepta; en unos instantes todo fue una revolución; llamadas, papeleo, firmas, etcétera, finalmente quedaron de verse en dos días para hacer los últimos estudios y preparar la cirugía.

Al salir de la clínica, se instalaron en un hotel cercano y doña Consuelo, esposa de Aristeo, hablaba con una comadre de la capital, para informarle lo de la operación de su esposo. La comadre le decía que todos los empresarios del club de ejecutivos, se operaban en Estados Unidos; allá estaban los mejores especialistas, eran extranjeros y de universidades de otros países más desarrollados. En fin, la convencieron que era mejor en el vecino país. Don Aristeo, consideró que era mejor operarse en EU y al día siguiente así se lo comunicó al galeno que le hizo todos los estudios, dándole las gracias por su atención. El doctor le recomendaba que lo hiciera en su país; en el extranjero, le saldría más caro. No hubo poder humano que convenciera al hombre de cambiar de idea; estaba decidido a operarse en otro país, ese mismo día pasó al consultorio y recogió sus estudios con la secretaria, no sin antes dejar un cheque que cubría los honorarios del médico.

En pocos días prepararon el viaje; se contactaron con una reconocida institución de una ciudad tejana famosa por sus hospitales; aunque “le dolía un poco el codo” por el costo, al final de cuentas, pensaba que recibiría mejor atención. En vuelo privado llegaron a la ciudad norteamericana y del aeropuerto, al hospital directamente. El edificio era grande, de muchos pisos, recorrieron varios pasillos y tomaron varios elevadores antes de llegar al área de cardiología; con un poco de dificultad se comunicaban puesto que ninguno de los dos hablaba inglés. Al llegar a una puerta, la enfermera que los guiaba les indicó que entraran y esperaran un momento; otra vez fue lo mismo que en México, pasó a un cubículo donde le hicieron las mismas pruebas y otras más, le confirmaron el diagnóstico que traía, pues todos los estudios los llevaba por si las dudas. Después le dieron una serie de papeles a firmar que le permitiría ser internado de inmediato para prepararse para la cirugía. Don Aristeo dijo que quería saber a cuánto ascenderían los gastos. Desde luego sabía de antemano que sería más costoso; pero valía la pena; ¡la salud no tiene precio! pensó. Después de conocer la cifra casi se infarta ahí mismo; el cirujano cobraría más del doble de lo que le cobraban en México, más los gastos de hospitalización que también eran muy elevados, pero de nuevo aceptó pensando que era “lo mejor.” Pidió conocer al médico que lo operaría, pero le explicaron que no era posible por la carga de trabajo, ya que este venía del extranjero y tenía programadas varias cirugías para esos días. Le pidieron que confiara en la seriedad de la institución, la calidad del cirujano era ampliamente reconocida.

Como un huracán, pasaron los acontecimientos; don Aristeo, fue llevado casi en vilo para ser hospitalizado; en “menos que canta un gallo” se vio en una cama rodeado de aparatos y tubos y la clásica bata verde abierta por la espalda, que la verdad, ¡es odiosa!, su esposa, no dejaba el celular; les comunicaba a familiares y amistades el acontecimiento, presumiendo que estaba en el extranjero para la operación de su esposo. Llegado el momento fue llevado a la sala de operaciones, no se enteró de nada, claro está hasta que recobró el sentido; estaba entre mil tubos y aparatos, escuchó entre sueños que le decían que todo había salido muy bien y se durmió plácidamente. Al despertar estaba en su cuarto y ya más consciente; la enfermera le anunció que el cirujano que lo había operado le pasaría visita; ¡por fin lo conocería! Le daría las gracias por lo exitoso de su cirugía, pero no estaba seguro de poderse comunicar, porque no hablaba nada de inglés, la enfermera le sonrió y le dijo que lo entendería perfectamente. La sorpresa que se llevó al verlo fue mayúscula; era el mismo médico que le propuso la operación en México y él rechazó para irse al extranjero, la diferencia era que en el vecino país el costo representó cinco veces más. ¡Ironías del destino! El mejor especialista en Cardiología del hospital era su compatriota, pero allá le cobró ¡EN DÓLARES!

 

 

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